Lo de las feministas radicales es de traca. No sólo porque osen llamar al orden a la Real Academia de la Lengua y calificar de “demencial” su criterio, sino por el hecho escandaloso de que haya tanta gente viviendo de ese cuento chino que es la defensa de la mujer presunta o realmente discriminada en un Estado cuyas Administraciones dedican tantas normas, tanto dinero y tanta propaganda a esa tarea. ¿Por qué hemos de gastar el escaso dinero público que tenemos en financiar los caprichos incluso cómicos –cómico es, desde luego, gastarlo en campañas para imponer términos como “marida” o “jóvena”—si ya el Estado en sus Presupuestos destina mucho dinero a financiar instituciones oficiales? ¿Qué hace una plataforma de apoyo a un lobby de mujeres existiendo Institutos y delegaciones de la Mujer amén de un fantasmagórico ministerio de Igualdad? No son ellas las que están haciendo el ridículo ni convirtiéndose en el hazmerreir de Europa, sino los políticos que las respaldan y mantienen en nuestro nombre y con nuestro dinero.

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