Me llega un informe europeo realizado por la OMS sobre la Prevención del maltrato a personas mayores. Terrible. Baste con unos datos: casi treinta millones de ancianos (ojo, mayores de 65 años) sufren cada año agresiones y amenazas de muerte; cuatro millones han de padecer alguna forma de maltrato físico; y dos mil quinientas sucumben a manos de sus verdugos, por lo general sus propios familiares. Ni me detengo en los seis millones de víctimas que el Informe da por probado que soportan abusos económicos por parte de sus cuidadores o deudos, ni en ese extraño, espeluznante, millón de desgraciados sometidos a maltrato sexual (¡), en cualquier caso menos hirientes que la legión de viejos enfermos y demenciados que están a merced de lo que caiga. Una idea de Goethe se me quedó grabada hace muchos años, y venía a decir, más o menos, que la desgracia de la ancianidad consiste, en última instancia, en que el viejo ha perdido una de las prerrogativas principales del hombre, a saber, la de ser juzgados por sus iguales, es decir, la de verse reducido a una dependencia radical de quienes aún no han alcanzado esa edad crítica. Dice cosas conmovedoras e indignantes la OMS y entre ellas una demoledora: que esas pavorosas cifras no son sino la espuma de la tempestad, dado que una espesa barrera de silencio impide la denuncia de innumerables casos, dándose por probado que es más fácil y frecuente que el maltratador acabe confesando su crimen, que ver el maltratado denunciándolo. Estas sociedades tan sensibles a los derechos de las minorías activas, se pasan por el forro una tragedia infame sin tener en cuenta siquiera que algún día su rigor acabará alcanzándonos a todos, y parecen decididas a considerar a los mayores como una rémora sin derecho siquiera a la protección de sus derechos más elementales. Hemos invertido el modelo gerontocrático hasta hacer realidad el temible dictum de Rostand cuando, pensando como un biólogo, resumía que ser viejo es estar solo. Hoy diríamos que, más que estar solo es vivir como un perro.

Ya ni se molestan los magazines en sofocarnos con la imagen del anciano abandonado en vacaciones, apenas nos abruman con alguna que otra imagen del vapuleado por su cuidador sorprendida en la cámara oculta. Nos da igual, en el fondo, ese fracaso humillante de una vida en la que el utilitarismo ha dado buena cuenta de la dignidad. Hay mucho debajo de aquella idea de Goethe. Demasiado, probablemente, para nuestra falaz sensibilidad y para el pragmatismo productivista. Un viejo es alguien que “ya” no sirve. Eso es todo. Lo deciden, ni que decir tiene, los que todavía no lo son.

9 Comentarios

  1. Lacerante, gran culpa de muchos si no de todos, tragedia la más injusta, contra la parte más débil. Los datos parece increíbles si no fuera porque llevamo vistos muchos telediarios y en ellos escenas criminales, palizas a niños y a ancianos. Ante la pasividad de los poderes. ¿Cómo no controlan las residencias de ancianos por lo menos? Da miedo la vejez, aterra el desprecio.

  2. El Progreso ha traído la inversión del modelo social, pasando del valor de la experiencia como base del orden y la Justicia, al del dinamismo propio de los sectores más jóvenes. Nada que no produzca YA es respetado en la sociedad productivista. De ahí al crimen comentado no hábía más que un paso y ya se ha dado.

  3. Pobres ancianos, de venerados a víctimas en una sola generación. Culpa de los hijos pero también de la sociedad y, por supuesto, del poder. Esta es una de las cuestiones que hace tiempo obsesionan en países grandes y ricos como los Estados Unidos y es verdad que no se le ha encontrado solución hasta ahora. Pero de ahí al maltrato hay un abismo que no se puede tolerar pero que se consiente con la colaboración activa o pasiva de casi todos.

  4. Penosa historia, lamentable, de esas que echan por los suelos la condición humana, o mejor dicho, la condición social. (Le ruego que, por correo aparte, me remita dirección del informe comentado).

  5. Lleva razón, se trata de un verdadera escándalo moral ante el que todos somos un poco culpables. Hay noticias deplorables sobre el tema, pero estos datos son terribles. ¿Se ha perdido ya todo atisbo de compasión y de respeto? Nadie huibiera dicho a muchos de esos actuales ancianos que el único lugar en el mundo en el que podía esperar buen trato en su vejez sería un recinto sagrado. Es un privilegio de los consagrados. Vaya por tantas limitaciones…

  6. LLeva razón Ender cuando recuerda el fracaso de las «ciudades para ancianos» promovidas en USA en los años 60 y 70, que resultaorn un relativo fracaso. El amparo de la vejez sólo puede venir de la piedad filial y, en su defecto, del reconocimiento y protección de la sociedad a sus mayores. Cosa que hoy resulta casi impensable. Los datos que ofrece la columna hablan por sí solos y mucho me temo que se queden cortos, tal es la evidencia de que la mayoría de esas sevicias quedan sepultadas por el silencio del pobre y desvalido viejo.

  7. Es para echarse a llorar. Faltan leyes que protejan al desvalido y amparen al que ya dio todo su fruto a la sociedad. Aparte de leyes que obliguen con severidad a los descendientes a proteger a sus mayores. Esta sociedad cegada por el dinamismo de la juventud es bastante idiota pero sobre todo es muy cruel.

  8. Los pelos de punta. Hará falta mucha planificación y grandes dosis de suerte para lidiar lo más dignamente posible con esa almendra amarga final, como decía Gala. La cita de Goethe, impagable. Como el resto de comentarios.

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