Me pregunta un a antiguo alumno qué fue de aquella ley de la sociología del trabajo que pronosticaba el conflicto a partir de de cierto nivel de paro. Le respondo que, más que una ley y aparte de su vaguedad, aquella era una presunción lógica que no siempre se ha visto confirmada por la realidad, aunque allá por los últimos 60 o primeros 70, recuerdo nada menos que a Pierre Naville embarcado en alguna polémica por el estilo en la que echaría su cuarto a espadas André Gorz. La idea de que la normalidad social quiebra con el fracaso que supone el desempleo tiene toda la lógica del mundo, pero me da la impresión de que, aparte de la sociología, hay otras disciplinas que tendrían mucho que decir sobre el tema hoy día, empezando por redefinir la capacidad lenitiva que corresponde a instituciones como el amparo público o la ayuda familiar en situaciones críticas, por no hablar de esa especie de mecanismo autorregulador que es, en definitiva, la economía sumergida. Sin contar con ellos, no cabe duda de que el sistema social se resentiría gravemente del desempleo en situaciones como la española actual, pues la verdad es que cuesta imaginar cómo mantener la paz cívica en una colectividad en la que cinco millones de ciudadanos carecen del puesto de trabajo –al que tienen derecho constitucional, por cierto– sobre todo si entendemos que ello significa que un millón y medio de hogares carece en este momento de cualquier tipo de ingreso, por no hablar de provincias como la de Huelva donde huelga a la fuerza el 32’9 por ciento de la población activa. En todo caso, sin la ayuda prohibitiva del subsidio de paro, y sin los parches que suponen los diversos salarios sociales o la ayuda caritativa aportada por las organizaciones religiosas, en especial por las católicas, es seguro que la famosa economía sumergida no habría bastado, como hasta ahora, a contener la protesta dentro de sus bardas. La paz social de que disfrutamos en España no es un logro, es un milagro.

Lo que habría que plantear es la capacidad de resistencia de una situación semejante, es decir, hasta cuándo podrá sobrevivir esa legión de marginados cuyas perspectivas son hoy por hoy tan funestas como sugiere el hecho de que cuarenta y cinco de cada cien  jóvenes en edad de trabajar no tengan donde hacerlo. O mejor dicho, hasta cuándo esa situación podrá sobrellevarse en régimen de paz social, sin que el lógico conflicto termine aflorando, lo que parece inevitable si se confirma esa vuelta de tuerca que supondría una nueva regulación del empleo. ¿Sobrepasar los cinco millones de parados? Lo malo de vivir de milagro es que nunca sabremos si amanecerá al día siguiente.

2 Comentarios

  1. El milagro será ver si la paz social se mantiene con el rumoreado cambio de signo político de la administración.

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