Resuena últimamente en la prensa americana (en este mismo diario nos trajo hace poco ese debate Javier Ansorena) la cada día más debilitada polémica sobre la legalización del hachis, esa planta legendaria que arrastra su fantasma desde el siglo IX nimbada de misterio a la sombra del “Viejo de la Montaña”, el mítico terrorista ismaelí que dio lugar a la palabra “asesino” derivándola fonéticamente de la pronunciación árabe de la voz “hachis”. No es nueva, desde luego, la tentadora oferta del “paraíso artificial” que en nuestro tiempo ha adquirido dimensiones colosales pero que es tan antigua como la ilusión de la felicidad. Aquí mismo en España, nada más acabar la Gran Guerra, Valle-Inclán idealizaba ya el ensueño psicodélico en los rubenianos versos de “La pipa de kif”, la imagen tentadora que invitaba al hombre a escapar de aquella tremenda realidad sobre la que, pasados los años, bromearían desde Georges Brassens a Sara Montiel pasando por la Libertad Lamarque que se enfrentó a Eva Perón.
Fue Jesús Aguirre quien, al comenzar los 70, nos trajo traducidos los ingenuos “protocolos” de Walter Benjamin que mostraban a los maestros de la Escuela de Francfurt reclinados amablemente en el diván, para que descubriéramos que la grifa no era un patrimonio exclusivo de los legionarios y los señoritos “perdis” que fueron famosos en la noche isabelina. Recuerdo que Benjamin decía a los sabios, más o menos, para explicar el colocón, que, tras el porro, el pensamiento seguía el mismo camino sólo que ahora se vería sembrado de rosas. Puro Sara, ¿a que sí?
Parece que, en todo caso, en Estados Unidos el negocio del hachis –Aguirre escribía “haschisch” motivado por la onomatopeya del estornudo— va viento en popa y hasta cotiza ya en Bolsa con las perspectivas más prometedoras, una vez superada por los consumidores la estrategia del “uso medicinal” por la de los “fines recreativos”. Y el inversor no le quita ojo al negocio tras conocer que, si el año pasado fue capaz de arramblar con más de 9.000 millones de dólares, los mánticos del consumo auguran que no pasarán diez años antes de que el beneficio arañe los 50.000 y el tinglado consecuente acoja ya a 300.000 trabajadores. ¿Ven que precario es el fundamento del cínico? Ha bastado con esa prometedora perspectiva para que el negocio nefando toque la campana en Wall Street y convoque a la “basca” al Este del Edén. No tardaremos mucho en comprender aquí también que las tentaciones cotizan en el mercado como cualquier mercancía. Por lo demás, ya saben lo que decía Paul Éluard: “Hay otros mundos, pero están en éste…”.

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