No cejan los adversarios de Darwin, dispuestos a no permitirle el bicentenario en paz. Uno de ellos, hay que reconocer que no desprovisto de cierto humor, recuerda el chascarrillo supremo con que los creacionistas tratan de mortificar a los partidarios de la evolución: “Si se refiere que una rana se convierte en príncipe, hablamos de cuento maravilloso; si se dice que un mono deviene en hombre, hablamos de evolución y ciencia”. No está mal. El gobierno británico, entre tanto, va a echar a perros un millón de libras, con la que está cayendo, para acondicionar la casa en que vivió el maestro de Shrewsbury y exponer sus trebejos junto a las recetas de cocina –sopa de guisantes, chocolate irlandés…–  de la fiel y sufrida Emma, pero unos sabios empeñados en aguar la fiesta acaban de anunciar en ‘Nature’ que el parentesco genético con nuestros antepasados simios es muy inferior al que se suponía mientras se estudiaron solamente los cambios del genoma comunes a todos los primates, desechando esas ‘duplicaciones segmentales’ que parece ser que encierran una noticia mucho más precisa de nuestra historia y evolución común. La vida es un prodigio en sí misma, igual si focalizamos la atención en nuestra especie y en las próximas, que si consideramos otras muy alejadas. La tele digital nos aporta el ejemplo del murciélago (olvídense, por un momento, del vampiro), ese quiróptero cuyo cerebro, que pesa un gramo, es capaz de procesar con éxito la información del ‘rádar’ que desde su laringe emite doscientos ultrasonidos por segundo. Desde luego, los amigos de la trascendencia lo tienen mucho más fácil que los evolucionistas. Lucrecio escribió en vano, al menos a estos efectos.

Es extraordinario que el misterio revista este carácter maravilloso, que encierre esta trampa fideista casi mortal para la razón. Ratzinger, Glucksmann Gustavo Bueno, Juaristi (converso reciente), Weiler o Javier Prados compiten en un libro breve y denso sobre el pulso inmemorial entre razón y fe, bajo el título-lema “Dios salve la Razón”, y también en esos renglones preñados de inteligencia se revela la maravilla de la realidad en el atolladero noológico. Lo de la rana y el príncipe es bueno, no puede negarse, pero hay que esperar todavía mucho y bueno de esta movida en torno a la intuición, también portentosa, que erigió al azar o, si se prefiere, lo constituyó en instrumento del designio. Porque no me digan que lo del murciélago no resulta asombroso, sea cual sea la mano que meza la cuna del azar. Si el pensamiento arrancó de la curiosidad, a estas alturas se mueve impulsado por el estupor.

4 Comentarios

  1. Me ha encantado este artículo lleno de humor. Tengo la impresión que en este tema anda usted tirando algunos bandos, o si prefiere, matizando su opinión.

    A mí personalmente no me molesta que los hombres descendamos de los simios. Desde luego tenemos mucho en común, como con casi todo el universo. Los ingredientes de base son poquísimos, según recuerdo, lo importante son las proporciones y luego las condiciones de la cocción. ¿No hay en cada uno de nosotros un destello divino, una parcela de divinidad?

    Por otro lado, el saber que nuestro tataraabuelo era un simio puede ser muy positivo para bajarle los humos a mucho creído que anda por ahí suelto.

    A mí de todas formas me maravilla el universo, su complejidad, su hermosura, son miles de milagros repetidos y cotidianos que tenemos ante los ojos y que miramos con indiferencia, si es que los miramos siquiera. En eso sí tienen razón los creacionistas: el universo es incomprensible y extraordinario y como tal deberíamos cuidarlo y respetarlo mucho más.
    Un beso a todos.

  2. No se puede parar la máquina del tiempo en Darwin, ni mirarlo con desdén a 150 años de su teoría. Quienes se ríen, o le homenajean ¿Ramón Casas?, o simplemente descuartizan su obra para rebatirla, deberían conocer que aún se tardarían unos pocos años, Miescher, para identificar los núcleos celulares y sus ácidos, el ribo y el desoxirribonucleico, que tanto en Cái dieron que hablar. Curiosamente y con dedicatoria a los estómagos delicados, el tal Miescher le metió al microscopio el pus procedente de los desechos de vendajes quirúrgicos. Y ya había nacido don Charles cuando se emitió la teoría de la célula como elemento funcional básico del ser vivo. No es hasta los años 30 del s. XX cuando entra en juego el microscopio electrónico.

    O sea que no vale jugar con anacronismos y sentirse capaz de refutar al tipo que se dejó las pestañas observando los picos de los pinzones -estaban ahí, pero nadie reparó antes en ellos- para creerse superiores y luego irse a rezar la novena a san Pancracio para que la niña encuentre laburo.

    Besos. El -azo para mi doña Marta.

  3. Ay, doña Sicard! Ya nos podríamos dar con un canto en los dientes si cuidáramos de nuestro pobre planeta. El Universo puede estar tranquilo porque la mano del hombre sólo tiene capacidad para enviar unos pocos kilos más allá de Júpiter.

    En cuanto al tema de hoy estoy más con doña Epi que con la razonable duda de nuestro ja, y desde luego la complejidad de un gramo de cerebro sólo demuestra que está muy bien aprovechado.

    Vaya por delante que este viejo ateo no piensa que la validez de la teoría de Darwin, hoy mejorada por los avances científicos, invalide la existencia de Dios, solo ayuda a entender un Universo no creado.

  4. es un clasico el reparto de talentos de la palabora cuyo mismo nombre cito y no es una cuestion tanto de cuento de hadas como de reparto de suertes a cada uno le toca una distinta. un saludo Don ose Antonio

Responder a Marta Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.