En la crónica negra van haciéndose un hueco llamativo las noticias sobre suicidios. Algo no va bien en esta vertiginosa post-modernidad cuando se confirman noticias como ésa de que en España se registra hoy una media de diez suicidios diarios, en no pocas ocasiones autoinfligidos por jóvenes o ejecutados ritualmente por parricidas inauditos. El progreso de la desdichada imagen del suicida es ya tan familiar que permite intuir una profunda crisis de la esperanza, sin duda feudataria del intenso fracaso moral de una sociedad cambiante inervada por nuevas ideologías. Qué pensar ante el dato de que en España se produce una media de diez suicidios por día (INE) o que en el mundo se registren anualmente nada menos que un millón. Pero mayor si cabe es la perplejidad que nos produce enterarnos de que, a pesar de nuestras aterradoras cifras, aún nos movemos en la zona templada de esa estadística, tan alejados de las mayúsculas que se registran en los países nórdicos como de las atroces recogidas en zonas degradadas del Tercer Mundo y no sólo de él, pues consta ya que, en la propia Francia, cada día un agricultor se quita voluntariamente la vida.

Hay, en todo caso, algo aún más desolador en el recuento de los suicidios juveniles cuyas tentativas registradas crecieron al año pasado en más de un doscientos por cien, aunque el INE entiende que, en realidad, la cifra real debe de ser dos o tres veces mayor que la registrada, ya que el tabú y el estigma del suicidio contribuyen a su deliberado disimulo. Los pediatras, han advertido, por su parte, que el suicidio es en España la primera causa de muerte en la población infantil, descubriendo, por si fuera poco, que la edad de las víctimas va descendiendo también desde hace años.

Algo marcha mal, insistimos, en estas sociedades embaladas hacia no se sabe dónde, en las que la demolición de las axiologías tradicionales se apresura a ojos vista. Demasiada presión ambiente sobre esos jóvenes desesperados, peligrosos cánones de belleza que extreman la autoestima, crisis económica y laboral que golpea especialmente a un sector tan delicado como el juvenil, progresivo desarraigo familiar y acaso también cierto abuso de sustancias perjudiciales: todo eso y más confluye, según Eurostat, en una alborotada convivencia que gravita sobre los sectores más débiles hasta exasperarlos. Pero no se repare lo necesario en esa deplorable pandemia, el origen de cuyos virus ocultan las convenciones y las conveniencias.

El tiempo parece contradecir al maestro Durkheim en su desdén por los “factores externos” que guían la mano suicida sugiriendo acaso, en cambio, que tal vez haya que repensar su temible concepto de “sociedades suicidógenas”, como estas nuestras que fracasan tan escandalosamente entre la opulencia y la miseria, desesperadas y autocomplacientes a un tiempo, pero instaladas en la confortable irresponsabilidad que permite la actual e irreparable  crisis de valores.

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