La cuestión de de la sensibilidad animal es una poderosa rama de la ciencia antigua y moderna. Plinio ya se fijó en aspectos notables de esa “otra vida” que conecta con la nuestra, con la fetén, en infinidad de casos. Intriga a los sabios –en este caso a unos de la universidad de California—la coincidencia de actitudes entre la fauna y “el rey de la Creación”, ese parecido emocional que conoce cualquier dueño de perro doméstico y que tanto se ha desarrollado en mano de los etólogos propiamente dichos como Lorenz, Thorpe, Gould y toda esa larga descendencia de las delicadas mirmicologías de Maeterlink hace poco puntualizadas rigurosamente por Hölldobler y Wilson. Los hombres tienen a admirarse cuando observan en el animal (no en el humano, sino en el otro) conductas que identifica con las propias, en general porque –como hacen los autores de este estudio californiano—creen ver en ese parecido una muestra de “inteligencia”, en lugar de ver en ella, como hacía Tinbergen, por ejemplo, una cara insospechada del “instinto”. Los sabios a que me refiero han “descubierto” que cierto pájaro local posee una inquietante sentido o sentimiento de la muerte que les lleva a reconocer al hermano difunto y a interpretar su estado como un peligro del que avisan a los demás. En fin, nada muy nuevo después de las desgarradoras escenas que todos hemos visto en la manada de elefantes, cuando uno de ellos muere y su madre o bien varios miembros tratan con desesperación de levantarlo durante días con inconfundibles manifestaciones de dolor. Pero ¿es eso “inteligencia” o puro “instinto”? ¿O acaso será que, después de todo, la inteligencia humana no es más que un caso particular del instinto común a todos los seres vivos? Ashley Montagu y Bertrand Rusell han acabado de enredar el tema conceptual, a mi entender, al tratar de aclararlo pero, a pesar de ello, no hay etólogo que no admita la unidad última de esa misteriosa fuerza que mueve la vida.

Subrayan los autores del estudio comentado que no sería más que presunción creernos los únicos animales capaces de lamentar la muerte, aunque pienso que esa borrosa intuición de la fatalidad no debe de ser demasiado diferente de ese sentimiento humano que Phillipe Ariès considera incapaz de entender la muerte propia aunque asuma la ajena, la “mort d’autrui”. Nos cuesta reconocernos en la fauna más allá de todas las evidencias.

9 Comentarios

  1. Churchill recomendaba a quien pretendía contar com amikstades fieles en Londres: “Cómprese un perro”.

  2. Hay muchas evidencias de la sentimentalidad animal, de sus afectos, dxe sus códigos. Esimo resbaladiza e inteligencia e instinto, pero por la bibliografí que alega veo que sabe de lo que habla. De sobra y con fundamento.

  3. Mi duda no es si el animal se rige por el instinto sin inteligencia, sino la contrarias, queiro decri, si el hombre se rige por el instinto más que por la inteligencia. ¿Por qué no nos aclara, auqne sea sucintamente la diferencia que han establecidos esos prohombres que usted cita?

  4. Asunto resbaladizo, conceptualmente creo que insoluble. Es obvio que un mono no hará un reloj, pero ¿sería capaz de hombre “sapiens” de desarrollar estrategias como las que emplean los lobos o los perros del desierto?

  5. Hace tiempo que se conoce la reacción de los animales, de algunos, ante la muerte, como hace tiempo que se ha explicado la razón por la que entierran sus excrementos. El tema de hoy es interesantísimo y el autor me libera de recomendar bibliografía porque ya la da la columna. Olvidamos con demasiada frecuencia que nosotros somos también animales, y nos fascina la ilusión de que somos la única especie con eso que se llama “inteligencia”. Creo que don ja está de acuerdo conmigo hace muchos años en que nhabría mucho que hablar, más incluso de lo mucho que ya se ha hablado.

  6. Tal vez la muerte es incomprensible siempre, e inaceptable psíquicamente la propia. ¿Por qué iban a reaccionar ante ella los “otros” animales si tan buenos y abnegados padres son y tantas muestras dan de solidaridad entre ellos?n Somos un animal estupendo: el único capaz de decirlo.

  7. Tela demasiado fina para cortarla, pero fascinante tejido. La etología es una parte de la antropoolgía.

  8. Desde Plinio a los “bestiarios” medievales se ha especulado mucho con la inteligencia animal. Los fabulistas han jugado con ella en tono de ficción, pero no han faltado muchos pensadores que ven en ella algo parecido a la realidad de ese concepto. GM ofrece una bibliografía sucinta pero preciosa para quien quiera comprobarlo.

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