El antiguo alcalde de Venecia, Massimo Cacciari, sostiene que Venecia se muere en medio del esplendor de la postmonernidad. Mejor dicho, que es ya una ciudad muerta en la medida en que se ha convertido en una ciudad-escaparate, en una vitrina temática de sí misma, entrillada por dos graves fuerzas destructivas: las aristócratas (remarquen el género) entrometidas que luchan por salvarla, y los venecianos de pura cepa, los indígenas, que huyen del centro histórico e incluso a tierra firme a causa de los precios. Nunca en la historia de la ciudad entró más dinero en ella –dice el regidor con evidente exageración– pero ese dinero es privado, y por otra parte, ahí está esa suerte de primavera intensa que florece sin tregua entre reformas y fundaciones. El millonario Pinault ha abierto como museo la antigua Dogana –que tantas veces pintara, entre grises y bermellones, la mano de Turner– y en él puede el visitante ver un percherón empotrado en el muro y otras “performances” asustaviejas. El divo de la ultimísima arquitectura, el holandés Rem Koolhaas, ha sacado del antiguo Fontego dei Tedeschi una atrevida terraza sobre el Rialto con la pasta de Benneton, mientras esa cabeza de la tribu española, que es Calatrava, deberá “mover” su controvertido puente porque resulta que su estructura estaba mal calculada o algo así. Y en fin, aparte de la restauración de la sede de la Bienal, el proyecto “Moisés” o la redefinición del entorno del Piazzale Roma, otro famoso, Pietro Cardin –porque ustedes sabrán que Cardin no se llamaba Pierre sino Pietro—ha dejado en marcha cerca de Treviso, una torre de 60 pisos y 120 metros de altura. ¿Se muere Venecia? Eso lo vengo oyendo yo desde siempre, es lo que aventuró Goethe cuando residió allí y sugieren Paul Morand y tantos otros, pero acaso esta vez resulte verosímil, entre otras cosas porque el Ayuntamiento ha perdido sus dos grandes fuentes de ingreso, que eran las subvenciones estatales y los impuestos de los casinos, y la era, la postmodernidad, no respeta otro canon que no combine la altura con la extravagancia. Venecia es una vieja y deliciosa dama a la que los lifting le afean las arrugas.

Los tiempos traen los estilos y los estilos se suceden a costa de destruir lo anterior, pero el aporte de la postmodernidad amenaza con algo más que con destruir perfiles y perspectivas, a saber, con anular la idiosincrasia de fondo de nuestras ciudades. La Venecia de Joseph Brodski o la de Donna Leon tiene hoy menos de la mitad de habitantes que Huelva y más turistas que Madrid. Uno lee cada día su “Gazzettino” sobrecogido por la posibilidad de encontrarse en sus páginas con la esquela de la Signoria.

4 Comentarios

  1. Ya le dije una vewz que debía prodigar más sus recuerdos de viajes y estancias, sobre todo las de París y Venecia. Se lo repito ahora.

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