En medio del fragor necrológico y de la fiebre hagiográfica provocados por la muerte de Suárez estalla como un petardo el memorión de Pedro Cuartango: “En aquellos momentos la prensa lo maltrataba, su partido le había retirado el apoyo, el Rey iba diciendo que su gestión era un desastre, el PSOE había puesto en marcha una operación de acoso y derribo, la Iglesia lo detestaba por la ley del divorcio, la banca no se fiaba de él y los militares lo odiaban”. La mayoría de la voces que ahora oímos ensalzando su virtud, su hallazgo, tan poco español, de la concordia, navegaban hiperactivos en esa “barca de los locos” que acabó encallando donde bien sabemos, como en ella viajaban también los muchos que ahora guardan un silencio hipócrita. Recordemos la Andalucía del “café para todos” y el referendo de Lauren Postigo –cuando ¡un 17 por ciento! de paro hizo decir a González en el Congreso que ese fardo no había nación que lo soportara–, el desahogo de Guerra retratando al Presidente como un “tahúr del Mississippi”, las puñaladas traperas que diariamente le propinaban sus propios edecanes, mientras él improvisaba como podía el vago proyecto de Fernández-Miranda que, según Julio Anguita, ni era proyecto ni era nada: todo había que improvisarlo y se improvisó. No ha habido Presidente más solitario que Suárez. Peguen la oreja y verán cómo ni siquiera ahora musitan una palabra de condolencia sus traidores internos. En el espejo sin azogue de la Historia la realidad apenas resulta reconocible.

 

Recuerdo una tarde relajada en casa de Eduardo Navarro, su colaborador más fiel, cuando estaba a punto de redactarse el Estatuto de Guernica. Eduardo le planteaba preguntas-trampas al Presidente que, por lo general, encerraban un obstáculo pendiente, y recuerdo que Suárez respondía sin perder el compás tras cada una de ellas: “Dios dirá”. Así fue, creo yo, la Transición, un ejercicio de funambulismo mientras artistas y payasos se balanceaban en la cuerda floja, pero me parece a mí que ése no es mérito pequeño de quién tuvo que dirigirla, sino todo lo contrario. Andalucía, sin ir más lejos, no sería lo que es por culpa de Suárez y Martín Villa, es probable, pero no más que tampoco sin la incomprendida finta de Rojas-Marcos, que se inmoló a sabiendas en aquella pira. ¡Y se escandalizaban por un 17 por ciento de paro! A Suárez no lo habrían rescatado sin su tragedia familiar y personal los mismos que hoy lo ensalzan ni los que callan tras ellos.

11 Comentarios

  1. De cocodrilo, diría yo en muchos casos. Celebro el párrafo que reproduce de Cuartango, resumen de lo que fue de verdad aquella situación asfixiante: ni el Rey, ni el Ejército que hoy le rinden honores, ni la Iglesias, ni la ultraderecha, ni los financieros…, lo apoyaron. No se fue: lo echaron son empujarle.

  2. Una perfecta diana el recuerdo a Alejandro RM, que más que inmolarse fue inmolado por quienes todos sabemos. Los que se han apropiado de la bandera –el trapo– que despreciaban y que partían del convencimiento de que tendría que haber unos españolitos de primera y otros de segunda y hasta de tercera. Que conste que RM ha precisado a veces de un castillo para él solo y sus fantasmadas.

    Tal vez aquella muchachada sabía algo de derecho laboral, de ginecología o de termodinámica pero casi ná de historia. Ignoraban los delirios de Sabino, como también desconocían que el padre de los apandadores suizos aspiraría, por él o por su descendencia, a proclamar lo mismo que Companys. Por filiación adoptiva lo hace hoy el Arturet.

    Y Andalucía, como se ha visto, para surtir de copleros, camareros y hamaqueros.

  3. (Fuera de cntxt).- ¿Qué les pasa al Centella y al Lara?
    ¿Qué extraña lesión común de pescuezo padecen que no les permite usar corbata?
    ¿Esa es toda la capacidad que tienen para presumir de izquierda?
    ¿Tan finos son sus cutis obreros que no soportan el roce de tan ‘ominosa’ prenda?
    ¿Por qué no han condenado de forma rotunda los intentos de homicidio perpetrados por los paladines de la dignidad?

  4. No creo que lo de Suárez merezca ser llamado “mito”. Lo que pasa es que el tiempo va despejando nieblas y per mite ver con mayor claridad si no se pierde la perspectiva. Estoy con la columna en que este homenaje tiene mucho de “numerito” político, empezando por el propio Rey, de cuyo dolor no dudo, pero tampoco olvido su papel: ni el acierto de elegir a Suárez, ni el abandono en que lo dejó luego frente a los caimanes.

  5. Suárez fue un águila audaz, un águila recriado en los despachos políticos, y además un animal simpático, seductor, capaz de llevarse al huerto a medio mundo. Lo que me molesta es que ahora es bueno para todos cuando bien sabemos muchos quienes fueron sus enemigos jurados y conjurados. Lo expresa muy bien el párrafo de Cuartango que cita, aunque estoy seguro de que a usted no le hacía falta ese apoyo porque vivió aquello bien cerca.

  6. Me consta que don ja conocía a Suárez desde la época del Colegio Mayor, no diré cual, y que luego lo siguió tratando a través, en efecto, de don Eduardo Navarro, el mejor expediente de la Complutense (Navarro, no Suárez). Por eso me gusta comprobar que no ha perdido la memoria.

  7. País de fariseos, han esperado a que la desgracia liquide al hombre clave de la Transición para homenajearlo y darle condecoraciones, como si no hubiera sido lo suyo respetarlo mientras tuvo que luchar con la etapa más dura de la democracia española. Ver a González (que lo acusó en falso de utilizar el Batallón Vasco-Español), a Guerra (que lo e llamó tahur), al Rey que en su momento no lo apoyó ni por asomo, y sobre todo, no ver a los suyos, a los que lo traicionaron, da pena por este país nuestro.

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