Alguien me viene con el argumento tertuliano de que la negativa del Gobierno senegalés a aceptar el reenvío de inmigrantes ilegales no es más que un truco para elevar la contrapartida ofrecida por el español. La extorsión del invasor, vamos, el chantaje al que nos somete y somete a Europa una nación con poco que perder que ha descubierto un filón en el negocio de los cayucos: yo envío cayucos a Canarias, cada vez más cayucos, creo un problema insoluble en España y me niego, además, a readmitir a los ilegales hasta que el conspicuo perjudicado se ablande y suelte la guita. No está mal, como estrategia, después de todo, ni puede decirse que varíe esencialmente de la empleadas en las anteriores invasiones históricas, incluida ésa que solemos llamar de los bárbaros, cuya estrategia sabemos hoy que fue aproximadamente la descrita, al margen de ciertos episodios guerreros hoy también posibles pero, ciertamente, menos probables. La situación, en todo caso, viene a ser idéntica, a saber, la de un mundo abarrotado e indigente que sueña con mudarse al presunto paraíso que tiene enfrente y compartir su felicidad, pero en el caso actual hay que contar también con el hecho de que ha sido el paraíso el que ha tentado a los invasores proponiéndoles una ética de la solidaridad que, como es lógico, no está dispuesto a reconocer fuera del púlpito. Un continente de 780 millones de habitantes no sólo sabe que ha sido históricamente saqueado por ese mundo prodigioso que ahora puede ver por la tele sino que tiene noticia de que en él se predica una demagógica religión franca en virtud de la cual todos los hombres son iguales y a todos los asisten por igual unos derechos que los aborígenes no han reclamado sino que les han ofrecido desde la otra orilla. ¿Quién se resistiría a esa llamada, quién continuaría hambriento y comido de moscas en lugar de subirse a un cayuco y jugarse la vida en la ruleta del destino?

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Un profesor de filología española en Dakar, el Dr. Hajdi Amadou Ndoye hace una propuesta similar a la anterior y esgrime argumentos estremecedores que solamente puede desdeñar un idiota o un malvado. Para empezar, que el coste de la operación no es bajo: mil quinientos inmigrantes se han quedado en el trayecto entre Senegal y Canarias. Y luego, las razones, que son muchas, pero que se resumen en el hecho capital de que África no es aún de los africanos sino que sigue siendo un mundo ajeno en el que un país rico en cacao como Costa de Marfil debe aceptar los precios que marca París, los ciudadanos de la sexta potencia petrolera del planeta, que es Nigeria, han de agenciarse su gasolina robándola de las tuberías taladradas, los pescadores en la miseria ven como las compensaciones por el expolio de sus bancos van derechas al bolsillo de los oligarcas y los algodoneros han de competir con colegas subvencionados generosamente en USA o en Europa. Hajdi ofrece un dato definitivo: una vaca europea recibe dos euros diarios mientras que un africano medio vive con menos de uno. ¿Cómo resistir la tentación del viaje, cómo no sentirse legitimado por la leyenda ética de la solidaridad de Occidente? “El colonialismo se ha embellecido, se ha hecho más balsámico con sus discursos sobre derechos humanos, pero ¿dónde están esos derechos humanos?”, se pregunta el profesor senegalés. Vean como en África ha calado ya el mensaje, como actúa el ‘efecto llamada’ de la civilización. Son unos ilusos quienes creen que estos inmigrantes pretenden sólo escapar a la estepa helada, porque lo que quieren, en realidad, es plantar su viñita a orillas del Tíber. Occidente ha jugado fuerte desde su narcisismo utópico hasta que le ha estallado en las manos el amonal del humanitarismo. Por eso cien negros atados en un avión no son de recibo. Que Senegal quiera sacarle unas perras a la tragedia es otro cantar. Pero otro cantar cuya música y letra también le ha enseñado Occidente.

6 Comentarios

  1. Aparte de cómo le van a poner algunos maestros demagogos que frecuentan el blog le digo:

    Se olvida gm del chorreo indefinido de divisas que les supone a estos países la llegada de cada uno de sus emigrantes. Cada remesa de unos pocos euros es allí una cantidad importante de dinero que hace creer a los que la reciben y a sus amigos que esto es Jauja multiplicando de esta forma el ya importante efecto llamada.

    “que los algodoneros han de competir con colegas subvencionados generosamente en USA o en Europa”; pero que a la vez para sembrar el algodón o el lino, que nosotros pagamos a precio de tuerca, tienen que detraer el terreno para su cultivo al que se dedicaba a la producción de alimentos produciendo más escasez y la consiguiente subida de los precios.

  2. Un argumento de peso el de los dos dólares de la vaca, pero el porpio Doctor de Dákar reconoce el problema de las oligarquías rapaces que situó la descolonización donde antes estaban las empresas y los podres colonizadores. Mal arreglo tiene lo del dólar de ayuda, mientras no cambie –y nada permite esperar un cambio– la visión de Occidente, que es autista y ajena a los demás.

  3. “La leyenda de la solidaridad occidental”, el “narcisismo utópico” de Europa. Está bien que se denuncie con rigor este montaje, la falsedad de una ideología de prestigio que está más dirigida a manipular la “mala conciencia” occidental que a la propia conciencia tercermundista. A ésta le basta con encontrar un mendrugo y un sorbo de agua diarios. Gracias por llamar a las cosas por su nombre enb medio de esta ceremonia de la ficción en que actuamos todos, casi sin excpeción, todos cuantos vivimos con un puñado de dólares de sobra en el bolsillo después de vivir.

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