En una divertidísima crónica que nos envía desde Manhattan Carlos Fresneda nos enteramos de que la psiquiatría perruna ha decidido “humanizar” sin reservas la terapéutica tradicional incluyendo la magia de la flouxetina, o séase, del famoso ‘Prozac’, en el tratamiento de las depresiones caninas y gatunas. Lo ha hecho así al convencerse de que no sólo los estados de visible ansiedad mostrados por muchos animales solitarios, sino también su eventual agresividad inmotivada con sus propios benefactores, respondían a los mismos motivos que determinan la enfermedad humana, razón por la cual tenía lógica plena aplicar a esas especies los remedios que tenían probada su eficacia con la nuestra. Hace años tenía yo un perro fiel que calmaba sus gemidos de madrugada sólo cuando acertaba a darle la mano, una experiencia que me descubrió la cercanía que aproxima a todos los sueños y, en consecuencia inevitable, el parentesco emocional existente entre el psiquismo de las diversas especies, por debajo de la opacidad que a las otras impone la ausencia de la palabra. Tiene plena lógica que los animales se depriman y razón sobrada la que sugiere que a males iguales se apliquen iguales remedios, planteamiento tras el cual han conseguido los etólogos recuperar de un orangután anulado sexualmente por la depresión o frenar las “explosiones emocionales” de una gorila paciente de sus trastornos menstruales. Mis amigos perdiceros administran aspirinas y antibióticos a sus reclamos con un tacto que envidiaría el granatario y se cuenta –aunque con muchas posibilidades de que se trate de un apócrifo—que hubo una mimada ‘starlet’ holliwodense que hizo visitar a su boa durante años por un afamado médico. Puede que sea cosa de reconocer de una vez que la depresión no es sólo una dolencia de políticos cesados, toreros con pájara o amas de casa infravaloradas sino un síndrome que concierne a todo el reino animal, y de modo llamativo, como es bien sabido, a los policías municipales.
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Nada que objetar, por supuesto, al desvivimiento de esos dueños esclavizados por sus mascotas que, según afirma la ciencia, tendrían, en general, una salud más precaria que la media, sería fumadores más compulsivos y más proclives al sobrepeso que los que carecen de su compañía. Quien más quien menos hemos pasado por la piedra de algún avispado albéitar que nos ha cobrado un riñón por analizarle la creatitina en el suyo a nuestro amigo ladrador, y hasta hemos elegido con esmero esos alimentos recomendados que las malas lenguas sugieren que les gustan tanto a nuestros bichos porque contienen sigilosos adictivos que los encadenan con cepo invisible. Lo único objetable tal vez pudiera ser el contraste entre la diligencia con que cuidamos a esas mascotas y la relativa indiferencia con que vemos abismarse, con tanta frecuencia, a esos niños, ancianos o enfermos que han de soportar a pelo la tristeza de su soledad, sin fluoxitina que valga y menos sin la mano consoladora. Cuenta Fresneda que el veterinario recurre en USA con frecuencia, junto a la administración de la píldora, a terapias de conducta, y que con esa terapia mixta ha conseguido fenomenales resultados hasta convertir el uso de antidepresivos en algo común entre los afortunados animales de compañía. Al margen quedan, al parecer, los osos cautivos, inconsolables y neuróticos sin remedio en sus zoos de cristal, reactivos al remedio como si de enfermos rebeldes se tratara, como si no la conducta obsesiva fuera, además de un síntoma morboso, una forma de protesta por la pérdida de su libertad. La crónica lejana me ha devuelto a la más próxima realidad y me he preguntado con cierta angustia la razón por la que el malestar del hermano perro pueda conmovernos más que el chiquillo estabulado en su ‘parque’ o el abuelo olvidado.

16 Comentarios

  1. Pregunta ayer doña Sicard qué fueron los «picos pardos» de los que aún habla la locución «ir de picos pardos». Pues don nja lo dice claramente: era el vestido discrimninatrio que se impuso a las prostitutas para disitnguiorlas de las «mujeres decentes», y que consistía en «tocas azafranadas», se ha dicho. También se habla coloquialmente de «paño pardo». Eso se refiere al hábito frailuno en general y concierhe a la crítica al exceso de clero regular en España en siglos pasados. Un plaisir, madame Sicard.

  2. Pepe Griyo
    17:50
    Sin entrar en el lado humano de la depresión, solitaria o no, me atrevo a describirles el dilema existencial canino que también puede ser desencadenante de sus depresiones:

    Los perros domésticos no saben si ellos son unos humanos bajitos que gatean o nosotros unos perros grandotes que gustan andar sobre dos patas y que siempre se comen lo mejor.

    Muchas veces aciertan…

  3. Me parece muy bien que sean ustedes tan buenos, pero en lo único que doy la razón a este señor es cuando dice que mucho perro y muhco gato y los viejos y los niños tirados en un rincón.

  4. Genial lo de los policías municupales, pero como doña Sicard no lo vfa entender se lo explicaré gustoso: mire, doña, resulta que aquí cuando los polis de ayuntamiento no quieren trabajar o quieren más paga o más vacaciones y se resiste el alcalde, van al médico y éste los da de baja en masa –hablamos del 90, 95 por ciento de la plantilla, en varios casos ya registrados– natiralmente con el apoyo de los sindicatos. Aparte de eso, se comprende que se depriman ya hasta los gatos, jefe, con la que esta cayendo y la que va a caer.

