Uno de los rasgos que más me sorprenden de la actitud separatista es esa suerte de platonismo pedestre que le hace ver el espacio político por el que deriva como un inmenso vacío abierto por completo al capricho de sus evoluciones. Sus gestores vagan descuidados como si se desplazaran en un vacío normativo e institucional en el que los límites de la realidad apenas interpretan como extraños aunque superables obstáculos, un poco a la manera de aquella paloma de la que habla Kant (si no se me afea la cita cultísima) en la introducción de su “Crítica de la Razón Pura” que creía confundida que el aire en que se apoyaban sus alas para impulsarse era su verdadero obstáculo: pensaba que en el vacío absoluto, como si dijéramos en la Nada física, su singladura habría de ser más rápida. Ya ven la astucia de Kant y el daño que hizo Platón.

Funciona ese separatismo animado por un sublimado carburante que cuando topa con la más mínima resistencia se encrespa como la horda ante la vecina que le disputa el jabalí. ¿Qué otra razón sostiene conceptualmente si no al absurdo emperre del autogobierno, qué puede explicar mejor verlos enfrentados como cafres no ya a las que sus gerifaltes denominan “fuerzas de ocupación” sino a sus propias fuerzas de seguridad? Sólo la ilusión de la paloma equivocada puede explicar la seriedad con que, contra la razón más elemental, el separatismo viene exigiendo la rebeldía frente a las sentencias.

El tiempo irá aclarando, aparte de todo, desde qué mecanismo pneumático se le ha ido extrayendo a la paloma, insensata e interesadamente, esa atmósfera hasta invisibilizarla. Y la memoria señalará hacia el pasado fijándose en el largo proceso claudicante de un Estado rehén de los partidos, único responsable del vaciamiento de su propia imagen y, en última instancia, causa siquiera segunda del engreimiento regional. Realmente, más allá de la vergüenza, produce estupor una escena política inverosímilmente jibarizada que –por repetir a Juan Eslava— corona hoy un Presidente que “difícilmente hubiera podido ejercer con solvencia la presidencia de una comunidad de vecinos”.

No hace falta ser Kant, desde luego, para comprender que no son estos Puigdemont y Torra sino los Pujol y Mas quienes, al tiempo que le arrancaban el plumaje al vuelo, lograron desnortar a la paloma ante la ceguera voluntaria de un bipartidismo cuyo daño sólo parece que podrá ser superado por los inesperados espontáneos que se legitiman como saneadores del sistema. La verdad es que Platón les ha venido bien a tirios y troyanos. Y que la que acabará fatalmente desplumada ha de ser, sin duda, la pobre paloma.

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