Me llama un jaulero empedernido. Está desolado porque este año de aguas y yerbas altas no le entran pájaros en el puesto. Hasta me dice, lamentando la tragedia, que la perdiz roja, nuestra perdiz brava de toda la vida, se está perdiendo a chorros, que los reclamos se desgañitan sin que el campo les conteste, que aquellas que de antiguo reventaban en la lejanía al primer desafío, merodean ahora alrededor de la plaza desinteresadas, como si la defensa del territorio no les incumbiera ya. ¿Qué está pasando en nuestros montes, qué revoluciones está viviendo la fauna que puede acabar con especies tan señaladas? El embajador Cuenca, escritor y jaulero, me explica que las causas van desde el fin de la agricultura que pregonaba el pobre Ignacio Vázquez Parladé, hasta el envenenamiento causados por los pesticidas, pasando por el progreso de los grandes depredadores como el jabalí y el zorro, que son el fruto fatal de la tierra baldía. La perdiz roja se acaba –me dicen mis dos informantes—esquilmada por esos dos grandes enemigos que son el dinero y el coche, por el hecho de que en las fincas de Sierra Morena, por ejemplo, quienes la cazan no sean ya los serranos sino los señoritos domingueros que la pagan a tanto por pieza. Y encima porque la siembra de “perdices bobas” criadas en las granjas anda desnaturalizándola al mezclar con la suya mansueta la sangre bravía. ¡El enemigo es el dinero! La perdiz es una raza territorial que se cría y muere en un radio de un kilómetro, una especie que no contaba ni con la invasión, ni con el veneno ni con el mestizaje, y que ahora no sabe qué hacer frente a tanta concurrencia. La estampa del jaulero madrugador –ese amante del campo, el “insigne inválido” del que hablaba Delibes–, con su escopeta y su tollo a cuestas, es otra especie en extinción a la que ya el Seprona no le permite ni machetear los jarales para camuflar sus puestos. Una ruina. Pero la gran revolución se está produciendo en el genoma y los cazadores lo saben. Con el dinero no hay quien pueda.

 

Dicen que la caza se ha convertido en un recurso eminente para los explotadores agrarios. Lo que no dicen es que para que ello sea posible se le está dando al cliente gato por liebre y se está tachando una especie con mano decidida del nomenclátor de Noé: la de la perdiz roja. Aparte de que hubo fincones que daban mil quinientas perdices y ahora apenas llegan a dar tres docenas. Lo mismo que ha desaparecido el zorzal o que la tórtola turca está desplazando por doquier a la autóctona que toda la vida arrulló al atardecer en nuestros pinares. El hombre es un demiurgo peligroso. Sobre todo cuando le sobra el dinero.

11 Comentarios

  1. Nunca he llegado a ocmprender ese ramalazo tuyo campesino, teniendo en cuenta que vivimos en la ciudad desde casi adolescentes, tanto tú como yo. Pero me encanta el dominio que tienes de ese recuerdo, el manejo del lenguaje y de los paisajes, es estupendo. Lo que no te imagono es con una escopeta en la mano…

  2. Preciosa columna, aunque a mí la caza me espante. También yo admniro esa capacidad para dominar los ambientes y las terminologías, pero más m,e sorprende verme a mí misma disfrutando con la lectura de un artículo sobre un tema que me espanta.

  3. Me trae usted hoy el olor a mestranzo y a almoradú de nuestros campos, y con ellos una fuerte nostalgia de otros tiempos en que yo también monteaba cuando podía. Cero que lleva mucha razón quien le ha dicho a uestd eso de la degeneración de la especie, sólo que yo lo extendería a otras varias que no son la perdiz, en este mundo donde los ecoslos le echan de comer a los linces como si fueran canarios mientras dejamos en la miseria a tanta gente.

  4. Me uno al aplauso al anfitrión. Pero quien le conoce, sabe que aunque de visita, frecuenta el campo abierto, que disfruta de la tostada de pan honrado con su aceite y su compango, que aún sin escopeta, es capaz -lo fue al menos- de pasar el rato silencioso y esperanzador del puesto.

    Es más que cierta la degradación del genoma. Un pájaro criado en granja, con sus piensos y sus antibióticos y al que dan suelta tal vez solo unas pocas horas antes de que lleguen las escopetas. Como estas están en manos muchas veces de ignorantes y maletas, algunos se van a criar -como ha dicho tantas veces el escopetero que falla- y termina cruzándose con la que no tenía otro sustento que su propia libertad.

    ¿Cuándo de ha visto en los campos andaluces una salida ‘a faisanes’? Pues mi amigo se priva de otras cosas pero algún domingo al año va a una matanza de ellos, que no son otra cosa que pobres gallinas domésticas más estilizadas.

    Carabales.

  5. Este comentario, el último, lleva mucha razón, pero hay algo aún peor, y es que con frecuencia esas “siembras” de perdices o codornices de granja, se hacen con meses de antelación, lo cual aumenta mucho el riesgo de que se crucen con las autóctonas.
    Yo leo esta columna casi a diario, por eso me ha llamado la atención el lenguaje preciso de jagm en esta materia, pues se ve que la conoce de primera mano ayunque se escude en sus informantes, una razón más para respetar a quien un día detrás de otro se afana en buscar temas diversos para mantener el interés de sus lectores.

  6. El caso de la perdiz –su desnaturalización– es uno más de los que estamos viendo a nuestro alrededor… ¡Cuántas perdices que hemos conocido bravas son hoy masuetas! Da la impresión de que muchas, demasiadas cosas se derrumbaran a nuestro alrededor por el uso atolondrado de las nuevas oportunidades que nos ofrece la técnica y, por supuesto, por la ambición sin límites de tanta gente.

  7. Es que yo creo que la caza es una cosa y la cacería otra muy diferente. En mi juventud conocí todavía a compañeros en el ministerio que guardaban en su alacena aldeana la escopeta del 12 y su cartuchera repleta, entre otras cosas porque había que procurarse proteínas y, de vez en cuando también, por qué no recordarlo, porque había que echar una mano a alguna familia necesitada. Lo de los señoritos de ahora es tremeno, y recuerdo que una vez le oí decir a jagm por la radio que en España había dos millones de escopetas (hace ya bastantes años), que hoy deden de ser bastantes más. No hay bquien pueda con el dinero, querido amigo, qué verdad tan grande. Si lo será que hastacomo estamos viendo se puede reescribir algún capítulo del Génesis.

  8. Se ve que la mayoría de ustedes no saben lo que es cobrar una pieza y sentirse dueño como pocas veces en la vida. Lo lamento por ustedes, que se lo pierden.

  9. Guerde cada cual sus gustos y aficiones, señor don Equis, y mejor le irá al mundo. A mí me ha interesado ese fenómeno de la degeneración genética de una especie que, aunque había visto algunas de esas enormes granjas perdiceras, no se me había ocurrido que pudiera ocurrir. ¿Terminaremos en un mundo de sucedáneos, en el quenada será genuino a fin de que todo o casi todo pueda llegar a todos? La democracia ecomónica también tiene sus problemas.

  10. Y que lo diga, don Nemo, cada vez tenemos más sucedáneos. El café descafeinado, la corvina y la dorada de ración, las frutas sin semillas, las sandías y los pimientos amarillos, las leguminosas y los cereales transgénicos… y yo qué sé más, sin contar las células madre que dicen que nos proveerán de corazones, hígados, páncreas y riñones de repuesto para que no tengamos que morirnos.

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