La nación portuguesa anda también enredada en faenas en torno a su lengua. No para destruir ni alejar nada, sino todo lo contrario,  para facilitar su empleo entre los diversos pueblos que en ella se expresan, desde  la metrópoli a Brasil pasando por los países africanos o enclaves orientales que constituyeron el antiguo Imperio. En Brasil, la gran potencia actual de esa “lalia”, va a someterse a referéndum en Internet el Acuerdo Ortográfico decretado por el Gobierno, una vez integrados los demás criterios, incluidas las representaciones de la sociedad, como editoriales, universidades, periódicos y sindicatos del ramo, acuerdo que trata de unificar la ortografía –la sintaxis y la semántica se dejan, de momento, a un lado—para lograr una razonable unidad de acción del lenguaje común en los foros internacionales. Se trata, obviamente, de una operación más bien superficial, pero empeñada en liquidar de una vez las incómodas diferencias introducidas en el uso lingüístico durante su evolución histórica, sobre todo en lo que se refiere a las reglas de acentuación, aparte de otros ajustes menores que tratan de cerrar el viejo anhelo de unidad de la lengua arrastrado desde que, en 1911, Portugal propuso la primera normalización del idioma. He ahí un modelo de preocupación  por el habla común basado en la generosa convención de que el idioma pertenece a todo el que lo habla y en el postulado implícito de que la uniformidad es una condición esencial para cualquier idioma vivo y que pretenda no sólo seguir viviendo sino ampliar su influencia como instrumento de comunicación. En Francia también está reciente la decisión legal de consagrar un francés único y primado entre las varias lenguas y hablas de la nación, decisión que ha sido asumida sin el menor ruido hasta en los ámbitos más tradicionalistas como el corso, el  bretón o el basco. Para que vean que en este país de nuestros pecados llevamos cambiado el paso que marca, en esta era confusa, el gran desfile europeo.

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Ayer mismo revelaba este periódico que el modelo que trata de imponer a toda costa el nacionalismo separatista catalán solamente encontraría hoy equivalentes en Groenlandia  o en las islas Feroe, y que España es el único país miembro de la Unión Europea que permite aplicar en la escuela el sistema de “inmersión lingüística” con el que se trata, ni más ni menos, que de ahogar el uso de la lengua nacional. Gran Bretaña, por ejemplo, ha admitido el reconocimiento del galés y del gaélico escocés en el concierto comunitario pero pasándole la factura a las regiones correspondiente y no, como aquí, endosándoselas al Estado común. Claro que nadie imagina en ese gran país la posibilidad de que alguien penalice el uso del inglés o imponga el de la lengua regional, una postura que, según parecen garantizar los sondeos, apoya la inmensa mayoría de los británicos, incluidos los de las áreas que conservan su segunda lengua. En Italia las notables curiosidades diferenciales de dialectos como el toscano (que era el de Dante, no se olvide) se mantienen sin complejos como lo que son, sin más, tanto en el habla corriente que se escucha en la calle como en los rótulos del callejero. Sólo aquí prospera la mala hierba de la ‘diferencia’, el designio estrictamente político de instrumentalizar la lengua como una herramienta al servicio de la secesión, es decir, justo lo contrario que ocurre en nuestro entorno en un momento histórico caracterizado por la tendencia unificadora en la que los pueblos reconocen las evidentes ventajas de una unidad que no tiene por qué ser incompatible con la diversidad ni con la conservación de ese tesoro cultural que son las lenguas vernáculas. Brasileños y portugueses se han puesto de acuerdo buenamente poniendo o eliminando circunflejos y agudos además de renunciar, por ambas partes, a alguna que otra consonante arcaica, mientras aquí se multa impunemente por hablar español.

4 Comentarios

  1. Un tema que ya ha tocado doN José Antonio varias veces y que siempre llama la atención de la profe de lengua española que soy yo.
    A pesar de todo lo que hagan siguen ustedes teniendo una lengua hermosisima.
    Un beso a todos
    (Me había equivocado de articulo, porque los leo todos y a veces los vuelvo a leer, y hasta pongo comentarios con dos o tres días de retraso! Una que está enganchada.)

  2. Un doctorando belga me comentaba esta mañana que su país está a punto de ser destrozado, como es sabido, por una panda de políticos de pocos escrúpulos que crean tensiones con el idioma donde no las hay, o sea entre la gente normal y corriente. En todas partes cuecen habas, pero aquí desde luego a calderadas. (Acabo de volver de la parte vascoparlante de Euskadi, donde la gente lo vive con gran naturalidad eso de ser bilingües). Malditos roedores.

  3. Esto del idioma es una bastardía, una bajada de pantalones más, de las que no se excluye ni el PP. ¿O no recuerdan a don Manuel chamullando un galego ininteligible, de vergüenza ajena, o a los valencianos pagando una televisión -cara, pelota y estúpida, la voz de su amo por supuesto- y a la gente de Alicante, los de Torrevieja, los de Orihuela, los de Jijona, que escriben Xixona, tócate los h…, mirándose unos a otros preguntándose ‘qué dice usted que vende’?

    Ahora los del Bloque presumen de galaico-portugués y se igualan a Brasil, cómo no, o a Cabo Verde.

    Lo siento, es tarde y no me gusta ponerme de los nervios a estas horas, que luego no cojo el sueño.

    Besos.

  4. Tampoco vale la pena , doña Passi. Mejor que pase estas vacaciones tranquila , que siempre hay motivos serios y más próximos de preocupación.
    Un beso a usted, y otros dos más, uno a don Jose António, por supuesto, y otro a don Genaro el Perseverante.

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