En Guayaquil ha muerto una anciana de 116 años, María Esther Heredia, probablemente la mujer más vivida del mundo, al menos por el momento. Quedan por ahí otros longevos que aspiran al récord, incluida la yanqui Elizabeth Bolden, sólo unos meses menor que la difunta, y Emiliano Mercado –un nombre que parece sacado de Juan Rulfo o de García Márquez–, un portorriqueño que no cumple ya los 115 abriles. Cada longevo dice tener su fórmula secreta, su elixir de eternidad –que en el caso de María Esther parece que era la leche de burra-, siempre de espaldas a la teoría y como si no supiéramos desde que vivimos en la sociedad opulenta que el único arcano verdadero reside en las vitaminas y los antioxidantes. Un sueño, ése de la vida eterna, que funciona en la existencia como el envés del tópico de la vida breve que, según la reciente novela de Jostein Gaarder –el manoseado autor de “El mundo de Sofía”—, le reprochaba al mismísimo san Agustín una novia despechada. Casi todas las civilizaciones cultivan la ilusión de la longevidad, empezando tal vez por la crónica egipcia que atribuye a sus primeros reyes, vayan ustedes a saber por qué, existencias de 1.757 años, ni uno más ni uno menos. El sabio Josefo sostiene en sus “Antigüedades” que los antiguos (no precisa más) vivían por sistema un milenio, un tiempo no muy diferente a los 900 años que habrían aguantado el chaparrón, según la vieja leyenda, los padres antediluvianos. Los patriarcas bíblicos vivían una barbaridad, comenzando por Adán de quien alguna vez se dijo que no había padreado hasta cumplir por lo menos los 230 años. Sólo muy tardíamente pone orden el ‘Génesis’ en esta historia interminable al establecer la divinidad que, en adelante, ningún humano cumpliría en este perro mundo más de los 120 tacos (Gn., 6, 3), lo que venía a ser una miseria considerando que antecesores suyos como Héber o Selaj habrían triplicado esa marca (Gn., 11) o que Sem sobrevivió al Diluvio, que le pilló ya talludito, lo menos medio milenio (íbidem). Fue la maldad humana y sólo ella la que, colmando la paciencia divina, dio al traste con el primitivo proyecto de la larga vida, en un tiempo en que aún habitaban la tierra los gigantes y los hombres soñaban con alcanzar el cielo con la mano. La verdad, a la vista de la que está cayendo, no sabe uno si quejarse o agradecerle a los ancestros su perversidad.

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Hoy no se puede hablar, como entonces hacía el biblista, del tiempo del hombre. Hay enormes diferencias, y más que va a haber, entre unas regiones del planeta y otras, o por decirlo negro sobre blanco, entre los pueblos ricos y los pueblos pobres. En África, por supuesto, la cosa va de mal en peor y todo hace prever que la actual expectativa de vida de 49 años ha de caer en picado a consecuencia no sólo del SIDA sino también de la atrocidad de la violencia. Europa y Norteamérica van mucho mejor, claro está, embaladas hacia los 80 aunque con notable ventaja de las hembras, pero hay países desdichados, como Zambia, Malawi o Sierra Leona, en los que un ser humano apenas tiene por delante al nacer un horizonte de 35 años mal contados. En Japón o Islandia se vive ya un promedio por encima de los 82 añitos, a pesar del anisakis, y en Suiza o China también van ya al filo de los 80. Cada vez más parece, sin embargo, que el problema no será prolongar la existencia del hombre sino organizar la supervivencia del excedente poblacional, es decir, garantizarle al longevo un plato de lentejas y un techo al que acogerse. Ya entre nosotros se presume de marcas de vida mientras se sigue discutiendo acerca de la al parecer ineluctable crisis final de la seguridad social. ¿De qué viviría hoy un patriarca varias veces centenario con la calderilla de las pensiones? Pensando en esas miserias y en el Inserso, tal vez Dios se quedó corto al poner límite en el ‘Génesis’ a la vida dilatada.

18 Comentarios

  1. 11:35
    La muerte es un invento de la Naturaleza para hacer posible la evolución. Si ella la vida en nuestro planeta estaría todavía y para siempre en el estadio de vida monocelular.

    Lo que pasa es que la especie privilegiada, que no elegida, está haciendo innumerables trampas primando el ahora en perjuicio de su propio futuro.

  2. ¿Y qué me dice don JoseAn de aquellos otros gigantes de talla y longevidad, como los que levantaron los pedruscos de mil arrobas, cortados al milímetro de las pirámides precolombinas?

    Y qué bien traído y qué bonito –con guasa- el verbo padrear. (Va por usted, mi don Gramático). El garañón superdotado, piafando en su box, comiendo y haciendo el ejercicio necesario para estar en plenitud de forma ante el reclamo feromónico de la yegua o la burra. Enlazando con el exitazo de ayer –una escribe temprano y se pierde lo mejor- seguimos en el subconsciente maravillándonos de la altivez y potencia del macho alfa mientras la hembra no es –somos- más que un una delicada mariposa abierta esperando el chorro vivificador y tartajoso.

    En cuanto a la vejez, qué quieren que les diga esta vieja algo atolondrada y bastante superficial. Aquello de dar vida a los años y no tantos años –para qué- a la vida. Es una pedantería lo de componer un bello cadáver joven, pero no menos banal es pretender llegar al centón cuando se necesita a una quechua para que te conduzca en carrito al sol y ponga cara de asco, por mucho que lo disimule, cuando te cambia el pañal maloliente.

    (Huy, que se me olvidaba. El Libro tampoco se esfuerza mucho en afinar los años para las mujeres, pobres lobas malparidas tantas veces. Recuerden aquello de Saramago de que María no pudo ser justa ni prudente porque el idioma, primo hermano de los jamalajá, no tenía femenino para esos elogios).

