En el Hospital de las Cinco Llagas la gran mayoría de los visitantes recorrían descarriados el histórico laberinto en la mañana del viernes. Era “la otra mitad”, los otros andaluces, la multitud hasta ahora silenciosa y ahora exultante que accedía por primera vez a la sede de la soberanía: a su casa. Amables bedeles, seguratas y veteranos de la autonomía iban orientándolos hacia un Salón de Actos Múltiples –eso de “Pasos Perdidos”, tan francmasón, aquí no se gasta–, abarrotado ya cuando todavía en el escenario no figuraban más que los impacientes, y que se iría apretando poco a poco en un ambiente contenido pero caldeado. Fueron llegando los “seniors”, Rajoy, entre aplausos nerviosos, Chaves, en medio de un equívoco silencio, Casado, homenajeado oficiosa pero sonoramente, Ana Pastor, los presidentes regionales (ignorados, menos un Feijóo cada día más afirmado), y por fin, Ella, la esperada doña Susana, la “ex” suprema que, decisivamente apoyada por el dislate sanchista, ha logrado lo que nadie esperaba. Nadie suele esperar el fin del “régimen” que, sin embargo, por ce o por be, un día u otro acaba por llegar. El público la recibió con un expresivo murmullo.
Y luego el entusiasmo desbordado para el presidente Moreno y la esperada ceremonia. El juramento, los discursos, esas caras de fervor o de circunstancia, según, los guiños y miradas, sombrías o entusiastas, y la promesa dilatada de cambio y progreso que el investido fue ofreciendo entre aplausos y hasta “¡bravos!”… Es fácil prometer, desde luego, nadie lo duda, pero oyendo al presidente Moreno esta otra “mitad”, hasta ahora desconocida, insignificante, arrumbada en el desván de los designios políticos, fue adensando la atmósfera hasta estallar en una de las ovaciones más fervorosas que recuerda la crónica autonómica. Pocas dudas quedaban en el aire ante ese calor creciente que, a los postres, rayaba en el arrebato.
Con el himno, el concurso se fue dispersando en la mañana fría y soleada, curioso ante la fábrica imponente que labró Catalina de Ribera, mudo ante la fachada de la iglesia que inventó Gaínza y remató el maestro Hernán Ruiz, íntimo ante la fuente del patio. ¡La otra mitad! Borbolla, que había atendido circunspecto durante la larga ceremonia, me dice que es preciso “institucionalizar” la política, serenarla, entender sus razones no siempre (ni mucho menos) inteligibles. Le digo que sí, que lleva toda la razón, que ya está bien de…, bueno, no le digo más porque desaparece entre los corros animados, serios unos, optimistas o pletóricos otros, porque ésta y no otra es la lógica de la democracia, esa ensoñación de libertades que tan mal se compadece con las sociedades partidas que, inevitablemente, producen los regímenes eternizados. Fuera, la mañana está fría pero soleada allá por el arco de la Macarena, símbolo tan cargado de leyendas, bajo el que un día pasaron los entierros de Joselito el Gallo y del abuelo de Borbolla…

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