Ando convencido de que en la médula de la condición humana actúa un activo factor milenarista. Quiero decir que desde el Apocalipsis llamado de Juan hasta nuestros días, pasando por Joaquim de Fiore o Campanella, la idea postrimera de que esto se acaba, de que el Mundo más o menos feliz sobre el que navegamos, tiene fecha de caducidad y, en consecuencia, que nosotros los vivientes tenemos los días contados, ha acompañado a la especie como la sombra al cuerpo. Un científico ha ilustrado, nada menos que en la revista “Nature”, esta sospecha mía con una figura sensacional: la que compara nuestro orbe, la Tierra en que vivimos, a una fragilísima taza de té al borde la mesa, es decir, en una situación límite más allá de la cual sólo queda el desastre. ¡Hay que joderse con el mono crédulo! Desde aquel Apocalipsis no han dejado de sucederse avisos tremendistas a lo largo de los siglos y a su difusión han contribuido, con probable lealtad intelectual, sabios como los mencionados o camelistas de fortuna como Nostradamus, por no hablar de los charlatanes innominados que nunca dejaron de predicar esa catástrofe final tan bien acogida por la muchedumbre. Ortega hizo su tesis doctoral sobre los presuntos terrores del año 1.000 (ocultada a cal y canto por su familia y su escuela) y Henry Focillon escribió un texto breve en el que sintetiza admirablemente el paso temeroso de aquella Europa adolescente sobre el inexistente abismo con que amenazaba el milenio, por no citar más que dos casos señeros, y no hace tanto que hubimos de pechar con las leyendas que anunciaban el Apocalipsis para el año 2.000 y luego para 2.011 del mismo modo que ahora aguardamos expectantes el plazo maya que se cumple este año. “Nature” anuncia un colapso irreversible e inminente que el hombre podría evitar aún corrigiendo su alocada actitud antiecologista, y ahí tienen el mensaje circulando por Internet como una sombra malhadada para evidenciar, una vez más, cuánta Edad Media subyace entre los entresijos de nuestro criterio postmoderno.

Nadie como Jean Delumeau ha devanado la madeja de estos pavores en el área de lo que llamamos Occidente, pero mucho me temo que las teorías tremendistas superen con mucho sus cuerdas conclusiones. La cuota irracional de “sapiens” aventaja por sistema a su retranca lógica y por eso mismo lo apocalíptico, a pesar de sus reiterados fracasos, tiene asegurado el éxito en el pantano de la credulidad humana. Ahí está la taza quebradiza expuesta a que el miedo, con sus negros argumentos, le dé el último empujón. A veces nuestras grandes referencias científicas, como “Nature”, emborronan sus vaticinios con la péndola arcaica de la melancolía.

1 Comentario

  1. Estas profecías no llegan a darme risa por la cantidad de panolis que se las tragan, a veces con consecuencias trágicas, pero sí me preocupa el calentamiento global, que ya nadie niega y que ha sido negado malévolamente por intereses espúreos.

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