No acabo de entender la escandalera organizada por la ocurrencia de un psicólogo cognitivo de la Universidad Hebrea de Jerusalem, Benny Shanon, de que la aventura de Moisés en el Sinaí se explica solamente por el uso de psicótropos, concretamente por la eventual ingestión, por parte del profeta, de corteza de acacia, árbol frecuente en la zona y de conocidas propiedades alucinógenas. El argumento psicodélico ha resonado muchas veces sin gran éxito en torno a los grandes espirituales, empezando por el autor del Apocalipsis, del que se aventuró que habría escrito su obra bajo los efectos del lisérgico presente en cierta avena loca pródiga en Patmos, pero sin olvidar al propio Cristo, del que, sin encomendarse a Dios ni al diablo, como es natural, hubo una temporada en que se anduvo insistiendo en que habría utilizado ungüentos narcóticos para lograr sus prodigios. En cuanto al “hallazgo” de Shanon, tampoco es gran novedad porque es bien conocido de toda la vida el famoso pasaje de “Éxodo” (30, 22 y ss.) en el que Dios revela a Moisés la famosa “receta del perfumista” para hacer la unción sagrada y en la que, en efecto, se incluyen como ingredientes la acacia y la “caña de olor”, tradicionalmente identificada por algunos autores con el ‘cannabis’ de nuestros días. Es la vieja tentación materialista que propone alegremente “explicar” (Goldmann distinguía claramente entre “explicar” y “comprender”, no se olvide) la tradición sobrenatural en claves ordinarias, que poco tiene que ver con el esfuerzo deductivo de otros científicos por dar sentido material a ciertos contenidos míticos, tales como reducir la lluvia de fuego de Sodoma a la caída de un meteorito o el diluvio universal que recuerdan tantas mitologías al simple efecto de una desglaciación. Hace poco escuché en la ‘digital’ a un ufólogo convencido de que el carro de fuego que arrebató al profeta Elías no era más que un ovni y su subida al cielo una abducción corriente y moliente. Cualquier cosa, a este paso. El envés inconveniente de la sociedad medial acoge cualquier improvisación aventurera sin mayor preocupación hermenéutica.

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Nadie duda que en los misterios de Eléusis el milagro de la iluminación colectiva de los asistentes se debía a la bebida del “kykeón”, cuya virtud alucinante produciría la “epopteia” o visión suprema, como la llama Eliade, del mismo modo que, por descontado, la orgía dionisiaca debía ser el producto de fuertes estimulantes. Shanon reduce ahora a alucionaciones nada menos que la imagen de la Zarza Ardiente o la visión de Dios, quizá olvidando que en la Antigüedad ese tipo de prodigios cabe holgadamente en el imaginario colectivo. No hay más que seguir el ánimo de Eurípides cuando descubre la frenética orgía de las ménades –que hay que suponer potenciada por algo más que por el vino ritual–, recordar la fuente inagotable de vino que testimonia Diodoro, o los odres vacíos que, encerrados a cal y canto durante la noche, aparecen rebosantes por la mañana, según  cuenta Pausanias. Por lo demás, no encuentro justificada la razón de que el uso de drogas era habitual en los rituales hebreos, aunque ciertamente lo fue en otros muchos. A uno le da igual, no hay ni que decirlo, pero la verdad es que da la impresión que tenemos encima una tormenta iconoclasta, empeñada en echar abajo el complejo mitologema de los viejos tiempos a base de argumentaciones casi siempre improvisadas e indefectiblemente surgidas de la sugestión neomaterialista que contribuye a la desacralización del mundo propia de las sociedades industriales, que fura vaticinada por Weber y desarrollada por una impresionante nómina de fenomenólogos posteriores, con Paul Berger y Thomas Luckmann a la cabeza. Poco tiene que ver la inspiración científica con la ocurrencia oportunista, sin embargo. Hacer de Moisés un “narconauta”, como dice Escohotado, lo demuestra de sobra.

4 Comentarios

  1. Dos o tres veces me he embarcado en la ‘Historia…’ de Escohotado. Nunca alcancé muchas páginas en el intento.

    Sí recuerdo a un psiquiatra, bastante joven entonces, que probaba cuanto le caía a mano. Eran los ochenta, casi ná. Por él supe del ‘frijolito’, el mezcal, que las culturas precolombinas usaban (?) 1.500 años a.C. Al menos los hechiceros, los que siempre han cortado el bacalao. Lo confundía -yo- con el peyote, que no tenía nada que ver, este procedente de un cactus.

    Lo que está claro es que, igual que hoy las benzodiazepinas o los inhibidores de la recapatación de serotonina, todas las civilizaciones -otra vez el (?)- se han colocado y se han puesto más a gustito bien cuando vienen mal dadas o cuando se pretende pasárselo más en grande. ¿Quién no recuerda las extracciones de flechas en las pelis, tras un trago larguísimo de wisky?

    Ya se´, ya sé, que me van a venir los puristas a decirme que desbarro, que ese no es el tema de la lección de hoy, que otra disgresión y llaman al segurata para que me saque del aula. La desacralización. Pues miren por dónde yo no lo veo del todo mal. ¿Cuántos listillos se han lucrado del mitologema? Pues que aguanten su vela y soporten a los que hoy vienen diciendo que menos cuento, que menos rollo y más manteca al bollo. (Las nubes me han puesto muy borde).

    La mayor incorrección del mundo: autocitarse. Escribí ayer una pregunta y nadie la contestó. Ahí va de nuevo:

    “… Luego llegó otra imagen más milagrera (de la Santísima Virgen) -¿esto es culto de latría o pura y dura idolatría, mi don Páter?- ?- y sufrió una democión (dejando de ser la Patrona)…”

    No considero una barbaridad demoler ese barroco mental con que nos abrumó la religión (todas las religiones) aunque nos quede el vacío irrellenable de la duda.

  2. Para poner un poco de orden en mi mente debido a la lectura de la columna de hoy, -con tantas referencias mitológicas e historiográficas-, esta tarde tendré que dedicarle bastante tiempo a la enciclopedia.

    ¡¡Con las cosas que tengo pendiente!!

  3. 13:21
    No es citarse a si misma, doña, sino insistir en la pregunta no respondida.

    Sin ser yo nadie para responderla, me atrevo a decir que la virgolatría española no la entienden en ningún país católico con la probable excepción del Vaticano que tiene que barrer para adentro.

    Por lo demás estoy de acuerdo con casi todo lo expuesto más arriba por Vd.
    Las religiones, incluida la “verdadera”, han producido más guerras, persecuciones e injusticias que cualquier otra causa, incluida el agua.

  4. 13:23
    “o el diluvio universal que recuerdan tantas mitologías al simple efecto de una desglaciación.”
    De eso nada, Maestro, ni desglaciación ni milagro. Del diluvio universal se ha enterado todo el mundo menos los biólogos y los geólogos.

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