Hace ya una pila de años –el tiempo vuela, más que corre–, siendo ministro de la cosa el polivalente Josep Borrell, reunió en el ministerio a un grupo de importantes hombres de empresa para decirles que no pagaran comisiones a la Administración. No cabía mayor demostración de que la Administración cobrara comisiones a los hombres de empresa a cambio de adjudicarles contratos cuyo coste final, presumiblemente, se vería incrementado y acabaría derivando el incremento hacia el pagano. Era aquel un tiempo en el que circulaba sin embozo la tesis de que pagar comisiones al extorsionador del despacho oficial no era malo sino todo lo contrario, en la medida en que tan sencillo sistema –por la cuenta que a todos le traía— aceleraba los trámites y jibarizaba las garantías. En la construcción del Ave, por ejemplo, siempre según la flamante sentencia de la Audiencia madrileña, se pagaron comisiones a la plana mayor de las finanzas del PSOE e incluso a alguno de los hombres más inmediatos del Presidente, y ha escrito el ponente de ese fallo, sin temblarle la mano, que “los concursantes habían asumido que fuere la empresa adjudicataria, también si su oferta era la mejor, tendría que satisfacer una comisión”, bizarra exigencia a la que “los concursantes se resignaban” (no se pierdan el verbo), ya que “el pago de la comisión formaba parte indisoluble del paquete junto con la realización de las obras o compras adjudicadas”. ¿Y por qué?, se preguntará el estupefacto peatón. Pues porque “las empresas aceptaban esta forma de financiación de los partidos políticos, que pudiera parecer reprochable desde el punto de vista ético social pero que, cuando ocurrieron los hechos enjuiciados era penalmente atípica”. Aquellos son los polvos que han traído estos lodos, contra los cuales han levantado su doliente voz los hombres de negocio relacionados con Marbella en protesta porque, aunque ahora sí constituya una conducta penal típica, esa práctica continúe en vigor. Cuesta imaginar una audacia mayor, pero no se apuren porque, al paso que llevamos, todo se andará.

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Tal vez lo más gracioso de todo este cuento sea el puntillo de honor que invocan los políticos y sus defensores cuando llega el caso, como en esta misma sentencia que entrevé en la desconfianza pública hacia los políticos “un pesimismo antropológico del más puro corte hobbesiano”. He ahí una vieja historia: los mismos que practican el desmán, lo justifican o cierran los ojos ante él, agudizan luego el treno para protestar por el perjuicio que la difusión de las tropelíasen la opinión pública acarrea a la imagen de la “clase”. Un escritor francés decía irónicamente que las sociedades suelen tener, tocante al punto de honor, la misma sensibilidad que los cornudos, y Diderot sostuvo que hay gentes y pueblos (creo recordar que él se refería a los rusos) que se pudren incluso antes de madurar. Pues puede, no diría yo que no, pero en vista de lo visto tengo para mí que el proceso de corrupción de un pueblo tiene menos que ver con sus inclinaciones esencialistas que con el tratamiento que la ciega Justicia se decida a aplicarle a los afectados. Desde luego, hay que ignorar la Historia a fondo para creer que el agio es un invento moderno, pero igualmente obvio resulta que la despreciable tolerancia triunfante en nuestra vertiginosa democracia han condicionado, no sólo el volumen y ritmo de la gangrena, sino toda una ideología de la que esta sentencia, picada de hilarante optimismo rousseauniano, constituye un admirable resumen. “Hay que presuponer –dice, por ejemplo— que quienes desempeñan cargos políticos importantes persiguen ante todo, descontadas las inevitables excepciones, la consecución del bien común”. Mirando hacia atrás sin ira y alrededor con desolación, esa profesión de fe resultaría grotesca si no fuera ridícula. Los ladrones somos gente honrada. Jardiel colgaría hoy el cartel de no hay billete. Incluso en el AVE.

1 Comentario

  1. Ayer la mayoría de diputados del Congreso perdieron la dignidad.

    ¿ Como es posible que el presidente Zapatero diga que comunicará al Parlamento la iniciación de conversaciones con ETA, – y se presente en una sala delante de los fotógrafos,- y no de periodistas-, prohiba las preguntas, y haga el comunicado que hizo ?.
    Sin plazos, sin propuestas concretas, y que “respetará la voluntad de lo que el Pueblo Vasco decida libremente” ¿

    Cada vez está más claro que no hay el más mínimo respeto por las reglas del juego.

    Es el resultado de una partitocracia sin verdadera separación de poderes, con esporádicas escenificaciones sin importancia para analfabetos de la Historia y de la política.

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