Me cuesta entender el montaje de la prensa crítica europea en torno al incidente del presidente Sarkozy con unos ayudantes maleducados de la cadena francesa ‘France 3’ que no correspondieron displicentes al saludo educado del mandatario. Ponen cara de asombro y ahuecan la voz ante la reacción del ninguneado que, por lo demás, se limitó a señalar que “se trataba de una cuestión de educación”, añadiendo su propósito de corregir estas actitudes con un escueto “Ça va changer” –esto va a cambiar– al que yo no le veo por ninguna parte ni el autoritarismo ni, mucho menos, la amenaza a las libertades. ‘Sarko’ dio ya mucho que hablar con su discreta idea de forzar disciplinariamente a que los alumnos se pusieran de pie a la entrada del profesor al que habrían de tratar de usted y con el debido respeto perdido hace años, y ahora encara un vendavalillo de verano por ese mínimo rebote sin el cual, a mi modo de ver las cosas, el perjudicado no hubiera sido tanto él mismo como la institución de la Presidencia. ¿Se figuran la que hubiera armado el bonapartista Mitterand si dos monos de un plató se permiten despreciar su saludo o le salen al paso –como ha ocurrido en este mismo enredo— luciendo una camisola con un eslogan agresivo contra su persona? Los franceses tienen varias palabras para designar esa disciplina de mínimos que enseñaba a respetar al otro –‘politesse’, ‘courtoisie’, ‘civilité’…– pero que ha hecho crisis en las sociedades postmodernas en términos insostenibles, hasta el extremo de que hay países, como España, que han debido recurrir a artilugios jurídicos (como considerar ‘funcionarios’ a los docentes y sanitarios) para contener la dramática crecida de la agresividad propiciada por la falta de respeto. Uno de cada tres (otros dicen de cada dos) médicos o profesores han sido agredidos verbal o físicamente en nuestro país. Bueno, pues todo esto empezó cuando mi ínclita generación decidió igualar por abajo, comenzando por el tuteo universal. Hay muchos ciudadanos que reclaman, como Sarkozy, la vuelta al respeto. No hace falta que baile el oso educado del que habló Goethe pero, al menos, no le quitemos la argolla de la nariz.

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Va a costar Dios y ayuda devolver las aguas a su cauce, porque es mucho más fácil soltar la ‘basca’ al recreo que hacerla volver disciplinadamente al aula. Y más aún, lograrlo sin recurrir al añejo autoritarismo que tanto contribuyó a facilitar el triunfo de estas demagogias en el trato, y que hoy resulta, afortunadamente, impensable. Pero cada día es mayor el consenso sobre la necesidad de dar marcha atrás en este experimento fallido que pretendía una convivencia sin más normas que el capricho ni otro remedio que la resignación. La libertad tiene sus límites naturales hasta en la utopía rousseauniana, y la renuncia a ellos supone inevitablemente deslizar el derecho democrático hasta el desgalgadero demagógico. En este sentido, la ofensiva oportunista de los medios hostiles –nadie ignora el empeño de la izquierda europea contra la amenaza que supone este personaje—resulta tan inapropiada como autolesiva, puesto que la democracia somos todos. El otro día un magistrado español se tragó sin rechistar que un reo juzgado por quemar la efigie del Jefe del Estado exhibiera en el pecho un lema que constituía sin más una apología del mismo delito. Miren, llegados a este punto, prefiero a un Sarkozy capaz de poner pie en pared y decidido a poner orden en el corral y a que no se le suba a las barbas republicanas un mozo o una azafata descarados, porque restaurar la “auctoritas” arruinada durante tantos años parece que es condición imprescindible para que esto no acabe como el rosario de la aurora. Se equivoca el progresismo nominal o partidista amparando el desacato. No puede haber organización libre al margen de la jerarquía ni jerarquía que no cuente con el respeto.

4 Comentarios

  1. Ayer oí un comentario sobre este asunto en una radio más bien izquierdosa. (France culture) Trataba sobre los límites del directo, del testimonio en si, de la información, de la verdad y la mentira o la distorsión y tomaba el periodista el ejemplo de esa video que todo quisqui parece haber visto (menos yo). Por lo visto NO se oye una voz en off de una periodista, y es a ESA voz que respondía nuestro presidente con su “Ça va changer” hablando de las huelgas a repetición en los servicios públicos. Parece ser que también LIBERATION, el periódico,trás toda una encuesta, llegó a la misma conclusión, pero , amén de todo esto, pues sí, si no respetas al hombre, no le votes, pero respeta la función, y saluda educadamente.
    Besos a todos.

  2. Lo peor de todo esto es que hay ya al menos dos generaciones de adultos -digamos que de los veinte a los cuarenta- que consideran esta falta de modales como lo natural. No es que vayan contra las mínimas normas de respeto y educación, es que ignoran que existen. Siempre pongo el ejemplo de que no saben, aunque quieran, hablar de usted. Para eso se ha eliminado el subjuntivo y la conjugación de los verbos es una más de las miles de carencias con que se sale de la universidad.

    En cuanto a la actitud insolente, creo que es consecuencia de todos, de los que la utilizan y la de quienes lo permitimos. Hace poco, pantalón de chándal, camiseta con mangas y zapatillas -pues iba en mi caminata diaria- pero en actitud correcta, entro en una oficina distinta a la mía habitual, del banco con el que suelo operar. Ya saben nómina, pagos y otras menudencias. Quería hacer una consulta y la empleada de la ventanilla me deriva a la directora. Cuarenta años más o menos y vestida con relativa elegancia. Mi segunda frase fue preguntarle si tenía que volver con chaqueta y corbata para que me hablase de usted y me invitara a sentarme. ¿Piensan que se disculpó? No, simplemente me dijo que sí podía sentarme y cambió el tú por el usted. No hubo más. Pero le salían chispas por los ojos, que supo contener pues a grosera tampoco suelo dejarme ganar.

  3. Su pregunta es discreta y directa. Mi respuesta puede sonar a directa y muy indiscreta.

    Pienso que parte de miembros y miembras del casinillo eran docentes que se conectaban en horario laboral. Al estar de vacances, no ‘roban’ tiempo a su precioso tiempo de ocio. (Se admiten collejas).

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