Se suceden esta temporada desconcertantes titulares sobre la ancianidad. La escalofriante imagen de los ancianos “confinados” aporreando la puerta atrancada de su habitáculo en la “residencia”. La de otros, fallecidos y olvidados en sus lechos por sus cuidadores. La de los de más allá, atacados por una epidemia de sarna… Será ocultable la cifra pero no la enormidad de las muertes registradas en esas “residencias” durante la pandemia: muchas decenas de miles, en todo caso, según cálculos discretos. Cuando haya tiempo de echar cuentas, no se hallará mayor fracaso de esta gestión sanitaria que el silencioso holocausto perpetrado entre los mayores, ni mayor indiferencia que la demostrada por la sociedad ante semejante tragedia. Los viejos son una lata, qué duda cabe. Cicerón hace decir a Catón el Viejo que todos los hombres se desviven por alcanzar la vejez pero que, una vez lograda, todos la culpan y detestan. Entonces como ahora.

El hallazgo más grave que esta masacre nos ha ofrecido es la evidencia del abandono social de la “tercera edad”, el indignante camelo de aquellas “idílicas” (¡y prohibitivas!) “residencias” en las que lo acogidos soportan impotentes el imperio de los más jóvenes. ¿Cómo es posible que hasta ahora nadie hubiera caído en la cuenta de que esos centros no estaban medicalizados a pesar de la repetida experiencia de la mortandad anual provocada por las “gripes”? ¿Y cómo explicar que nadie haya ido a la cárcel, al menos de momento, entre los responsables de la famosa instrucción dada por la autoridad a los asilos de no dar a los ancianos contagiados otro remedio que la morfina eutanásica?

Entre el Platón que veía en la última edad un tesoro para la buena marcha de las sociedades y el Aristóteles que no apreció en ella más que una rémora, está claro que el futuro elegiría al último. ¿Que Sócrates trataba de aprender a tocar la lira en plena vejez? ¿Y qué? Hay pueblos originales que consensuadamente envían al moridero a sus ancianos y nadie se rasga las vestiduras más de lo que lo hacen nuestras civilizaciones contemporáneas. Entre nosotros acabamos de ver consternados a moribundos implorando la mano cordial de la enfermera en la hora póstuma y no hemos oído ni un triste pésame de la autoridad en última instancia responsable. A Sófocles lo acusó de senilidad uno de sus impacientes herederos y tuvo que recitarle la tragedia de Edipo a los jueces para desautorizar su desahucio vital. Hoy encontramos hijos semejantes a manojitos en esta sociedad paradójicamente tan envejecida que, dado el desmayo de índice de natalidad, ni siquiera puede ya garantizar su propia supervivencia. El darwinismo social ocultaba versiones tan desaprensivas y crueles que no hubiéramos podido ni imaginar cuando se empezó a hablar de él.

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