Para mí que nunca se liquidará la vieja porfía entre razón y fe, sobre todo en el ámbito cosmológico, del que ya sabemos tanto y tan poco. La última baza del racionalismo viene en el informe de un grupo de investigadores del Centro Astrofísico Harvard-Smithsoniano (CFA) que ha logrado cerrar la discusión en torno a la teoría de la “inflación cósmica” detectando ondas gravitacionales en el basurero de la energía fósil, y estableciendo que el “Big bang” se produjo hace 13.800 millones de años, ni uno más  ni uno menos, permítanme la broma. Todo esto que existe con nosotros dentro comenzó, a partir de ese “huevo cósmico” infinitamente contraído, con un zambombazo descomunal que parece que provocó que el universo se expandiera cien billones de billones de veces “en un abrir y cerrar de ojos”, un dato difícil de asumir pero que ha hecho cantar victoria a los inmanentistas y decir a mi querido Raúl del Pozo que hoy “la Ciencia convierte en redundante la figura de un creador”. Vale, pero ¿cómo se resuelve la cuestión de fondo, la exigencia ontológica, la pregunta de dónde y desde cuándo estaba donde fuera ese “huevo”, teniendo en cuenta que antes de su explosión no existían ni el espacio ni el tiempo, que son, como hoy sabemos, dimensiones imbricadas pero no eternas? Este pleito de los que se conforman con la evidencia científica parcial y quienes aspiran a una teoría capaz de dar cuenta lógica de la creación, me ha recordado siempre la disputa por la sombra del burro atribuida a Esopo y con la que Demóstenes, según quería Plutarco, le dio pan con queso a su distraído auditorio, desde la sospecha de que unos y otros habrán de acabar a palos entre ellos mientras su jumento termina escapando libre. Todo lo que sea prescindir de la evidencia del misterio nos dejará siempre, mucho más adelante quizá, pero anclados en la misma aporía.

 

A ver qué hacemos ahora que ya hemos trincado al bosón y descubierto las ondas gravitacionales con esa metáfora maravillosa de los cien billones de billones de veces en que instantáneamente se habría expandido el Todo “en un abrir y cerrar de ojos”. Personalmente me quedo con aquella insuperable que lanzó Einstein cuando afirmó que el universo era “finito, curvo e ilimitado”, acaso el mejor verso blanco de la poesía contemporánea. Los sabios amontonan a un  tiempo evidencias e incertidumbres. Lo que puede que no consigan nunca es encajar el misterio en una ecuación.

2 Comentarios

  1. En buenas fechas de triduos y ripios, dedicados tantas veces solo a esculturas, nos enfrenta usted al misterio.

    Oí la frase de Einstein en boca de un teólogo al que le exponía mis dudas. “El universo es finito -llevó el agua a su molino- y está rodeado por la infinitud del poder de Dios”.

    Lo que sí es cierto es que, de existir el creacionismo, poco tiene que ver con esas bandas de música con tricornios engalonados y levitas de guardarropía, con voces a los pateros y saetas mercenarias a tanto el jipío.

  2. Lástima nuestro silencio ante una columna como ésta que me atrevo a calificar de magnífica. ¿Estará todo el mundo de vacaciones anticipadas? ¿Nos encogerán el ánimo estos cambios de clima? Repito que la columna me parece de lo mejor de esta año. Paciencia, querido don ja.

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