En la primavera de 2003 nos citamos para almorzar con Rubén Amón en París, en el balconcillo de “Lipp” desde el que cuentan que la Beauvoir solía espiar las citas clandestinas de Sartre en el “Café de Flore”. Rubén llegó tarde y algo alterado por la noticia de la detención del capo de la Mafia siciliana, Bernardo Provenzano, que le obligaba a viajar esa misma tarde para cubrir el suceso. Me contó que Provenzano acababa de ser detenido en una casucha de campo, cerca de Corleone, donde vivía solitario y desarmado, abastecido frugalmente por alguna mano amiga que fue la que finalmente orientó a la intrigada policía. Había estado ¡más de cuarenta años! en la sombra –su mote era “el Fantasma”—dirigiendo, sin embargo, al alimón con Totó Riína, su imperio criminal. Frente a las copas de los árboles de Saint Germain-des-Prés, nos preguntamos –mientras Rubén engullía su “steak tartare”—qué razón podía sostener a un hombre tantos decenios aferrado a la ilusión de un poder tan real como ilusorio.

Me trae estos recuerdos la noticia de la muerte de Riína, ese asesino múltiple –el amigo de Andreotti y verdugo de los jueces de “mani pulite”—otro señor de vidas y haciendas, millonario y connivente político, que también pasó más de un cuarto de siglo entre rejas y aislado –“ma non troppo…”— en una celda milanesa. ¡Los dos caudillos indiscutibles de la poderosa Mafia consumiendo su vida escondidos o entre rejas! Algo irresistible debe contener el trampantojo del Poder cuando hace que sus líderes acepten existencias tan miserables hasta perder la propia vida en el impenetrable designio de conservarlo.

De niño me impresionó la figura de Salvatore Giuliano, el último bandido “clásico” según Hobsbawn, y del que yo mismo me ocupé en algún libro remoto. Pero éste no era sino un asocial más, un rebelde campesino como los nuestros del XIX, y su vida se cifraba en la estricta sintaxis del relato bandolero que anuncia ya la noticia del Roque Guinart que aparece en el Quijote, con los que Riína y Provenzano, como otros tantos de la caterva yanqui, no tienen más contacto que el de la condición delincuente. ¿Qué puede motivar a un hombre a sacrificar su vida por un Poder que, a veces, aspira incluso a ser “un Estado dentro del Estado”, pero que, en la práctica, resulta ilusorio para el poderoso recluso o aislado en medio de la zozobra? Dicen que la Mafia tal vez no vuelva a ser lo que fue tras estos singulares anacoretas, tan vulnerables en cuanto les falla el soporte político. Recuerdo la foto de Riína dando a Andreotti el beso ritual y no me cabe duda ante ella de la superior inteligencia de los prevaricadores frente al fanatismo casi supersticioso de los otros temibles aspirantes al poder.

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