Cuando todavía era posible improvisar sueltos de mano sobre la pandemia, el busto parlante más cómicamente desacreditado de nuestra vida pública, Fernando Simón, especulaba por libre y sin acabar de pronunciarse sobre la, a su juicio, incierta posibilidad de una “segunda ola” que, en todo caso, de caernos encima, no parecía que fuera a tener mayores consecuencias. Como hace tiempo que no sigo a ese arúspice, ignoro lo que ha augurado en los sucesivos rebrotes del virus –¡y van cuatro!– y la jodienda de sus mutaciones, pero atendiendo a esa ministra seseante que nos ilustra diariamente en el telediario, tampoco parece que allá arriba, en el Poder, anden muy preocupados. El virus va y viene sin lógica aparente, aparece y se esfuma sin causas visibles, y cuando ya creíamos que el zafarrancho iba de paso –recuerden que hemos ido deslizándonos ya por la cómoda rampa de una incidencia acumulada inferior a los 100 sobre 1.000—resulta que hemos dado un triple mortal que nos ha colocado en la cabeza europea de los apestados. Había que leer estos días la prestigiosa prensa extranjera para ver hecha añicos la imagen de la habitual España amable de sol y playa.

He pasado unas semanas en primera línea de playa, en efecto, contemplando desde mi terraza cada atardecer, la inacabable recua de nuestra santa adolescencia, camino de la botellona, bolsa alcohólica en mano, y comprobando aquí y allá los improvisados oasis noctívagos atestados de jubilosas pandillas que respondían así a la desescalada que, tan temerariamente, se anuncia desde el propio Gobierno en función de su estrategia triunfalista. No creo, en todo caso, que la movida juvenil sea más ni menos lesiva que las aglomeraciones futboleras de estos días, auténticos contagiaderos móviles zascandileando por toda Europa con la anuencia, todo hay que decirlo, de una fantasmal autoridad europea.

De lo que no cabe duda alguna es que si la gestión de esta trágica crisis sanitaria ha resultado un desastre por todas partes -¡menos en China!-, en España se ha visto determinada por la obsesión continuista de un Gobierno inestable que, bien mirado, a ver por qué iba a ser más discreto y eficiente frente al virus de lo que lo ha sido frente al trágala separatista, a la pavorosa crisis económica o al descalabro laboral, escudado siempre en ese camelo populista de una imposible “cogobernanza”. Obligado por sus socios  a indultar a los golpistas y a soltar a los etarras más infames, ninguneado hasta el ridículo en la escena internacional y en pleno descrédito ante la opinión pública, que este Gobierno de pacotilla hubiera gestionado la hecatombe con mano firme y diestra hubiera sido un milagro. Y milagros, ya se sabe, los justos y ni uno más. En fin, carnívoros o veganos, que ésa es otra, administren sus mascarillas y sus geles, porque esta tragedia nacional tiene toda la pinta de ir para largo.

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