Se ha volcado el obituario en memoria del fotógrafo de guerra americano Joe Rosenthal, autor de la mítica imagen de los cuatro ‘marines’ izando la bandera de las barras y estrellas en la cima de un promontorio tras la cruenta batalla de Iwo Jima, la misma que sirvió de modelo al monumento funerario que preside el cementerio nacional de Arlington y que inspiró la del grupo de bomberos levantando la enseña sobre las ruinas de las Torres Gemelas. La guerra ha sido siempre objeto de la atención artística y ésta instrumento de la memoria en manos más o menos fiables que trataban de detener el tiempo –ay, el “presente eterno”—y salvar la gesta del olvido. El objetivo final es el mismo, en fin de cuentas, desde el Paolo Uccelo que pinta (varias veces, por cierto) el bosque de lanzas de la batalla de San Romano, precursor de las perspectivas velazqueñas de Breda, o desde el maestro Turner que ensaya el retrato pro sorpresa de la encarnizada batalla naval, hasta estos modernos fotógrafos que intentan sorprender el momento supremo de la hazaña o de la tragedia. De vueltas de una exposición que vi en Barcelona sobre la obra de Robert Capa conté aquí mismo mis impresiones sobre ese espléndido muestrario antropológico en el que, sobre la elocuencia de sus sugerentes rostros cenceños y sus estrictos perfiles trágicos, dominaba la famosa foto del miliciano abatido en Cerro Muriano por los fusileros de la columna de Varela, documento de época que, igual que la obra de Rosenthal, acabaría siendo puesto en entredicho posteriormente por los expertos como falsificación deliberada. La foto de la niña despavorida huyendo por una carretera vietnamita tras ser abrasada por el napalm de los yanquis, la instantánea de Kennedy desvaneciéndose tras los disparos nunca aclarados, no son sino afortunados ensayos de la inacabable crónica gráfica de la barbarie que la Humanidad lleva coleccionada desde hace siglos para ilustrar una Historia en la que lo de menos, por lo visto, es el rigor de la verdad. Eso es lo que hay, aunque en el caso del debate sobre la autencidad de la foto de Rosenthal cierta organización radical americana haya lanzado su ‘fatwa’ particular sobre cualquiera que osara cuestionar esa discutida verdad. La Historia gráfica tiene, como se ve, problemas idénticos o sumamente parecidos a los que soporta la convencional.

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Lo interesante de la cuestión estriba, a mi parecer, en que pone de manifiesto la insolvencia relativa de nuestra memoria, facultad basada a la fuerza en esos soportes que funcionan como indiscutibles conservadores del pasado. Ya sabemos que Alejandro no cortó ningún nudo gordiano, que probablemente César jamás planteó su patética pregunta a Bruto, que no resulta nada verosímil que el rey Ricardo diera el prodigioso salto ecuestre que se le atribuye, que Luis XIV no se identificó nunca con el Estado en los términos en que recoge la frase bachilleresca, pero no cabe duda de que esas fórmulas son necesarias para sostener, siquiera sea en equilibrio inestable, el siempre vacilante edificio del pasado. Nadie podrá lograr, por otra parte, que los americanos acepten la falsedad de la foto de Iwo Jima como no es probable que llegue a aclararse de modo terminante la polémica sobre el fotograma de Capa, sencillamente porque la demanda de seguridad que impone toda memoria resulta con enorme frecuencia superior a las exigencias que plantea el rigor. La memoria es mortero en el que se confunde el cemento legítimo de lo probado con la inevitable arena de lo conjetural o incluso de lo imaginario. Y cualquiera sabe que un efecto semejante no es exclusivo del recuerdo colectivo sino que afecta del mismo modo a la memoria íntima, en la que tantas veces se confunde inextricablemente lo cierto con lo dudoso y hasta con la pura invención. La foto de Rosenthal es espléndida como lo es el romance del Cid. Tampoco la canción de Rolando se sostiene históricamente en pie y ahí la tienen.

5 Comentarios

  1. Buenos días: Os cuelgo el escrito de un lector del blog de AGT de la conferencia sobre la República que presenta hoy en Puntra Umbría nuestro anfitrión JaGM.

    “La conferencia de Antonio García-Trevijano, que se celebrará hoy día 25 a las 21 horas, es en el salón de actos del hotel Barceló, sito en Punta Umbría (localidad costera a pocos kilómetros de Huelva por la carretera A-497), en la avenida del Océano s/n, (la principal avenida de la población). Para cualquier consulta llamar a 954 990 710 y pedir extensión Huelva.”

  2. Cuando alguien propone la Historia como ciencia, se me queda la barbilla colgando de la risa floja, sólo superado el babeíllo cuando se le aplica el término a la Psicología en cualquiera de sus ramas.

    ¿Quién, por qué , cómo, por cuánto, se escribe la Historia? Lo del carbono 14 me afloja la vejiga y los cronicones de época me dan crisis intestinales. Si lo que ocurre hoy, ahora mismito, me lo cuentan de forma distinta dos que pasaban por allí, cómo voy a creerme el diálogo entre Calomarde y la Infanta, o entre Marco Antonio y su compadre Octavio.

    ¿Cómo era aquello de “no dejes que una verdad te arruine un titular”? Hoy con el fotoshop ni te cuento lo que puede hacer una reporterilla audaza con una foto tomada con un canuto así de grande desde detrás de un matorral.

    (Y por fa, por fa, que alguien cronique, por muy a su manera que lo haga la charla del Trevi en Punta. Daría el importe de mi próxima lipo por asistir a la disertación del prócer. Y el de mi próximo blanqueo de piños por la transcripción de lo que el Jefe diga sobre él).

  3. No sea escéptica, doña Epi, que las bases científicas de la Historia nada tienen que ver con el oporunismo con que muchas historias se fabrican. Es posible que no haya modo de fijar la Verdad absoluta, la realidad íntegra y objetiva, pero insisto en que una cosa son los manejos de los manejadores y otra el trabajo de los científicos. No deje que se le caiga la barbilla de risa, y piense en Burkhardt, en Fustel de Coulanges, en Glotz, en Menéndez Pidal, incluso en los disutidos Spengler o Toynbee. No se lo ponga fácil al escepticismo comodón. Hay que bregar con el pasado y tratar de rescatarlo del olvido, y eso tiene sus técnicas más que apreciables.

  4. ¿Ve mi don Obse -huy, se m’has capao la muletilla de la Susi- ya estoy abrumada con las mayúsculas con que me atiza? De ellas sólo reconozco a la de don Menéndez, a quien algunas de mi generación confundían con el santanderino Pelayo, el polígrafo, pura inercia memorística.

    Alguien me dijo que en la Historia lo que cuenta es la letra pequeña, que se sabía más de un reinado por el precio de la cuartilla de cebada o los maravedises de un jubón de estameña que por la narración de una hazaña.

    Naturalmente que no minusvaloro la labor fatigosa y poco reconocida de un Carande, por poner yo también una mayúscula, pero no me negará que se cuela mucho matute pseudohistórico cuando un cátedro, por tal de poner su nombre delante, da el plácet al trabajillo ripioso de un doctorando a quien se lo mal tradujo de una revistilla extranjera un coleguita con el que comparte piso y canutillos.

  5. Total, que doña Epi se echa a la llamada “perspectiva micro”, como los franceses, sobre todo. Pues muy bien, peor lo cortés no quieta lo caliente.

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