La sangre de un maestro

Alguien me envió desde el diario “Madrid” –por entonces cuna de nuestras vanguardias- el libro que acababa de publicar un joven profesor valenciano, Francisco Tomás y Valiente, por entonces creo que ya catedrático de Historia del Derecho. Desde su título, el “Derecho Penal de la Monarquía Absoluta”, la obra era tentadora y a un tiempo provocaba el desvío inherente a todo ensayo erudito como, sin duda, debía de ser aquel. Lo leí, sin embargo, de una sentada –recuerdo que en una escapada a los altos de El Escorial- anotando como un poseso tantas sugerencias y hallazgos como ofrecía su autor con la simple pero incontestable tesis de que es la apropiación del Derecho Penal el factor sociopolítico sobre el que fragua y cristaliza la monarquía absoluta frente al sistema medieval de la reparación o venganza privada. Enseguida vi que aquel joven era un sabio de muchos saberes que, como luego comprobaría, iban desde los fundamentos jurídicos clásicos a la realidad inquisitorial pasando por ese fenómeno esencial para entender la modernidad española que fue la desamortización, por no hablar de la figura del “valido”.

Con Tomás y Valiente –si se me permite, con Paco Tomás- no había distancias porque él las abolía de un amable trallazo con su expresiva proximidad y su rara sencillez. Nos encontramos repetidamente en cafés y terrazas madrileños y fue, desde luego, ese privilegio el que me permitió recensionar como pude aquel ensayo clave. Luego hablamos mucho sobre el siglo XVII y la dichosa figura del “valido” –él no coincidía del todo, en este punto, con mi ortodoxia maravalliana- y más tarde tuve oportunidad de coeditar su trabajo sobre la desamortización pero, sobre todo, recordaré siempre sus espeluznantes visiones de la tortura mientras esa bárbara práctica funcionó en España.

Una mañana de febrero del 96 me llamó con urgencia Víctor Márquez para anunciarme su asesinato: lo había ultimado ETA -¡con qué motivo, Dios santo!- disparándole en la cabeza mientras hablaba por teléfono en su despacho con el maestro Elías Díaz. Ha habido muchos crímenes sin sentido en esos años de plomo, pero ninguno me conmovió tanto como este atentado por entero gratuito. Su amigo Bartolomé Clavero ha escrito con detalle sobre esta tragedia lunática pero mucho me temo que ni su evidente confraternidad bastó para calibrar este crimen sin sentido. Resulta inconsolable la idea de que a Paco Tomás le arrebataran su segunda madurez, la que hubiera constituido, no tengo sobre ello la menor duda, uno de los grandes hitos del pensamiento histórico-jurídico español contemporáneo.

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