En una espléndida obra sobre Séneca, el latinista Francisco Socas –un andaluz en la tradición de nuestros insignes clasicistas contemporáneos—nos ha echado abajo la tradicional convención que unifica la imagen del gran filósofo en el busto de facciones trágicas que Orsini descubrió en el XVI, aquel de la guedeja revuelta y las facciones angulosas, la nariz audaz y la mirada penetrante que, quien más quien menos, reconocemos desde la adolescencia en las ilustraciones de nuestros libros de texto. Socas revela que la “vera efigie” de aquel romano cordobés no sería ésa sino otra, descubierta al filo del romanticismo, que aparece ensamblada por la nuca con el inconfundible busto de Sócrates, y que debemos al hiperrealismo del retratista romano, tan ajeno a “la idealidad tipificadora pero engañosa” de los retratos griegos: “Un hombre con pinta de carnicero o de picador de toros más que un filósofo enjuto y barbado”. ¡Otro adiós a la inocencia! Solemos imaginar indefectible y subjetivamente a todo personaje porque nuestra mente –un poco en el sentido que apuntó Heisenberg—resulta incapaz de entender lo que no visualiza, es decir, que, en fin de cuentas, la razón necesita para comprender de esa andadera que es la imagen. ¡Cuántas caras le habremos puesto a madame Bovary, cuántas a Pablo de Tarso! No hay quien nos desvíe del generoso retrato que Juan de la Cruz hizo de la doctora Teresa como, en tiempos modernos, no habrá quien nos haga ver otro Nerón –a pesar del retrato fidedigno de Suetonio–  que aquel al que pusieron caras inolvidables en el cine Peter Ustinov o Charles Laughton. No sabe Socas cuánto me cuesta ahora conciliarme con el nuevo rostro que “de frente hace un gesto como de melancolía exquisita, que de perfil se hace más adusto y solemne”. Si me lo creo es porque lo dice él.

 

Es raro disponer de testimonios como los que encierra el “Libro de Retratos” de Pacheco. Lo normal es aviárnosla con la primera impresión, siempre subjetiva, o con la insuperable propuesta icónica que nos imponen los “medios”. Como raro resulta también representarnos con fidelidad el pensamiento de un Séneca, si no es valiéndonos de una vivisección como la que nos ofrece el profesor Socas, descubridor de un Séneca plural que él, como quien desmonta una matrioska, va desvelándonos en sus figuras complementarias. Lean este libro magnífico a poco que estén interesados en comprobar la fragilidad de nuestras “idées reçues”.

1 Comentario

  1. Qué bonito texto! Y eso que yo no «»veía» a Séneca.Temo que no lo estudié bastante y que por azares de la vida mis libros de latín no me lo mostraron. Pero la reflexión sobre la importancia de la vista para concretizar nuestras imaginaciones es exacta.
    Un beso a todos.

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