Entre las impresiones literarias de mi adolescencia me duró mucho el impacto de la apocalíptica historia de “Gog” escrita por Papini. El temible personaje, en el que se reconcían visibles sobre cuaquier otra las huellas de Niestzche, cifraba todas las maldades humanas, pero entre sus aventuras nos deslumbraba, sobre todo, la machada caprichosa de comprarse un país. Para un chaval, y coetáneo nada menos que del primer franquismo, un país era un ente por completo ajeno a la codicia humana y, por supuesto, algo así como la apoteosis casi sacral de la demanialidad, una realidad constituyente de la vida humana y, en consecuencia, esencialmente pública. Y sin embargo, en aquellos mismos años –antes de que tuviéramos noticia escolar de episodios y cambalaches como la venta de la Luisiana francesa o de la española Florida a los Estados Unidos–      recibimos indefensos el impacto de la compra de Alasca por este gigante, bien que a nosotros, criaturitas, la noticia nos llegara adobada en la leyenda del capitán Jonathan Clark, o sea, de aquel fascinante Gregory Peck, el “hombre de Boston” y capitán de la veloz “Peregrina”, inalcazable en mar abierta y tan feroz con las focas como cabe imaginar en el imaginario infantil anterior a las furias animalistas.

 

¿Podía comprarse un país?, nos preguntábamos con el libro de Papini en las manos, ¿acaso un país no era una patria, algo tan orteguiano en el fondo como una joseantoniana “unidad de destino en lo universal”? ¿Cómo podría privatizar esa realidad tan inconsútil como sagrada un héroe como Clark o un diablo como Gog? ¡Pues con dinero, a ver cómo iba a poderse! Viendo a Trump proponer la compra de Groenlandia a los daneses se nos ha venido encima este aluvión de lejanas emociones ocurridas mucho antes de que pudiéramos comprobar que todo es venal en manos de los políticos. No hace más que un decenio mal contado, la ONU avisaba a los hombres de buena voluntad del peligro cierto de un neocolonialismo que, a finales del 2002, registraba ya nada menos que un millar largo de compraventas de tierras perpetradas entre unos países y otros. Parece que es África el continente que más territorio ha vendido a la ambición forastera, que Asia no se le queda demasiado atrás y que la propia y próspera Australia anda ahora liada y sin saber a qué carta quedarse ante la compra de un vasto territorio que le propone comprar un consorcio chino. No les canso con otros ejemplos pero créanme que no son pocos los que podría añadir.

Trump es un Gog de pacotilla aunque coincida cínicamente con el pérfido personaje en que “cualquiera sabe cuál es el precio medio de una mujer en el mercado” y otros brillantes puntos ideológicos compatibles con el neoliberalismo y me temo que no sólo con éste. Nada que ver, pues, con aquel capitán Clark que tumbaba en el pulso a un pirata tan lerdo como Anthony Quinn y cerraba el relato patroneando su risueño goleta a cuatro manos con Ann Blyth. Aquella película llevaba el sugerente titulo de “El mundo en sus manos”. La de Trump no tendrá necesidad de cambiarlo.

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