Soy viejo seguidor de ese crítico insurrecto que es Arthur Danton, el que anunció el fin del arte desde el título de uno de sus libros, y nos habla en otro, mi predilecto, de “La transfiguración banal. Una filosofía del arte”. Danton es desde hace años mi Taine de bolsillo, el precursor de muchos discursos, que luego han hecho fortuna, sobre el camelo en que consiste básicamente el arte contemporáneo. En la Dogana de Venecia, tras la intervención del magnate François Pinault, hay que desviar la mirada de esas “performances” que buscan el efecto estético negándolo: por ejemplo, un cráneo en una vitrina, un caballo a buena altura con la cabeza empotrada en el muro, cosas así, ya saben, que nos hacen revolvernos contra el maestro Teodoro Adorno cuando calificó al Louvre como “un cementerio”. El clásico objeto del arte ha sido sustituido por cualquiera carente de sentido estético, y su valor, determinado no por la estimativa libre del espectador sino por el veredicto de los comisarios, la razón crítica ha sido ocupada por una teología, mejor, por un conjunto de dogmas defendidos por una excomunión reservada a los sumos pontífices. Un caballo empotrado en una pared, un orinal como el de Duchamps, un carton de embalar como el que Tapiès exhibe en el museo de Cuenca, son arte por decreto religioso de esa santa compaña que ya no nos exige “juzgar” sino “creer”. El objeto artístico queda transfigurado por la misma decisión del “creador” y desde ese momento, si usted no quiere pasar por un pardillo ha de considerarlo “significativo”. Aunque sea un orinal o un cartón de embalar. Es la nueva religión del arte en la que el “iniciado” ha de ser consagrado por los papas de galería.

En una ocasión un consejero de Cultura quiso quedar bien con la “vanguardia” a base de comprarle un cuadro a cada mandarín, y durante la visita a aquel aquelarre, como yo manifestara mi escepticismo sobre tanto mamarracho al tiempo que mi predilección por Velázquez, un joven apolíneo me replicó ufano: “Ah, sí, Velázquez…, eso está muy bien para las latas de carne de membrillo”. Hay bálsamos, no obstante. Dentro de poco parece que va a celebrarse una muestra de Carmen Laffón y en ella espero encontrar el bálsamo de la belleza íntegra, melancólicos paisajes a través de la ventana, un inefable ramo de mimosas o unas simbólicas flores muertas sobre el tapete, como las de Lotto. ¿Ya escampará? Temo que el arte no escape a la ley de lo efímero que concierne a todo lo humano.

11 Comentarios

  1. Las ‘performances’ hoy devenidas ya en ‘instalaciones’. Como quien mete el gas ciudad en casa o cambia los elementos del cuarto de baño.

    Jocosa y bien traída la anécdota de la lata de membrillo. (Se definía el membrillo al decirlo). No sé si me repito en la anécdota: Una tarde decidimos visitar el M. Thyssen. Había overbooking. Nos detuvimos en el cuadro del vestíbulo, la vista de la Carrera de San Jerónimo y el Paseo del Prado. Lo ‘machacamos’ total y pausadamente: el cortejo de carrozas, caballos y caballeros, chiquillos y perros, edificios, grupos de gentes… Al mirar el reloj había pasado una hora y juzgamos que nos habíamos ahorrado unos buenos peniques pues, saturados de belleza, no nos cabía ya más. Buscamos el aire otoñal de los madriles.

    Seguro que ante una instalación de las de ahora no es uno capaz de ‘extasiarse’ más de tres minutos so pena de sufrir un suicidio de neuronas.

  2. Lo que está claro es que los que compran no pagan con su dinero.
    Falta saber si van a pachas con el “artista”.

  3. De hecho, Sr. Akela, ya se conocen varios “casos” de inversión por parte de los mangantes. Roca el de Marbella no es el único en tener un miró en el baño.

  4. Este hombre ha denunciado ya muchas veces la estafa contemporánea. Como tantos otros. Pero no se hagan ilusiones porque la panurgada es grande y los estafadores tienen ancho campo por delante. Empezando por el apoyo oficial y por el de los grandes patrocinios. Esa es una batalla irracional que sabe que hay mercado para ella porque conoce la amplitud de la ignorancia y los mecanismos del “prestigio”.

  5. A mi me parece indecente que , con NUESTROS impuestos, compren esas porquerías. Es la fábula del rey que iba desnudo : nadie por esnobismo se atreve a decir que es una estafa.
    He ido a ver la expo de Tapiés a Bilbao, y lo mismo.: un timo clarísimo.
    Besos a todos.

  6. Sinceridad se llama eso, Mme. Marthe: un timo sin atenuantes. Pero cuídese mucho de repetir estas cosas en público porque las inquisiciones no han desaparecido de nuestras sociedades. He tenido ocasión de ver en Venecia el “capricho” de su compatriota y millonario Pinault y puedo asegurarle que la cosa es, en la ciudad de los Tintoretto, Bellini, Veronese y demás, para tragar cerillas (huy, Dios me perdone…).

  7. Pocas columnas como la de hoy. culta y audaz, valerosa. Está de más disputar con el Mercado pero son muy estimables las tomas de posición frente al fraude venga de donde venga. Enhorabuena.

  8. (Creo que el reloj de las entradas no ha corregido su horario) Al margen de lo cual, como m i compañero vecino de arriba, me quito el gorro ante esa cultura magna. Citar a Taine, amigos míos, es hoy raro en un periódico. Citarlo viniendo a cuento, mucha más raro todavía.

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