La ambición partidista está degradando la política en toda su extensión pero en pocos ámbitos como en el municipal. El escandaloso transfugazo de Gibraleón, cínicamente respaldado por el principal partido, en lugar de dar paso a una reacción contra esa lepra de la democracia que es el comercio con el escaño, ha abierto la carrera del despropósito a ver quién llega antes y en mejor postura a las municipales que se avecinan. El enredo de Beas, tras la absurda actitud de su alcaldesa y el dontancredismo de su organización, promete prolongarse sin solución de continuidad en el nuevo desfalco ético que se prepara en Niebla y el que insinúa en el Cerro un alcalde que anuncia su disponibilidad en el mercado sin el menor escrúpulo. ¿Se puede aspirar así a un municipalismo profundo, cabe que sobre este batiburrillo se levante un movimiento local enérgico? Seguramente no, sobre todo porque el interés partidista supedita sin reservas el de los pueblos. El auge del transfuguismo ha alcanzado en un tiempo récord cotas incompatibles con el más mínimo sentido de la dignidad política.

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