No es justa la fama de la toxina botulímica, ese activo veneno empleado desde hace tiempo en la restauración de las pieles avejentadas y, en ese sentido, fuente de una imaginaria eterna juventud. Es verdad que se ha usado y abusado de ella por parte de una clientela presumida y de unos profesionales poco discretos, pero los últimos informes anuncian que su aplicación en tratamientos sanitarios va mucho más allá del hasta ahora empleado por la cirugía estética. Una primera aplicación de la que tuve noticia fue la que ciertos oftalmólogos americanos descubrieron como remedio del estrabismo, al comprobar que su inyección corregía el mal posicionamiento de los ojos sin necesidad de recurrir a la cirugía, pero enseguida, siguiéndole el rastro, pude enterarme de que su utilización resultó también útil a otros supuestos neurológicos, tales como el tratamiento del blefaroespasmo o la tortícolis, así como en aquellos casos en que el inconveniente a corregir fuera el exceso de motricidad muscular de cualquier miembro o incluso en el control de los problemas de funcionamiento derivados de determinadas afecciones prostáticas. Hay remedios que acumulan mala fama igual que los hay que gozan de una inexplicable leyenda, pero en el caso de esta debatida toxina –recurso de ricos viejos empeñados en perpetuar la eterna juventud—parece que la investigación paciente ha logrado descubrir, como en tantos otros casos paradójicos de la Naturaleza, ocultas virtudes que la redimen de su mala reputación y nota, para convertirla en remedios espectaculares en beneficio del hombre. Es muy antigua la intuición humana de que en la médula del mal subyacen acaso milagrosos remedios y éste que nos ocupa es uno de ellos que poco a poco se va abriendo paso en la experiencia científica. El “botus” de los revistones sentimentales no es sólo el efímero remedio de las arrugas privilegiadas sino un remedio plurivalente acogido de buena gana por los expertos de muy diferentes ramas de la medicina. Celestina no tenía ni idea de lo que encerraba su famoso laboratorio. La civilización  avanza a contracorriente de la magia vulgar.

Hay bien sumergido en el mal como hay mal encastrado en el bien. Y esta lección que hoy nos da el “botus” me recuerda la idea de Proust de que solamente el mal nos permite, al excitar nuestra curiosidad y deseo de penetrarlo,  acabar comprendiendo unos mecanismos que, sin partir de él, nunca habríamos llegado a conocer. Hoy el “botus” nos remite a ciertas caras ajadas, mañana puede que estemos hablando de recursos clínicos que sólo él puede proporcionar. “Yo soy el espíritu que siempre niega”, dice ufano Mefistófeles a Fausto. Hasta el demonio puede resultar ingenuo si la ciencia se empeña.

7 Comentarios

  1. No me podía imaginar que el remedio de las carrozas ricas acabara siendo una medicina para tantas cosas. Pero es interesante eso de que hay bien escondido en el mal… y viceversa. El autor las deja caer como quien no quiere la cosa.

  2. Menos mal que sirve para algo aparte de ayudar a hacer el ridículo a tanta gente (rica). Pero me temo que estos pronósticos serán quizaás como otros muchos de los que se esperó tanto y al final hubo pocos resultados.

  3. Comprendo la desconfianza de Clara pero debo decirle que todo lo que se menciona en el artículo viene siendo estudiado hace tiempo y con resultados bastante positivos. De todas maneras me ha gustado esa llamada de atención sobre la presencia del Bien en el Mal y viceversa que aparte de la broma de jagm encierra un mensaje interesante. Hay un mercado de venenos funcionando por el mundo farmaindustrial, no le digo más, pero podría decírselo.

  4. ¿Ustedes no sabían que la estricnina es curativa? El caso del botus no es la excepción sino más bien la regla. Que los contrarios curan es sostenido en Medicina desde la Antigüedad.

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