La Iglesia Anglicana está al borde del cisma. Con él amenaza la mayoría conservadora, casi toda ella africana, frente a la minoría episcopaliana y progresista que acaba de decidir por amplia mayoría la ordenación episcopal de las mujeres. Desde Moscú lamenta el Patriarcado ruso este “desgarro de la tradición” y desde Roma se habla de un “nuevo obstáculo” para el ecumenismo que trata de reunir a todas las iglesias cristianas en una sola, la única verdadera. Ya hace años, el papa Wojtila montó en cólera ante la ordenación sacerdotal de siete mujeres en Austria, Alemania y USA y ahora acaba de repetir la jugada el papa Ratzinger al enterarse de que una pretendida “obispa”, como diría la ministra Bibiana, ha ordenado por su cuenta y riesgo a otras dos mujeres en Saint Louis, a las que ha excomulgado de un decretazo. No tragan ni posiblemente tragarán en mucho tiempo los machos de las tribus tradicionales, a pesar de las crecientes pruebas –arqueológicas, según algunos—del papel desempeñado por la mujer en los primeros tiempos y, al menos, hasta el siglo VI, bien como diaconesa, ya como sacerdotisa, y no hablo de manera caprichosa porque, respecto a las primeras, tengo presente la mención de Febe por el Apóstol en Romanos (I, 16), y en cuanto a las segundas, el propio Plinio se refería a ellas como “ministrae”, es decir, en femenino, del mismo modo que otros textos nombraban a aquellas –entre las que hay que recordar a la tía Sabina de Juan Crisóstomo y a su amiga Olimpia– con el masculino “diakonos” pero, significativamente, precedido del artículo femenino. Se ha escrito mucho sobre si también puede hablarse de sacerdotisas en sentido propio, o más concretamente de “presbíteras”, y no necesariamente en el ámbito priscilianista oriental, pero la verdad parece ser que no hay rastro serio de semejantes oficios y órdenes a partir de la consagración romana de la Iglesia. Quedan pocos bobos que sigan creyendo, a estas alturas, en la pintoresca leyenda de Juan de Mailly sobre la papisa Juana.

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No cabe duda de que esta batalla por la equiparación religiosa entre los sexos constituye un pulso mucho más difícil que el que ha debido librarse para conseguir la igualdad de derechos laborales o políticos, pero también un debate de consecuencias tal vez incluso mayores, al menos en el nivel simbólico, entre otras razones porque el éxito en este nuevo desafío no cuenta con el respaldo activo de la mayoría social. Quizá a la larga, en todo caso, nada podrá acabar escapando a la referida equiparación, pero es poco probable, a juzgar por la inmensa mayoría de los indicios, que a corto plazo vaya a ceder ni la cohesionada mentalidad masculina de las jerarquías ni las propias bases de unas iglesias fuertemente ancladas en la tradición, como tal vez no podría ser de otra manera, para las cuales ese cambio supone una revolución inimaginable. Que ello suponga mantener el descrédito histórico de la hembra humana es cuestión aparte y que en poco afecta a la realidad, como lo demuestran esos millones de fieles y el millar largo de obispos y sacerdotes que amenazan con separarse del cuerpo anglicano tras la ordenación de esas obispos. Ni Roma ni Moscú son San Francisco, ni el Vaticano es el barrio de Chueca, evidentemente, al margen de que la rigidez mostrada por las jerarquías pueda constituir una dificultad añadida a las actuales tensiones ante o contra la religión que, acaso en España son hoy mayores que en ninguna parte, pero que no son exclusivas de ella. Todo se andará, no digo yo que no, y puede que acabemos viendo mujeres tonsuradas o luciendo mitras, pero nada indica que ese tiempo esté próximo, fuera de excepciones que confirman la regla, ni aquí ni en ninguna parte. La leyenda de Juana no tiene un final truculento, aparte de melodramático, por casualidad, sino por razones de lógica histórica. De una Historia que llega hasta hoy, por supuesto.

