Pocas experiencias he tenido en esta vida como mi primer encuentro con Alfonso, allá a mediados de los 60, a quien encontré en el madrileño Barrio Blanco, en casa de Blas de Otero. Por entonces habíamos pasado del “tremendismo” a la “nueva narrativa” y andábamos enzarzados en la polémica que oponía los dos modelos narrativos bajo las siglas –que creo recordar que salieron de Juan Benet— de “la berza y el sándalo”. Era un momento confuso pero rico en el que dominaba el talento de Ferlosio mientras una nueva generación reinventaba los acentos más fuertes del realismo con el malogrado Luis Martín Santos y su “Tiempo de silencio” a la cabeza y unas cohortes escindidas –desde Carmen Laforet a Martínez Menchén pasando por García Hortelano y Armando López Salinas— por el tirón de “lo social” que había de competir con los textos que, desde el exilio americano, nos enviaban Max Aub, Francisco Ayala, Ramón Sender o Manuel Andújar.

Grosso era un escritor pasional, tan moralmente enérgico como vitalmente débil, que luchó contra la enfermedad y el ambiente asfixiante de la Dictadura, viajó ansiosamente por medio mundo –nunca olvidaré sus relatos a la vuelta de Cuba–, insatisfecho siempre con una escritura expeditiva pero de subidos acentos líricos que perseguía incansable, por todos los medios, la crítica de una sociedad cerrada. Obras tempranas como “Un cielo difícilmente azul” o la inicial “La zanja” se verían superadas por otras de crecientes quilates literarios como “Inés just coming” (en plena erupción del 68) para estallar, ya con mano firme, en “Guarnición de silla” o la hermosa y andalucísima “Florido mayo”. Nada que ver con el Grosso final, rehén de los mercachifles de la industria editorial, forzado a escribir una novela año (¡) para sobrevivir, con su castigada familia, en su retiro del Aljarafe.

Ayudados por Morales Padrón hubimos de procurarle entre unos cuantos cierta ayuda pública cuando ya el gran escritor era un fantasma deambulando por Sevilla sedado por un potente ansiolítico, tierno siempre y como ausente, obsesionado por el yugo del pacto editorial, finalmente casi ausente, acaso recitando por el parque de María Luisa versos de Claudio Rodríguez o de José Ángel Valente. La muerte no tardó en aliviarle aquel calvario en el que rompía una intensa y apasionada vida de escritor. España, que hace a sus hijos y los gasta, dijo alguien. Grosso es, entre ellos, uno de los más torturados.

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