El único tripulante vivo del avión que, hace 65 años, destruyó Hiroshima y Nagasaki ha declarado impertérrito que volvería a bombardearlas si se dieran las mismas circunstancias y de sus palabras me ha llamado la atención el testimonio de que sobre las ruinosas paredes de Nagasaki podía distinguirse “la sombra de la gente reducida a cenizas”. De mi infancia conservo yo también ese recuerdo – insistente leitmotiv que permaneció años en la prensa–, plasmado en la imagen de unas fantasmales bancas de escuela sobre cuyos adivinados pupitres podía distinguirse, en efecto, una especie de proyección de los cuerpos de las víctimas con cuyo ejemplo trataban de edificarnos en medio de aquel clima de difuso terror. Ningún espanto tan desconcertante en mi vida como el provocado por aquellas imágenes sobre las que dirimían un tremendo debate tirios y troyanos, alegando unos la superfluidad de tan espantoso holocausto, y los otros la lógica bélica que enfatizaba el ahorro de vidas que había supuesto la imprevista rendición de Japón. Aunque muy pronto he dicho ningún espanto, porque la verdad es que mi generación vivió durante más de un decenio bajo el espectro de un desarrollo armamentístico que pronto dio de sí la llamada “bomba H” y otros ingenios sucesivos a cada uno de los cuales la propaganda atribuía exponenciales aumentos de su capacidad destructiva. La gente de la Guerra Fría vivió sumergida en aquel escabeche que confería al miedo el inconfundible sabor de la incertidumbre, al menos hasta que, ya mayorcitos, Bertrand Rusell nos explicó que no había mejor garantía contra la guerra nuclear que la competencia imposible entre los dos gigantes: las armas resultaban ser el único disuasor. Pero nosotros, los niños de la postguerra, seguíamos viendo las sombras de la gente sobre pupitres y paredes, ignorantes todavía de que, por años que pasaran, la paz nunca lograría zafarse de la tragedia.

 

Estoy viendo aún aquellas estampas, escucho todavía los amedrentadores comentarios, las opiniones de los adultos cazadas al vuelo por el niño aterrado, el resplandor “como de mil soles” que derribó Hiroshima, los huracanes que decían los periódicos que habían arrasado el país abrasándolo con su lluvia radiactiva, los cuerpos aniquilados, las lágrimas perdidas, las porfías sobre el “ahorro” de vidas que, a pesar de todo, habría supuesto la doble masacre, las populares gafas de Truman, la leyenda del piloto edípico que se metió monje acosado por su conciencia. ¿Podrá escarmentar la Humanidad o esa hazaña no cuadra con su naturaleza? Oigo hablar al superviviente y crecen mis dudas. Es una tragedia que sólo el miedo mutuo pueda funcionar como garantía de paz.

8 Comentarios

  1. Me identifico con esos recuerdos. Así vivíamos los niños de la generación. No es extraño que hayamos salido torcidetes.

  2. Cada generación tiene su cruz y …algunos salen torcidos y otros, no se sabe porqué milagro rectos y enhiestos.
    Lo de Hiroshima no me alcanzó pero sé que, comparadas con las que tienen muchos paises hoy en día a disposición, la de Hiroshima era de juguete: éstas son muchísimo más potentes.
    Ps: estoy de acuerdo con don Max cuando dice que don José António desayuna leche de tigre: lleva una semana de infierno, con perdón…

  3. Remachando el bis de mi don Akela, (¿o doña?), creo que fue a MVMontalbán a quien leí que añoraba una bomba ‘pacífica’ que tuviera poder de castración sobre los machos de la raza humana.

    En pocos, menos de cien años, esta habría desaparecido de la corteza terrestre y los cervatillos ramonearían en los huecos de los ascensores invadidos por la yerba. Sería, creo, la única salvación del planetilla este errabundo, insignificante pero hermoso. No se mataría a nadie, salvo los últimos supervivientes -The Road- que lucharían a muerte por los últimos restos de agua potable y/o alimentos.

    . Multibesos a quien los quiera recibir.
    Un cofre de oro lleno de ellos para mi adorable doña Marthe.

  4. Buena,y lacerada memoria, la de don ja, con quien alguna vez he hablado del tema y por ello certifico que son ciertos esos extremos sentimentales que relata. Es estupendo que el mundo vaya poniéndose de parte de la temible acción americana, pues aunque yo desconozca el tema como para opinar como estratega, me parece indiscutible o casi que aquella decisión de Truman estaba tomada deesde que empezó la aventura de Los Alamos. Y por supuesto que los alemanes estuvieron a punto de conseguir a tiempo la bomba y que la hubieran utilizado. ¿No utilizaron hasta a los niños al final? La Humanidad tiene esa cara oscura, insensible, desmemoriada, quién sabe si un punto sádica. Qué le vamos a hacer los estupendos que insistimos en predicar un mundo simplemente bueno, ¿verdad doña Epi?

  5. ¿Usted no tiene vacaciones, buen hombre? Pos dágale al dire que se las ha ganado a pulso. Este año ha sido mi columnista favorito aunque decir esto en este blog me parece poco significativo. Me gustaría poderlo decir más fuerte.

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