Los grandes aseguradores que proyectan el futuro andan muy preocupados con los datos que les caen en las manos. Con la previsión de que uno de cada dos bebés que nacen hoy día en la Europa desarrollada vivirá, probablemente, cien años y hasta ciento cinco en el caso de las hembras. Son las consecuencias del progreso material, sin duda, que sugieren que lo más probable es que la sociedad del futuro deba transformar su modelo de organización y solidaridad ante hechos tan inquietantes como el de que, como novedad absoluta en la historia de las sociedades, lo previsible es que nos veamos instalados más pronto que tarde en un modelo familiar que abarque cinco generaciones, una dirigente, la tercera, entrillada entre dos iniciales y dos postrimeras. Podemos cerrar los ojos ante el panorama, por supuesto, pero no sin el riesgo que implica por lo general desoír las advertencias de la sociología. O bien cabe hacer el esfuerzo que ya piden algunas voces desde los propios seguros en el sentido de que habría que replantear, no sólo la financiación de la dependencia, sino el funcionamiento mismo de una vida social que ha doblado su esperanza de vida. Puede incluso que estemos entrando sin advertirlo en una era en la que el concepto de sociedad deberá cambiar hasta hacer irreconocible el actual, reorganizando el modelo no sólo al repensar el coste total de la vida, sino comprendiendo que las nuevas condiciones imponen un prolongación de la vida laboral y un  replanteamiento de los planes de formación. Sólo las sociedades capaces de avanzar por esos derroteros serán capaces de encauzar un futuro en el que la sinergia entre la prolongación de la expectativa de vida y la realidad de la innovación continua promete un extraño pero verosímil mundo feliz. Siempre recuerdo, llegados a este punto, la idea de Ginés Morata de que el tope de las conquistas de esta biología molecular se encuentra precisamente en la frontera de la seguridad social.

 

Ya sabemos que la vejez tiene mala prensa por no hablar de esa inmortalidad que Borges aniquiló sin piedad en su célebre relato. Los hechos son los hechos, en todo caso, y eso es lo que, no sin discreción, empieza a sugerirse desde el propio negocio del seguro que sabe que tiene por delante una bicoca si la sociedad reacciona ante al auténtico seísmo que implica la prolongación de la vida. Una vida más larga es posible con la condición de que la sociedad adapte su modelo a la novedad que supone que un niño al nacer tenga un siglo de vida por delante. No deja de ser curioso que haya tenido que ser ese negocio el que nos mande el recado.

8 Comentarios

  1. Que la vida sea más larga ya lo estamos viviendo y experimentando, pero otra cosa es que me crea lo de los 150 años de edad. Cién y con suerte ,vale ; 150 como media no me lo creo ni borracha. Ya en los EE.UU la media está bajando y tales como están las cosas de mal me temo que el presupuesto de la S.S. va a caer en picado ( de hecho ya está bajando), de suerte que “nuestra esperanza de vida” ( me encanta la expresión)hará lo mismo.
    Me temo que, un día, cuando sea muy viejecita, les podré decir a mis tataranietos: “Y en ese tiempo los hombres se creían casi Dioses y pensaban que por lo normal podrían vivir más de 150 años”. Y mis nietos se reíran de la credulidad de las generaciones pasadas…
    Besos a todos.

  2. Pero es que en la columna no se habla de 150 años sino de 100/105, que son los previstos por la demografía, especialmente en Francia. Tampoco es cierta la visión decrépita de la longevidad, tan borgesiana como aquí se recuerda, porque lo cierto es que hoy la geriatría y las condiciones de vida en general permiten una vida larga de mucha más calidad. No sólo alargamos la vida, sino que mejoramos sus condiciones. Otra cosa es lo que se advierte: que habrá que cambiar el modelo de sociedad y, muy concretamente, los sistemas de previsión y garantía de las pensiones.

  3. La vida aumenta y seguirá aumentado, lo que por fuerza ha de llevar a los hombres a orfanizarse socialmente en otros modelos. Lo de las cinco generaciones de que habla la columna me ha interesado enm especial y no deja de ser intranquilizador.

  4. Pero si la vida se alarga y el trabajo decrece, ¿cómo será esa organización, aparte de lo que puedan discurrir los seguros de vida, esa gran engañifa? Si alguien tiene respuesta, le agradecría que nos la diera.

  5. El ideal de la vida larga –no de la decrepitud ni de la inmortalidad– es viejo como el hombre pensante, aunque haya correspondido al progreso científico junto con la evolución social conseguirlo desde hace relativamente poco tiempo. Las sociedades tendrán que evolucionar también, no hay duda, replanteando su modelo, modificando la política aseguradora, reformando la propia convivencia. Me han parecido muy interesante la sugerencia de las cinco generaciones en una familia que, por sí sola, obligaría a pensar mucho.

  6. Tememos la muerte pero nos asustamos cuando oímos hablar de la prolongación de la vida, que es una realidad galopante, sólo frenada por la alta mortalidad debida a ciertos aspectos de este modo de vida. Es una contradicción curiosa que siempre me llama la atención. (¡Me hubiera gustado tanto ver qué tenía que decir doña Epi…!).

  7. Ya me extraña que don ja se haya dejado en el tintero una magnífica ocurrencia de Malraux: “Una vida no vale nada pero nada vale una vida”. Recuerdo una conversación entre nosotros y otros cuantos a la salida de una conferencia de Ph. Ariès a propósito del tema de hoy.Bueno, la verdad pura es que todos éramos más jóvenes entonces…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.