La espléndida victoria de España en el Mundial de fútbol está dando mucho juego a los escoliastas de los más diversos pelajes que han descubierto en la proeza deportiva el secreto del éxito, que no sería otro que el del grupo (el del “equipo”) actuando como un todo, algo así como un supraorganismo durkheimiano en el que resulta que el todo es más y mayor que la suma de las partes precisamente porque en su seno se ha conseguido eliminar la singularidad. La gente reclama un poco de sentido unitario frente a la ferocidad cotidiana y, por supuesto, un entrenador capaz de ajustar pieza con pieza según las circunstancias sin pararse en ninguna otra consideración que no sea el interés común. El profesor Chic, tan incansable estudioso como cibernatuta atento, me envía, creo que a propósito de lo mismo, el famoso reportaje televisivo en el que puede verse cómo un grupo de leones, a orillas de un río infectado de cocodrilos, se hace con un búfalo recental y cómo luego la manada de búfalos, rehecha de su primer soponcio, le planta cara a los predadores y le echa cojones a la cosa hasta conseguir el rescate de la presa, historia natural y sagrada, diría yo, que demuestra las enormes posibilidades de la unión –que, como sabemos, hace la fuerza— en cualquier grupo vivo que tenga que competir para seguir existiendo. “La Naturaleza es sabia –me dice mi amigo– y se mantiene gracias al equilibrio y no a la igualdad”. Bueno, pues así será, pero para quien acaba de tragarse el insufrible debatillo de la Nación, no resulta nada fácil asumir otra imagen que no sea la del enfrentamiento entre iguales, la de la ordalía inútil que reproduce en términos de caricatura la farsa medieval del combate entre los reyes para dirimir sin sangre la batalla. Es hermosa la imagen de los búfalos unidos como una piña mecánica, como un supraorganismo ya digo, movido más por la taxia implacable que por ninguna voluntad. La de nuestro Parlamento no es más que una instantánea de Babel.

 

Ninguna de esas bestias solidarias va a la pelea movida por el egoísmo sino por el instinto, que es la última panacea natural, simple y fiel mecanismo del colectivo y no resultado de ningún proceso elaborado en la conciencia. Y yo creo que ése es el humilde modelo casi irracional asumido por los nuestros en la cancha y el contramodelo de esa panda reflexiva blindada en su autismo personalista. A ningún jugador (ni a ningún búfalo, si pudiera) se le ocurre imponerse al grupo como a pocos políticos se le ocurriría sacrificarse por él. “Seguiré, me cueste lo que me cueste”, dice ZP, por ejemplo. Son absolutamente incapaces de entender que tanto la ganancia como el coste no son de ellos sino de los despojados del rebaño.

5 Comentarios

  1. Hoy debo estar cansada pporque me cuesta seguir todos los vericuetos de su razonamiento.
    L’union sacrée, la union hace la fuerza,el individuo que se sacrifica para el grupo…qué lejos estamos de eso, en una sociedad individualista y edonica!
    Un beso a todos.

  2. Además hemos tenido la suerte de que ZP no se la ha apropiado como hizo Videla con la de México.

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