En una ilustrativa alerta reciente, el corresponsal Juan Pedro Quiñonero, que bien conoce el paño, ha llamado la atención sobre el hecho de que ocho de cada diez franceses se manifiestan en los sondeos sumamente preocupados por la que llaman “decadencia” del país y expresan una inquieta conciencia ante el “declive” que perciben en la crónica real de la V República. Hasta ahí, normal, si se considera que esa percepción de la mediocridad de las actuales políticas afecta ya a una vasta opinión europea y americana, pero lo que ya no lo parece tanto es que la reacción casi unánime de los partidos en liza haya cifrado su esperanza de regeneración en el durante tanto tiempo execrado De Gaulle. Desde la vieja Derecha al exhausto PCF pasando por un PS irreconocible, parece haber consenso en torno a la memoria que el mítico y autoritario general, considerado ahora como el indiscutible referente de aquella “grandeur” con que él supo rearmar el imaginario político de la gran nación.

No faltarán, por descontado, quienes deduzcan de esas encuestas la evidencia de una regresión ideológica, en cierto modo ya entrevisible en la experiencia lepenista, o un daño colateral de la constelación de desgracias que incluye la crisis de la globalización junto a la catástrofe sanitaria mundial o el anunciado apocalipsis climatológico, pero personalmente sospecho una causa más familiar de ese “declive” en el desolador espectáculo que ha degradado la vida pública hasta niveles inimaginables lo mismo en Europa que al otro lado del Atlántico. ¡Ah, aquel planeta de los De Gaulle y los Willy Brandt, los Mitterand y los Berlinguer, los Kennedy y los Adenauer, contemplado a la luz quebrada de este ocaso en que apenas y en solitario alumbra la señora Merkel! ¿Cómo comparar la caterva española actual con los prohombres de la denostada Transición, a Sánchez con González, a Casado con Aznar, a Iglesias con Carrillo o al posibilismo ocasional de Cs con la imprevisible astucia de un Suárez?

Con excepciones tan raras como la ofrecida por Mario Draghi, estamos viviendo un tiempo crítico de segundones advenedizos o ignorantes espontáneos desde los EEUU de Biden a la Francia de Macron pasando por la morralla del populismo sudamericano o la degradación sanchista, que explicaría, no ya la nostalgia de un “héroe” tan discutible como De Gaulle sino, incluso, alucinaciones más temibles. Bien entendido que la crisis de esta política minúscula no es más que la espuma de la tempestad moral y cívica que vapulea a un mundo atrapado en la ilusión de un progreso desconcertante. Un Gobierno inhábil o un agresivo rastafari en el Congreso no pasan, después de todo, de ser males pasajeros. Lo fatal es la quiebra cultural e ideológica profunda que vivimos a nivel mundial y que nada expresa mejor que la jibarización del liderato planetario.

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