Parece que Inglaterra ha querido contribuir al festival de intimidades darwinianas que vivimos con la probación de una inquietante ley reguladora de la producción en laboratorio de embriones mixtos de hombre y otros animales. Se trataría de obtener material genético utilizable con fines benéficos, por supuesto, un poco en línea con el ya nada novedoso proyecto de clonar criaturas para aprovechar sus órganos o, simplemente, esas prodigiosas células-madre capaces de recrear en un pis pas el órgano averiado. Ni que decir tiene que las voces y clamores se han oído en el confín de la Tierra pero ahí está la nueva ley, viva aunque coleando, como una demostración más de que los avances científicos podrán retrasarse, pero al progreso general no hay quien lo pare. Naturalmente la noticia pone el pelo de punta con sólo imaginar el producto, pero no tendría por qué ser así en una cultura, como la humana en general, que bregó desde sus inicios con la visión teratológica y fue capaz de dedicar a la ilusión de la mezcla entre las especies algunos de sus mitos más brillantes. La antiquísima ilusión del “animal-mixto”, que goza de una fenomenal bibliografía, funcionó divinamente en las civilizaciones orientales antiguas así como en las mediterráneas que nos afectan de modo más directo, hasta el punto de que —más allá de las mofas sapienciales de un Luciano o de las irónicas de un Ovidio–, sirenas grifos, quimeras, dragones o pegasos camparon siempre entre nosotros como Pedro por su casa. Un viajero bastante objetivo como Pausanias no se corta a la hora de describir los tritones que se supone que vio con sus propios ojos, pero lo fundamental es la constancia en nuestra cultura de hombres-toro, pájaros-hombre, leones humanos y hasta hombres-cocodrilo, “realidades” incuestionadas durante siglos por muchas generaciones que parece que apuntaban a ciegas hacia un futuro cierto en el que otros hombres, operando desde un paradigma estrictamente racional, terminarían por dar en la tecla de la hibridación. Hay un libro fundamental sobre este tema que escribió hace treinta años Heinz Mode (“Animales fabulosos y demonios”) que explica muy bien esta admirable propensión humana que los imaginarios románico y gótico elevaron al paroxismo y que tanto irritaba al genio adusto de san Bernardo pero que fascinó a personajes tan diferentes como Ulises Aldrovandi o Atanasio Kirchner.
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La polémica está servida, pues, y no han de faltar los alegatos que machaquen sobre el viejo yunque del significado recordando que el carácter mixto del ser vivo presupone y simboliza la equivocidad esencial del monstruo, pero esta vez centrados más bien en la amenaza que supone ver transformarse poco a poco nuestros laboratorios en la isla del ‘doctor Moreau’. La propia ley británica limita con firmeza el uso de esos embriones, ni que decir tiene, pero se comprenderá que no es necesario ser fundamentalista para intranqulizarse ante el prodigio mismo y, por supuesto también, ante la eventualidad de una utilización de la nueva técnica que podría acarrear resultados inimaginables. No era ninguna ilusión, en definitiva, la visión de Horacio –el ser de cabeza humana y cerviz equina, de piel emplumada y cola de pez– anunciada en la hermosa leyenda homérica de las sirenas que tentaron a Ulises. Y eso, hay que admitirlo, sitúa a este mono prometeico en una perspectiva de riesgo indudable. Se ha dicho que, en definitiva, con estos pasos corremos que nos matamos hacia una visión recuperada de la indiscutible unidad de la vida, pero a un servidor, francamente, esa razón no lo libra de la alarma que produce ver cómo alguien hace trizas el ‘Génesis’ no sabemos si camino de otro ‘Deuteronomio’ o, directamente, de un ‘Apocalipsis’. Un zoo ha exhibido hace poco un ‘leopón’, mitad leopardo mitad leona. Estremece la mera idea de que vuelva a nuestras ferias, pero esta vez de verdad, el buhonero mostrando satisfecho la tragedia biológica de la mujer-pantera.

7 Comentarios

  1. El dicho es duro pero cierto: ‘en ciencia, si algo se puede hacer, seguro que alguien lo hará’. Tampoco es nada nuevo que el hombre ha ido hibridando a lo largo de la historia animales del mismo género. Ahí tienen la cabaña mular, hoy casi extinguida, los castellanos y los burdéganos, que luego duquesas y duquesos adornan con madroñeras para fardar un par de metros por encima del pueblo llano sobre sus carretelas en las ferias clasistas andaluzas que usted y yo sabemos.

    Luego no me negarán que la mitad de las variantes perrunas –fieras corrupias, miniaturas, etc..- no son sino mestizajes de razas, ahí tienen a los demenciales dóbermans, o a los yorkies de 200 gramos.

    Servidora tiene muy claro que en caso de necesidad no me importaría sobrevivir un decenio con un hígado de bonobo manipulado genéticamente o con el riñón de una gorila malhumorada. Total, ¿no hay tanta gente que parece directamente transplantada con cerebro de chimpancé o de mandril con almorranas? Je, je, por qué han pensado en el multiasesino del norte. Es que hay que ver como son algunos cobloggeros.

  2. 15:10
    Yo veo dos clases de híbridos: ios interespecíficos, caballo-burra, jilguero-canaria, y algunos más y los de la ingeniería genética, antes llamados quimera, creo yo.
    Pues yo me quedo con los menos nombrados, que son los híbridos de hombre-mujer, que unas veces salen híbridos, otras híbridas y otras, menos corrientes, salen otra cosa. Yo me quedo con las híbridas, aunque alguien, dentro de un rato, me llame homófobo.

  3. 21:30
    Interesante e inquietante noticia de la que nos habla José Antonio. Esa Ley aprobada puede ser una bomba.

    Los científicos no tienen la “culpa” de que le den esas “golosinas” en sus manos, son apasionados de su trabajo. Pero recuerden lo que pasó con la desintegración del átomo. ¿Para qué la utilizaron luego? Me da miedo todo esto. La mal llamada civilización está imparable.

    Hablando de otra cosa, ¿alguien sabe lo que le pasa a Marta Sicard? La hecho de menos.

  4. Doña Sicard avisó hace unos días que tenía problems con su proveedor de interné, mi doña Ateli.

    Había en Sevilla un grupo, una orquestina más bien de esas de ‘los pajaritos’ y ‘Paquito el chocolatero’, que se intitulaban “Los Incansables de Torreblanca”. Juro por mis ancestros que uno de ellos era minusválido. Pues se iba la gente, ensopados total, y allí seguían dale que te pego a la conga de Jalisco.

    Nosotros, nuestro ilustre ortóptero y una servidora -no nos falle usted, mi doñita- seguimos aquí en plan ‘no, no, no nos moverán’. Hasta mi don Páter hace sus rabonas. Mecachis.

  5. Qué pena, una oclumna tanm bonita y tan pocos comentarios. No sé qué ocurre en este blog, creo que lo rige una extraña ley que funciona a contracorriente de la lógica.

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