Hace mucho que sabemos que la esperanza de vida no se atiene al principio de igualdad. Las mujeres viven más tiempo que los hombres y así fue incluso mientras el trance de la natalidad las afligió tan gravemente, compensado su efecto por los riesgos (profesionales, militares y otros) que vivía el varón. Hoy también es así en todas partes y se cree que el motivo de esa supervivencia tiene que ver con la mayor precaución médica de las hembras así como de su menor relación con el alcohol y al tabaco, aunque algún estudio reciente apunte que esa esperanza de vida ha crecido más en los hombres que en las mujeres y por más que todavía prevalezca el de éstas. Las conclusiones del estudio que acaba de publica el Insee (Institut National des Statistiques et des Études Économiques) revelan, sin embargo, que las desigualdades sociales frente a la muerte se mantienen, gravando al macho en términos distintos en función de la clase a la que pertenece. Según ese estudio, y a pesar de las mejoras experimentadas por las condiciones de vida y de las introducidas por el progreso médico, los obreros la palman antes que los ejecutivos, en general, calculándose hoy en seis años esa diferencia, aunque la mujer trabajadora de base mantenga aún su ventaja sobre el hombre que desempeña tareas dirigentes, lo que dicho de otra forma significa que uno de cada dos obreros no tendría demasiadas esperanzas de cumplir los 80 años mientras que un tercio de los “cuadros” sí la tendría. No parece cierto, en resumen, eso de que la muerte todo lo iguala, pues empezando por el plazo que concede a cada individuo, a cada sexo y a cada clase, su criterio se confirma arbitrario, lo que en absoluto quiere decir caprichoso dado que cada uno de esos sujetos experimenta circunstancias vitales bien diferentes. Sobre datos como los comentados hacen sus cálculos ventajistas los seguros de todo tipo que no tiene más que ajustar sus tarifas al riesgo previsto. A los hombres y a las mujeres no les queda otra que asumir su suerte y confiar en que la propia vida sea menos drástica y utilitarista que la previsión.

 

Hay que tomarse estas cosas, en cualquier caso, a título de inventario dada la excepcionalidad de cada vida, y sin olvidar nunca esa condición paradójica del propio vivir que hacía decir a Sartre, más o menos, que la vida está hecha de futuro de la misma manera que los cuerpos que la encarnan están formados a partir del vacío. Los sociólogos, que se limitan a averiguar sus mecanismos y describirnos, quizá preventivamente, su naturaleza, no se meten en harinas más profundas. Los metafísicos sí, y así les va.

3 Comentarios

  1. ¿Y no da lo mismo, donn Griyo? Creo que jagm lleva razón al utilizar ese adjetivo metafórico del que se desprende cierto concepto pesimista de la vida misma. Pero es la realidad, no hay otra. La estadística muchas veces no hace más que ponernos el contrato y la factura delante de las narices.

  2. ni la muerte nos iguala, cierto, perono me importaría, si en vida tuviéramos las mismas oprtunidades. Besos a todos

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