Es curioso que las nuevas generaciones de sociólogos hayan construido su disciplina sobre la tabla rasa del olvido. No me refiero sólo a la ignorancia de la obra pionera del catedrático sevillano Sales y Ferré o al ninguneo a que se ha sometido la de don Adolfo Posada –sería curioso averiguar cuántos profesionales del ramo han leído a estos autores–, sino al hecho de que la sociología que va apareciendo a mediados de la Dictadura (con la aportación de Salustiano del Campo, Enrique Martín, Carlos Moya, José Cazorla, José María Maravall, Amando de Miguel y demás) estudia en EEUU o en Alemania y también en Francia o Inglaterra con los grandes maestros contemporáneos, por completo al margen de la obra fraguada en el exilio por estudiosos como Francisco Ayala, Recasens Siches o Eugenio Imaz, aquella generación perdida compuesta por los que el maestro Gómez Arboleya calificó de “sociólogos sin sociedad”.

Cuando Medina Echevarría nos visitó en el departamento de CC.PP. y Sociología de la Complutense, pudimos constatar con no poco desconcierto que ni uno de nosotros conocía las importantes obras de quien había contribuido decisivamente al prestigio del Colegio de México o había impreso su huella inconfundible a la espléndida Revista Mexicana de Sociología, una de las fuentes más ricas de que pudimos disponer luego las cohortes sucesoras. Medina había abierto el español a pensadores como Mannheim, Max Weber o Simmel pero, ciertamente, sólo para la perspectiva mexicana, pues aquí esta adquisición fue más bien tardía, pero su obra fue también un ejercicio amplísimo de análisis y de esfuerzo teórico, derivados, sin duda, de su experiencia en Marburgo pero continuada luego durante años.

Es curioso repasar el expediente de depuración que se le formó al exilarse, en el que se le consideraba pensador de “ideas extremistas disimuladas”, eso sí, durante su docencia como catedrático en la Universidad de Murcia, y se le calificaba como “protegido del Frente Popular”. Aquel trueno no era tal, como pudimos comprobar en su amable y discreto trato, sino el sabio incansable sin cuyo concurso la nueva cultura española –la de los años 60 y 70—no habría dispuesto del acervo teórico fundamental que editó el Fondo de Cultura Económica (FCE). Sólo por eso ya resultaría impropio considerarlo, como se ha venido haciendo, un sociólogo mexicano y no un miembro fantasma de la protosociología española. El exilio produjo estos espejismos y la mentalidad del periodo dictatorial hizo el resto. Recuerdo aquella tarde de su visita y la contenida tristeza que no pudo ocultar al comprobar como nuestra ignorancia de su obra prolongaba nuestra clásica y lamentable desmemoria.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.