Hemos asistido hace bien poco a la angustiosa odisea de ese español condenado a muerte en EEUU que, acusado de un, al parecer dudoso, triple asesinato, ha permanecido cinco lustros en prisión, más de tres de ellos recluido en el “corredor de la muerte”. La nueva sentencia, que manteniendo la acusación lo libera de la pena máxima a cambio de condenarlo a reclusión perpetua, empieza ser entrevista en amplios sectores de la opinión americana como la posible piedra miliar sobre la que, eventual y felizmente, podría erigirse la antigua demanda de la abolición de ese castigo salvaje. Demasiadas sombras nublan ya la memoria penal en ese país en el que son ya numerosos los casos en que, a posteriori, se ha logrado demostrar la inocencia de un buen puñado de infelices ejecutados en su día. Parece incluso que ni siquiera la presión psicológica ejercida por la barbarie terrorista que padece el planeta podrá mantener esa otra arcaica barbarie que es la venganza legal disfrazada de pena de muerte.

Otro caso escalofriante resuena estos días entre nosotros: la posible ejecución (¡pública y a espada!)  –pendiente ahora sólo del indulto gracioso del Príncipe Heredero de Arabia Saudí— de un condenado que, preso desde los trece años bajo la acusación de terrorismo, ha permanecido en la cárcel a la espera de su mayoría de edad (los 18 años) para subir al cadalso. Si Alá no lo remedia, pues, este adolescente desdichado  –se le acusa de haber delinquido ¡a los 10 años!– subirá al cadalso en la plaza pública para ofrecer al verdugo el cuello adulto alcanzado en la ergástula. ¡Criar pacientemente a un reo para liquidarlo en su día de un mandoble! Alguien tan sereno como Remy de Gourmont no se cansó de repetir la evidencia de que los partidarios del último suplicio son siempre más afines a los asesinos que a los que pelean por su abolición.

Claro que no es sólo en el infierno árabe (150 ejecutados en 2018) donde se mantiene la inmemorial infamia. En los propios EEUU proliferan las ejecuciones hasta el punto de que, según su propia prensa, su reflejo en la opinión pública comienza a eclipsarse, y en China, el país más ejecutor del mundo, la carnicería es tal que Amnistía Internacional ha celebrado el descenso registrado en 2018, año en el que “sólo” se liquidó, con un tiro en la nuca, a casi 700 personas.

Crimen legal, signo de barbarie, doble fracaso social, símbolo del terror, de la crueldad y del desprecio por la vida, dicen y repiten los espíritus más críticos. Más agudo, Camus la definía como “asesinato administrativo” y hasta llega a decir que la ejecución de un hombre es a la sociedad lo que el cáncer es al individuo.

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