Vamos siguiendo el curso del debatillo provocado por el Defensor del Pueblo en el Parlamento autónomo al recordarle a los diputados que “la gente está hasta el gorro” de ellos y de sus inacabables “peleítas”. A sus Señorías, que en un primer momento aplaudieron al Defensor por el aviso, les ha cambiado luego el humor y quieren que éste reciba una reprimenda institucional. ¡Qué bárbaro, tomar a mal unas palabras tan elementales y comprobables, y achantarse, sin embargo, cuando los sondeos sitúan la estima pública  junto a la prostitución, es decir, en lo más bajo! Charles Péguy sostuvo que los políticos piensan  igual que nosotros de la política y decía que ellos son los primeros en estimarla en lo que valen, esto es, en despreciarla, pero es el caso que el Defensor no ha despreciado en modo alguno el valor ni la tarea política sino que se ha limitado a reprocharle a sus actores que la hayan reducido a un pulso maniqueo e inútil, en virtud del cual todo lo que unos hacen es bueno y cuanto hace el adversario es malo, práctica que ha minado por completo su credibilidad. Que la política consista en un pulso no es ninguna rareza, pero que no quepa esperar de ella más que la descalificación del contrario y la exaltación de lo propio, descubre al ciudadano la inanidad de un proyecto del que es legítimo esperar mayor enjundia. Claro que es posible que haya que interpretar esa miseria dialéctica como la consecuencia inevitable del bajísimo nivel de nuestros representantes cuya formación se reduce, en muchos casos, demasiados, a la experiencia conspiratoria aprendida en los pasillos del partido. No esperará el Defensor de muchos de estos portavoces que han alcanzado el ambón trepando análisis profundos y, menos aún, argumentos complejos. Lo que hay es lo hay y eso, Defensor, a saber,  una asignatura pendiente de este sistema de libertades corrompido en partitocracia. Es más fácil tirarle el jarrón a la cabeza al rival que tratar de recomponerlo.

 

No son sólo los partidos, sino los medios, la sociedad en su conjunto la que está demediada y, en consecuencia, actúa con simpleza limitándose a seguir conveniencias ocasionales. Las “peleítas” no son exclusivas de los bienpagados profesionales de la vida pública sino de toda una cultura de masas que se alimenta con la papilla maniquea. Si los políticos hicieran bien su trabajo, ni que decir tiene que sobraría el Defensor.

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