  3. Me parece que -no soy una entendida- en las épocas que describe la Biblia no se contaba el tiempo igual que ahora.

    Los años eran mucho más cortos, de tal manera, que al contarlos eran, comparándolos con los 365 días que tienen actualmente, un número mucho menor, de forma que el resultado sería el mismo que en el presente, más o menos.

    Sé que J.A. sabe mucho de esto, pero como él no contesta, agradecería a cualquier tertuliano que me aclarase esta duda que expongo.

  4. No hay la menor seguridad cobre esa hipótesis que, además, carece de lógica, pero es verdad que se le ha hablado bastante de ella. Que yo sepa no hay explicación, simplemente que la noción de “año” o periodo empleada por los redactores de la Biblia (fueron, como sabe varios) era convencional. Hay muchas introdcucciones a la Biblia pero no gaste el tiempo en esta anécdota que jagm ha utilizado con evidente ironía y gracia literaria.

  5. Queri Atélite, señora mía: no hay reducción posible: los meses del biblista (de los biblistas) se referían a meses lunares, como ocurre en todo el ámbito semita: doce meses lunares de 29 o 30 días, y también se recurría a incluir un mes más cada 2 0 3 años para ajustar el calendario de celebraciones. Pero no pierda el tiempo, como acaban de aconsejarle, porque la Biblia tiene otros interses más altos y profundos. Pregúntele a ja, que lo sabe bien.

  6. Estoy con el casero en que más vale no pasarse de años tal como está el mundo. ¿Se imaginan dos centurias soportando a Pepiño Blanco o al mismísimo ZP?

  7. Triste lección la de la expectativa de vida: también ella es una cuestiómn de clase, como suele subrayar jagm con tantas cosas. Lo de África es deplorable y lo de Japón inceríble. Lástiam que no nos haya ocntado algo sobre la nuestra, aunque en otras ocasiones ya lo hizo.

  8. A ver si alguien explica por qué en Suiza la esperanza de cida es tan superior a países de su entorno como Alemania o Francia. Por otro laod, alguna vez creo harbele leído aquí a gm que hay cierto lugar español (¿en los Pirineos, en Andalucía oriental?) donde se registra una expectativa máxima. Total, con la que estña cayendo, en efecto, y con las pensiones que nos quedan, tampoco es para pelearse por unos años de más. (Se me pone por delante mi vieja maestra xontánonod la fábula de leñador y la muerte…).

  9. Bonita reflexión, ironía (guasa) incluida, a propósito de ese misterioso empeño bíblico en cifrar la bendicìón divina en la longevidad. ¿Qué pesnar entonces de las almas cándidas, de esos niños que en mi tiempo se sufragiaban bajo el signo de la blancura, como homanaje de gloria? Este puñemero jagm maneja la Biblia al derecho y al revés, y sabe sacar de ella motivos tan interesantes como divertidos hasta cuando lo hace socarronamente.
    A doña Atélite: en efecto, no se preocupe por la cronología simbólica de la Biblia, como ya le han explicado, y asómese a ella. El propio ja, buen lector del Libro, puede darle buenas razones para ellos.

  10. Qué fracaso que el porblesa sea “organizar la supervivencia” después de haber logrado este auténtico milagro biológico! Cuanta razón tiene jagm al decir que no sabe si agradecer o lo contrario la perversidad que nos condenó en la Biblia.

  11. Mi padre alejaba mid miedos infantiles a la muerte asegurándome que cada uno teníamos que vivir cien años, y que para ese término faltaba aún mucho. Las cifras son siempre consoladoras si no convincentes, y tengo la impresión de que esos símbolos de la Biblia (aparte de su eventual significación cabalística, si es que la tienen) buescan precisamente tal efecto.

  12. Personalmente estoy en que la vida no merece la pena si no es vida (de ahí la expresión entudsiasta “¡Esto es vida!). Mi maestro Séneca supo demostrarlo con la serenidad que asiste al convencido, pero este tipo de reacciones están reservadas a los grandes espíritus. Para los comunes, los que animan a esas hordas ahmbrientas y enfermas de las que suele hablanros compasivamente ja, quizá no sería descabellada una piedosa ayudita. Dicen que las guerras responden a esta razón oculta, pero yo no me lo creo: sería demasiado piadoso para este mundo.

  13. Es estremecedor pensar que mientras crece la esperanza entre los ricos mengua entre los pobres, que mientras unos miran complacidos a un horizonte lejano, otros van tropezando y en penumbra, tanteando hacia la nada. Los franceses viven cada día más viendo con indiferencia cómo se les meure Costa de Marfil entre las manos (sucias). Los suizos sanean sus vidas junto a los cofres del tesoro de tantos pueblos esquilmados. Nosotros mismos vamos a vivir más cada vez, pero me gustaría saber si de un modo homogéneo o unos estratos más que otros, quizá unas regiones más que otras. No se trata sólo de vivir más sino de que la vida mejore. Nada nos dice la Biblia sobre las fabulosas vidas de los patriarcas pero se les supone felices, rodeados de su prole, respetados de todos, aguardando serenamente la hora de irse. ¿Tiene eso algo que ver con lo que ocurre hoy al que vive más allá de lo razonable?

  14. 22:23
    “pero me gustaría saber si de un modo homogéneo o unos estratos más que otros” dice doña Torca. Pues les cuento:

    La cosa es cosa de clases. Según un estudio publicado en noviembre del 2000 los ricos viven o vivían ocho años más que los pobres, lo cual parece que debe ser justo, porque como dice don Senequín “estoy en que la vida no merece la pena si no es vida”.

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