Gran montaje, gran cuento, deliciosamente ingenuo, acaso fariseo: el “espíritu de la Navidad”. Se supone la conversión general, el triunfo del bien, la gala de un humanismo siquiera quincenal, resuelto en la expresión de buenos deseos de todos para todos. Pschhh. Oigo en la radio a una oyente de Alsina, la voz clara y claro el concepto, dolorido, eso sí –se nota a la legua—pero también sereno, controlado. Una mujer nos cuenta su odisea, cómo “se cayó” de su estatus, como hubo de soportar meses durmiendo al raso más un tiempo de acogida, y sus palabras caen como carámbanos fulminando el ambiente cálido concelebrado por la inmensa mayoría –la mayoría obediente, la integrada—o como una pedrada en la brillante vidriera de nuestra “buena conciencia”. Pero no se aprecia en esas palabras gélidas y sensatas ni rencor ni siquiera disgusto porque “lo que me pasó a mí –dice ese ángel—puede ocurrirle a cualquiera, de la noche a la mañana además, sin previo aviso ni mayor lógica, tan frágil es la barquilla en que navegamos. Seguro que los millones de parados que nos abruman le darían la razón y acaso ellos también se verían reconfortados por el tiempo sagrado, cuya razón de ser no es otra que el armisticio ritual en la sociedad hobbesiana, dictada por la razón inmemorial a medias con los grandes almacenes. Qué dolor, escuchar a esa mujer que tan cuerdamente administra tanto su recuperación como la memoria de su desdicha: no hay en sus palabras figuras trepidantes, noches con escarcha sobre el cobertor de periódicos viejos. En la tertulia de Alsina se hace un silencio revelador prolongado por una música delicada. ¡La otra Navidad, la de “los Otros”, con o sin techo, plantada como un espantajo ante la indiferencia que nos des-socializa y aísla para encerrarnos en la ergástula individual, hielo sobre las brasas, baza del olvido! No hay reproche en esas palabras, solamente hay en ellas realismo, no hay queja, sino sólo experiencia. Noche de Enmanuel, “Dios con nosotros”. En fin…

 

Cambio de emisora y escucho a los políticos de todos los colores, lobos mansos por un día, deseando paz y prosperidad, tregua para todos, que lo que sobra es tiempo para la gresca, la gente arremolinada en el zoco entrampándose quizá –tal es la fuerza del mito—, olvidada de que “eso” le puede ocurrir a cualquiera, no lo permita Dios, cuando menos se lo espere. No sé el nombre de aquella mujer, hermana con las manos llenas de carámbanos, ya digo.

5 Comentarios

  1. Muchos «eliancitos», desde hace muchos días, sufren un lavado y centrifugado cerebral a base de velas rojas, cintas doradas y villancicos más o menos ramplones.

    Si la Navidad es algo, es tiempo de renovar afectos, de acudir a los brazos de las pocas personas que de verdad queremos y nos quieren. Por magnanimidad, ampliamos a muchos otros los buenos deseos, en la esperanza de que esas bondades nos alcancen también a nosotros.

    Lo demás, todo lo demás, la falsedad de los arroyos de papel de aluminio, los tercos movimientos de esas figuras que golpean una bigornia o esa noria cuyos cangilones remueven medio dedalito de agua, las casitas de yeso y la nieve de porespán, no son sino el reclamo consumista que intenta atrapar a cuantos más incautos mejor.

  2. Esa «caídas de estatus» están a la orden del día. Pregunten en Cáritas o echen una mirada a los portales de los cajeros bancarios. La «otra» Navidad no importa a nadie, o a casi nadie.

  3. Una historia triste, dura, a pesar de la fuerza de la víctima. También yo escuché esa historia en directo y es emocionante. Ni un gesto melindroso, ni una excusa, ni una nota melodramática: esa mujer hablaba como alguien que ha ido al Infierno y ha vuelto. Hay ejemplos de fortalece que nos abruman. Uno es este.

  4. Que lo pasen bien. Muchos de estos «caídos del estatus» son responsables de su desgracia, si es que puede llamarse así a lo que les ocurre. No digo que no haya víctimas, pero serán las menos. Esta mujer misma ¿Quién nos dice que no se haya inventado el melodrama? Insistiré en mi felicitación a todos.

  5. Por atenerme a la continencia verbal propia de este grupo de amigos me limitaré a calificar a NN simplemente de «necio». Podrá hablar de mala entraña, de cinismo y dureza de corazón, pero lo más probable es que él no me entendiera.

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