8 Comentarios

  1. Que la iglesia, todas las iglesias, van a paso de siglos, mientras el resto de la humanidad camina hoy por los senderos del silicio y los milisegundos, es algo incontrovertible. Que se lo pregunten a Galileo. Hay sus excepciones como Christina Odenberg, que es la obispo, a sus 68 años, de la diócesis de Lund en Suecia. Designada el 5 de junio de 1997 ha sido la primera mujer obispo en la historia de la Iglesia de Suecia. Sacerdotisas las hay a cientos. Claro que probablemente los escandinavos son unos marcianos que se rigen por órbitas planetarias distintas.

    Aquí, a lo más que hemos llegado, tengo entendido, es a que las sacristanas ayuden a misa. Todo se andará. Primero, por narices -testiculares, of course- no el actual Benito, pero sí alguien a quien se conocerá dentro de este siglo, si termina, dará la venia a los curas casados.

    Una servidora no va de profetisa, pero soy bastante esclava de la lógica.

  2. «Ces passives langueurs, ces transports hors de soi,
    Tous ces raffinements ne sont pas faits pour moi…
    O vous, contemplatifs de céleste origine,
    Et qui participez à la grandeur divine,
    Qui, par vos actes purs, simples et solennels,
    Vous mettez au-dessus du reste des mortels,
    Travaillez un peu moins à devenir tranquiles,
    Soyez moins glorieuz, et soyez plus utiles…
    Pour porter le secours et l`exemple en tout lieu,
    Descendez quelquefois de l`essence de Dieu,
    Avec des actions qui ressemblent aux nôtres,
    Et venez ici-bas faire comme les autres»

  3. Vade retro! No han querido seguir el razonamiento, don ja, amigo, pero usted ha cumplido como siempre. Haya libertad de conciencia.

  4. Pues siga Vd. el razonamiento o la profesía de su gurú curita de pueblo y demuestre lo lumbreras que es.

  5. A Madame Passiflora (disculpe la traducción algo recia pero estos versos del XVII son un tanto condenados):

    «Esta lánguida apatía, este arrebato fuera de sí,
    Toda esta sutileza no está hecha para mí
    Oh vosotros, de vida contemplativa y origen divino,
    Y aquellos que participan en su grandeza
    Quien, para vosotros actores puros, simples y solemnes
    Os colocáis bajo el resto de los mortales
    Trabajad menos, para llegar a ser comedidos,
    Sed menos vanidosos y haceros valer…
    Para llevar protección y ejemplo por todo el mundo
    Descended alguna vez a la esencia de Dios
    Con alguna acción que asemeje a las otros
    Y venid aquí, abajo, para obrar como los demás.»

    Esprit Fléchier (1632-1710). Oeuvres completes. París 1828, IX. Dialogue second sur le Quiétisme, págs. 258-259.

    Los versos de Esprit Fléchier expresan el cambio de rumbo en el seno de la Iglesia Occidental de finales del XVII. Frente a una etapa anterior especialmente a finales del siglo XVI y durante la primera mitad del XVII de místicos e iluminados con un papel relevante de la figuras femeninas (Santa Teresa como ejemplo entre tantas), se impone “una carga mas” del racionalismo utilista de las jerarquías que imponen una nueva concepción de la religión, que en los comienzos de los tiempos modernos adquieren un carácter de urgencia. Luchar contra el protestantismo, llevar el mensaje de Cristo a los nuevos territorios de Asia, África y América; en definitiva adaptarse a la mentalidad y a las nuevas necesidades del hombre occidental. ¿qué comparativa puede hacerse en estos tiempos hipermodernos de anticlericalismo de baja estofa? Juzguen Vds. JA ya dio algunas claves.
    Mis disculpas pero la herejía del Abate Marchena y la descortesía del Cura de Pueblo que me recordaba a la de un viejo amigo que tuve, me sacaron de mis casillas.
    Mis respetos D. JA. A sus pies Madame Passiflora.

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