Releo la polémica den Engels en torno a la familia, sus diatribas contra las cábalas de Taylor, Bachofen y Morgan, sobre todo de éste, su fulminante y despectivo repudio del “factor religioso” que siempre actuó en esta materia, su condena de la herencia mosaica. Engels entendía que cuando la hembra se liberara de su función hogareña para incorporarse al trabajo público, llegaría su momento de auténtica esposa, de amante libre de un marido libremente elegido, y yo siempre he visto en eso una suerte de eco invertido de la Orestiada, es decir, del nuevo triunfo del derecho materno sobre el patriarcal. Son cosas mías, por supuesto, que se remueven con noticias que me llegan. Por ejemplo, la teoría de una revista fémina como “Brigitte” sostenedora de que una mujer no es lo que se dice una esposa propiamente dicha hasta que no ha tenido 250 amantes, que ya es tener, incluso para Jane Fonda, que no da de mano ni en la setentena. O esta otra que encuentro en un boletín sociológico: en la última década se produjo en Europa un divorcio cada 31 segundos, o sea, 15 por hora que equivalen a 2.761 diarios y más de un millón anuales, revolución que encabeza España, por cierto tras la aplicación de la ley del “divorcio exprés”. Parece claro, pues, que Engels no iba muy descaminado y que Clitemnestra no precisa ya de las feroces Erinias para hacer de su capa un sayo y de su sayo lo que le venga en gana. Me acuerdo de Orestes con pena pero más me desconcierta el debate episcopal surgido en Alemania –en vísperas de la visita papal—entre los obispos partidarios de reconciliar a los divorciados y aquellos que le oponen la fulminante doctrina expuesta por Mateos. ¿No sabrán esos monseñores que en su país se divorcia uno de cada tres matrimonios rurales y uno de cada dos urbanos? El arzobispo de Berlín propone, en medio del griterío, hallar una “vía media”. Vamos, que no se ha enterado ni por el forro de por dónde va la película.

El pensamiento, o mejor, la propia vida se muerde la cola, nos devuelve a Engels desde la postmodernidad rebotando en un integrismo poco dispuesto a facilitarle la papeleta a un Ratzinger rehén de varios compromisos, incluido el propio. Monseñor Zollist, arzobispo de Friburgo, acaba de exponer en “Die Zeit” el caso incómodo del presidente de la República, Christian Wulff, un democristiano divorciado y vuelto a casar al que se le niega la comunión. Qué barbaridad, dirían los viejos socioantropólogos. Desde el más absoluto desconcierto, la verdad es que muchos nos sumaríamos a ese coro insigne frente al que poco tienen que hacer estas batutas sin partitura.

6 Comentarios

  1. Hoy a las 10 de la noche nombran a mi amigo José Antonio hijo adoptivo de Valverde del Camino con gran disgusto de los chorizos que arruinaron el ayuntamiento.
    Para mí vale la pena ir porque se va a oír de todo.

  2. Columna sólida, éste no habla a humo se pajas de Marx y los clásicos como ven en El Mundo de hoy que hace Griñán. Faroles, los precisos. Fueron muchas tardes en Madrid y en París, querido don ja, para que ahora nos vengan nestos cuentistas con citas de solapa…

  3. No se encuentra hoy en la prensa diaria artículos con ese fondo cultural y yo lo agradezco como lector. Ahora bien, señor, ¿cree usted que muchos lectores sabrán quién es Orestes y quienes las Erinias? Usted hace muy bien (opino yo) en referirse a hechos culturales sin dar más detalles, esperando que el lector los conozca o los busque. Lo demás es seguir la corriente a esta cultureta que permite académicos como Cebrián y otros que ahora no me apetece nombrar.

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