Una vez más el Informe PISA ha dado su aldabonazo en las puertas europeas. Se está convirtiendo este oráculo en un puntal de la mala conciencia civilizada que ve como las nuevas cohortes generacionales van derechas al agua, quiero decir al desastre educativo, persuadidas de la inutilidad del esfuerzo y la aspereza de la disciplina. Todos o casi todos tenemos algo que ver con esta crisis de la sensibilidad que está acarreando la ruina a las sociedades a fuerza de obstaculizar o destruir unos sistemas de socialización despojándolos de su capacidad sancionadora, y no es ningún secreto que estos lodos vienen de aquellos polvos sesentayochistas que, ciertamente, contribuyeron no poco a liberar a la sociedad de viejos hábitos mentales pero también a destruir esa capacidad pedagógica que resulta impensable sin el rodrigón del esfuerzo. Me parece, sin embargo, que el problema que plantea el estudiantado actual resulta inseparable de otros fracasos ligados todos ellos a la insensata quiebra del principio de autoridad que hace posible la ilusión de la autarquía juvenil. ¿Por qué mirar sólo a las aulas cuando el seísmo registrado en nuestra moral social tiene sus epicentros en la familia o en el “grupo pequeño”, afecta a la autoridad en todas sus manifestaciones y se expande en círculos concéntricos a partir de una idea crucial de permisividad frente a la que pocos recursos quedan al alcance del propio poder? Hoy sabemos que dos de cada diez jóvenes se emborrachan una vez al mes, que la estadística de agresiones “interfamiliares” crece desbocada, que el respeto colegial se ha esfumado de colegios e institutos, y es sobre ese ambiente general donde hay que proyectar las fallas que se detectan en el sistema educativo. Si se acaba perdiendo esta generación no va a ser sólo porque la docencia haya fallado sino porque las sociedades concernidas han renunciado al deber de magisterio cediendo terreno ante esa utopía de la autosuficiencia moral y ética de las jóvenes generaciones.

Estamos pagando y más que vamos a pagar, con usura, el precio de una educación sentimental que se ha demostrado prohibitiva en el marco de un mundo de abundancia, mientras algunos países asiáticos –en Corea la media de estudio diaria registrada es de diez horas—parecen tomar el relevo en la carrera civilizatoria. Y con la complicidad de un Poder que no ve ya el modo de interferir el grave proceso de degradación de una generación con tantas ventajas pero con tan malas perspectivas. Quizá nunca una juventud fue a un tiempo tan mimada como expuesta al fracaso. Lo que ella no sabe aún es que la factura de su rebeldía la estará aguardando a las puertas de su madurez.

3 Comentarios

  1. Sí, muy bien, todo lo que usted quiera, pero ya tiene usted ahí a los junteros otra vez proclamando que el estado de nuestra docencia es “estable”, que es como decir lo propio de un comatoso. Menos mal que el conse de turnio ha dicho que hay que apretar más, un poquito más, no demasiado, no sea que ese canse la basca u nos denuncie por mobbing. Esto no tiene arreglo, se lo digo yo, a no ser que venga alguien dispuestos a enfrentarse con muchos intereses creados.

  2. Cuando el Alcalde de Sevilla, es un ejemplo aplicable a muchos, proclamaba, ha algún tiempo, que los menores pudiesen votar, creo que aparte de perseguir votos, lógico, su(sus) cartel electoral, sería impactante: NIÑOS VOTADME QUE YO OS PROMETO MUCHAS VACACIONES.

  3. Si ustedes están mal , peor estamos en la Francia. Seguimos bajando en la lista y tambien aumenta la puntuación entre los buenos alumnos y los malos, entreles beaux quartiers y la banlieu.
    Beos a todos.

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