  5. Me parece muy bien que sean ustedes tan buenos, pero en lo único que doy la razón a este señor es cuando dice que mucho perro y muhco gato y los viejos y los niños tirados en un rincón. En lo demás, querido don ja, conforme a tope: tartamos mejor a los irracionales que a nuestra especie. El de Asís, decididamente, nació con 7 siglos de adelanto.

  6. Noten que el animal de compañía es viejo tema de la clase dominante, pues en la otra (u otras) el animal no acompaña sino que protege, ayuda, etc. Vean perritos y gatitos en la pintura, eobre todo en la barroca y siguientes escuelas: dicen de sus amos, es decir, de sus épocas, mucho más que tratados abiertos.

  7. Me devuelven al blog con este tema que me toca de cerca, tras meses de silencio aunque atenta observación y afecto para todos los blogueros. Hoy sólo diré estas rarezas son signo d eprogreso moral pero también, en lo que tienen de excesos, nota de extravagancia, como jagm se encarga de hacer notar entre líneas. Gatos y perros, pájaros, nos humanizan, lo malo es que nos vuelvan bobos.

  8. El maestro toca en dos claves, como debe ser, la de fa y la de sol. Por una parte apunta la tocata bioquímica: sin empirismos, hoy sabemos que la fluoxetina y toda su cohorte permiten una mayor tasa de serotonina circulante en sangre. Nada de magia. Con ello se actúa a nivel fisiológico en uno de los mecanismos, ya archiconocido, que inciden en la depresión. El resto es coser y cantar: se pesa -o se calcula el peso- del bicho y se le aplica la dosis correcta. Juro por Hipócrates haber tenido entre mi pacientela a algún animal y haber actuado en bien de su salud, conforme a mi ciencia y arte. (No indico género ni especie).

    El por qué se deprime el bicho -vuelve el secreto profesional a sellar mi énter- es ciencia ya que dejo al mayor saber y entender de otros menos lerdos que esta vieja chiflada que os castiga desde el blog a diario.

    Mientras el maestro marca los acordes con una mano, ¿la izquierda?, con la otra garabatea la melodía que parece guiar a muchos: ¿Descuidamos el amor, la cháritas, a nuestros semejantes más desafortunados -el moro de la patera, el indio latino del altiplano- para derrocharlo en la bestezuela que nos da compaña y nos muestra su afecto, afecto agradecido, que no gratuito?

    Me temo que también lo hace con la misma mano. Así como nos maravillamos de esos artesanos que utilizan ambas extremidades superiores con igual destreza, llamándoles con elogio ambidiestros, creo que el Anfi que pacientemente nos pastorea merece dignamente ser llamado ambizurdo. ¿O no?

  9. Doña Epi, joder, qué chamulla tan rara me gasta, a mi lo que gusta de lo de hoy es lo de los perros depres y los gatos con el muermo, que me gustaría a mí que trataran en mi casa como tratan a una perra que encima tengo que sacar dos veces al día. Odio a los bichos, colegas, y creo que no hay derecho.

  10. Retrato animado y fiel de esta sociedad enferma. Siempre hubo peros y gatos –desde el Neolítico en adelante–, nunca privilegios para ellos más que en casas regidas por locos o locas. En Roma ya había perritos tiranos, en el Renacimiento, en el boudoir de la dama del siglo de las luces… Lo que nunca hubo, que yo supiera, era bichos deprimidos. El contraste de este hiperhumanismo que se ocupa de animar a los bichillos depre y la dureza de esta sociedad está perfectamente recogido por gm.

  11. Recuerdo tu perro, amigo ja, y tu recordarás el mío de entonces. Tú y yo nunca hemos estado tan chiflados, cierto es, pero reconozcamos que hicimos (ambos) bastantes sacrificios por nuestros amigos. Una vez me contaste que lloraste a su muerte. Lo comprendí cuando me tocó lorar a mi, ya aquí en París, donde el pobre animal jamás se adaptó.

  12. 20:25
    Hoy te entiendo Zumbao ¿Quién te iba a sacar dos veces al día? Y si además te lo haces cada vez que te sacan…

  13. La vieja cuestión del trato «excesivo» a los animales, cuestión que rechazamos por instinto los dueños de mascotas, pero que resulta imposible soslayar cuando se plantea del modo discreto y cargado de razón que emplea jagm. Hay mucho exceso en esas «perras vidas», desde peluquerías a alimentaciones especiales pasando por una medicina tan humanitaria como muchas veces cuentista. Muchas personas querrían siquiera las migajas de esos «amigos» del hombre y se conformarían con ellas. Es lógico que haya quien se escandalice.

  14. De ahorcar perros a llevarlos a la pelu hay un trecho largo, parece que no somos capaces de encontrar nunca el término justo entre los dos extremos. Aquí se cuelgan perros cuando resultan inservibles –como sabe todo el que se haya asomado al negocio de las galguerías– pero se gasta una suma prohibitiva en mantener, cuidare, lavar, peinar, medicinar, etc. a sus hermanos o primos.

  15. No me convencen. Demasiada hambre humana, demasiados niños abandonados, demasiado padre angustiado… No me convencen los humanitaristas del perro que transigen con la miseria del hombre. Esperaba mayor dureza de gm.

  16. Vaya, don Ja y don Griyo, me he reido de lo lindo. Pero desde luego los humanos siempre nos estamos pasando: o abandonamos y arrinconamos o sobre atendemos.

    Dice mi amiga francesa, que comprende el español pero no lo escribe, que les salude a todos y les diga que le gustaría tener un blog tan culto y gracioso aquí en Francia.

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