Recordaba alguien hace poco que Franco cifraba el éxito de su proyecto social en la extensión definitiva de una “clase media” cuyo papel de colchón entre los dos términos de la antinomia tradicional garantizaba, según él, la paz social. La idea no era nueva, pues a mediados del XIX, un andaluz, Andrés Borrego, que había comprobado en Francia las ventajas que esa zona neutra aporta al equilibrio de toda sociedad, luchó durante años predicando ese credo al que prestaría gran atención Galdós y que ha sido luego estudiado con detalle tanto por A. de la Oliva como por Concepción de Castro o por mi llorado amigo Diego Ignacio Mateo del Peral. No le falta razón, en todo caso, a cierta crítica radical que sostiene que ese mito de las clases medias como garantía de la estabilidad social es un invento de la alta burguesía que debe mucho, sin duda, al doctrinarismo francés. Una clase-colchón, una suerte de amortiguador del conflicto entre los dos polos tradicionales –ricos y pobres—que, por no hablar más que de España, es tan cierto que la última Dictadura contribuyó en buena medida a inflar como que el pasado idilio de la “new age” reforzó hasta alcanzar cierto paroxismo, antes de que la crisis actual cayera sobre ella con su efecto aplastante. Ella es hoy el gran sujeto doliente de nuestra circunstancia y de su recuperación dependerá, sin duda, la vuelta de la normalidad.

Es curioso que Fraga coincidiera con Marx al describir el proceso de proletarización de las clases medias, y muy donosa la idea de Salustiano del Campo de que la clase media se ha proletarizado menos de lo que se ha aburguesado la clase obrera. Pero ha sido, a mi juicio, la antropología la que dio fuerza a la idea de que esa “masa media” podría resultar el único protagonista posible del desarrollo económico. Lo que no sabemos es si el abrumador peso de la crisis sobre ese “colchón” provocará nuevas polarizaciones expresadas en radicalismos como los que ya resuenan por ahí, y si el desastre laboral que aflige a sus nuevas cohortes acabarán confirmando los inquietantes pronósticos entrevistos por Mills o Dahrendorf. Quizá volvamos sobre nuestros pasos hasta dar en el viejo campo de batalla, con los ricos mucho más ricos, los pobres depauperados y esa clase media proletarizada. Puede que la crisis, más que una mala coyuntura, resulte ser la puerta a unas sociedades sólo reconocibles en la barbarie bipolar que creíamos históricamente superada.

7 Comentarios

  1. Excelente art., muy de actualidad y apoyado en sus saberes de lo antiguo. ¿Tu te acuerdas o es que sigues leyendo a los Mills y a los Dahrendorf? Capaz eres tú.

  2. La clase media no es ni carne ni pescao, pero todos, menos los de arriba, quieren ser clase media. Usted recordará las descripciones de Galdós, que veo que no se le han escapado, un retrato de esa España mediana que ansía ante todo esa media distancia.

  3. La defensa de las clases medias, incluido Borrego, ha sido siempre un proyecto conservador. Fue una cataplasma con la que contener el catarro revolucionario del siglo antepasado y viene funcionando bien desde Luis Felipe. Por otro lado, es verdad eso que dice Del Campo de que la clase media se ha proletarizado más de lo que se ha aburguesado el proletariado. Una columna para echarle un buen rato.

  4. Esa mención de Andrés Borrego, con su bibliografía incluida, merece un aplauso, dada la mala memoria de este país. Lleva razón el Dr. Pangloss pero, a mi modo de ver, mejor es igualar por arriba que por abajo.

  5. Muy interesante y documentada, se ve que no habla a humo de pajas sino conociendo el tema como sociólogo. También hay hoy algunos comments muy certeros.

  6. Pues, puesto a discrepar, discrepo con del Campo y con mi reverenciado don Pangloss. El proletariado –¿pero se puede aún hablar de proletas? ¿existen?– se ha aburguesado hasta límites que mi don Karl se pensaría víctima de un alucine. Contemplen el carrito de compras de un proleta en el Correfú: jamón, a ser posible ibérico, aunque de cebo, wisky…

    En el 92, todos los yeseros, marmolistas o polichinelas del paseíllo tenían un BMW. Otra cosa es la coyuntura actual.

  7. Pues de acuerdo con doña Epi. Me ha chocado la afirmación de don José António y de don Pangloss. Para mi , no existen proletarios: si ya no hay industria ¿cómo va a haber proletarios? Lo que hay son emigrantes, pero cada cual va a lo suyo. Quizás, con el tiempo se fuelva a formar una verdadera “clase”, con sus mismos problemas y sus aspiracione propias.
    Besos a todos

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