El debate político, incluso el congresual, depara a veces sorpresas dialécticas imprevisibles. La última ha sido escuchar al jefe de la oposición exigirle al presidente del Gobierno que diga la verdad –supongo que siquiera con minúscula—y a éste replicar que el Gobierno siempre la dice, por supuesto, aunque eso que dice pueda resultar incierto dada nuestra natural falibilidad. Por supuesto que los gobernados, ni en España ni en ninguna parte, creen a estas alturas en lo que dicen los políticos, hartos de pillarlos en renuncios y de comprender que –como sostuvo hace mucho me parece que fue Bernard Grasset–, puesto que en política importa más justificar que hacer, las palabras tienen en ella más importancia que las cosas. Hay quien ha llegado a decir que la ciencia del político no consiste tanto en la habilidad para contestar las preguntas incómodas sino en el arte de no dejar plantearlas al adversario impertinente, pero hay que reconocer que todo eso era más viable en una sociedad tradicional en la que la actividad política era prácticamente reservada, pues de ella no llegaba a los ciudadanos, y sólo con mucha dilación, más que un reflejo inevitablemente teñido por la intención del “medio”. Hoy día, cuando la tendencia imparable conduce a una política-espectáculo retransmitida al pueblo en tiempo real, la cosa tiene ya escaso sentido puesto que esa “mediación” es cada vez menor y el ciudadano-espectador se convierte en su propio intérprete. Escuchar en el Congreso esa exigencia de verdad debería ser, por eso, un escándalo que se atenúa apenas en la medida en que la inmensa mayoría de los receptores del mensaje anda convencida de antemano de que esa exigencia es mera retórica. El pintor Braque coloreaba ese cuadro por el revés restituyendo la obviedad de que la verdad existe y que lo único que se inventa es la mentira. ZP simplifica la cuestión diciendo que la verdad es lo que él dice por más que lo dicho pueda demostrarse falso. Elijan ustedes.

Es un escándalo que los políticos se acusen impunemente de mentirosos, y mayor si cabe el que supone admitir que en otros países (y suele citarse, con cierta ingenuidad, el ejemplo de los EEUU) la mentira sea causa fatal de ruina política para el mentiroso mientras que aquí es una especie de convención admitida que no merece mayor consideración que la que corresponde al desliz venial. Tierno llegó al extremo cínico de proclamar que los programas políticos estaban para no cumplirlos lo que consagraba el derecho al engaño al ciudadano. Muchos años después seguimos enredados en esa aporía que hace de la vida pública una timba o un mercadillo.

4 Comentarios

  1. Estos no dicen la verdad no con alicates. Viven de la mentira, de la media verdad, del camelo, del por-aquí-te-quiero-ver. No le pidan peras al olmo.

  2. Lamentablemente la Verdad es difícil y aparece tantas veces como subjetiva que no resulta fácil servirla si no es movido por una fe profunda, en lo que sea. En Política nunca hubo Verdad, en ninguna época, en casi ningún lugar. Lean la Historia y podrán comprobarlo.

  3. Si los políticos dijeran la Verdad durarían horas en el cargo. Ésa es la tesis maquivélica, que no es más que una excusa para mantenerse libres de la obligación moral. En este momento crítico, imagínense ustedes si cada cual tuviera que decir la verdad sobre el Faisán, el Gürtel, los Eres falsos, le patrimonio de Chaves…

  4. Bueno, no es fácil que los políticos digan la verdad , pero por lo menos cuando roban descaradamente se les podría sancionar y exigir que devolviesen lo robado, simplemente poniéndoles una multa algo mayor a lo robado.
    Besos a todos.

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