Tuve el privilegio de tratar a Blas de Otero en dos etapas. La primera, tremenda, una en que paraba –¡junto al entrañable Alfonso Grosso, imaginen la zapatiesta!—en el madrileño Barrio Blanco. Una segunda, ya bajando a Puerta Hierro, en el barrio de Saconia –“Rojonia” en la jerga del extremismo derechista–, esta vez ocupando nosotros la planta baja de la casa en la que él y Sabina, su mujer, ocupaban el segundo. Fue en ésta cuando lo vi sufrir y trabajar, atrapado en su neurosis depresiva y perfeccionista que le hacía alternar los tristes periodos de agitación con otros en los que corregía una y otra vez sus poemas hasta conseguir ese plus de perfección tan propio de su obra.

En ningún poeta de esa fértil cohorte que va desde el propio Otero a Félix Grande pasando por Claudio Rodríguez, Valente, Gil de Biedma y tantos otros, encontré tanta perfección y acaso tampoco tanta belleza. Escribía despacio, repasando lo escrito, desviviéndose en busca de la palabra exacta –a veces, hasta pidiendo ayuda–, estremecido, como su pluma, por su propia emoción, por su incesante  “redoble de conciencia”, incansable en su clamor por “la paz y la palabra”, tierno y hosco, según, pero siempre “ángel fieramente humano”. No he conocido un poeta tan torturado por su inspiración, tan fiel a sus ideales y tampoco tan español y tan vasco a un tiempo. Recuerdo su estupor ante los feroces  atentados etarras entonces tan  frecuentes y su ingenuo, casi infantil entusiasmo, ante una buena mano de mus. Una mañana tropezamos en nuestro paseo con un incendio que devoraba un primer piso y jamás veré quizá tanta ambigua emoción –ya de niño vio uno sobre el que nos dejó un bello poema— ni tanta paradójica frustración cuando finalmente lo apagaron los bomberos: “Vámonos, aquí ya no hay nada que ver…!”, parece que estoy oyéndolo.

El poeta que comenzó bajo el ala de san Juan de la Cruz a comienzos de los temibles 40, cruzó luego el cauce tormentoso de su vida desviviéndose entre Bilbao y Madrid, entre Cuba y China, escribiendo voluntariosamente “a la mayoría siempre” y con España en el corazón, mirando con atención o abismándose en su inspiración torrencial. Al final, Sabina lo cuidaba ya como a una pavesa incierta, como a un frágil soplo de vida encerrado en un corazón de hierro. Hasta que un día, muy de mañana, nos avisaron de su partida, que había sido merecidamente plácida. Fuimos al Juzgado a resolver el papeleo mientras él sobre su cama comparecía como una estatua serena de sí mismo.

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