No quiero ni acordarme de la que se me vino encima un día que comenté en la radio que los yugoeslavos –a la sazón metidos en plena faena genocida—habrían de acabar echando de menos a Tito. No me tuvieron en cuenta mi alegato sobre las tragedias ocurridas en la zona durante la Guerra Mundial, las razias de serbios contra croatas y viceversa, la estremecedora leyenda de la famosa “cesta de ojos” que mejor no recordar en detalle, el todos contra todos en que se autodestruyó aquel país siguiendo una tradición que venía de muye lejos. Pero esas cosas se ven venir, como se veía venir que, al paso que llevaban la burra en otros países soviéticos recuperados en teoría para la democracia, no habría de resultar raro que la memoria de los dictadores, lejos de diluirse, retomara vigor hasta plantarse de nuevo en medio de la calle. Y efectivamente, hubo países en los que, de un modo que a los observadores occidentales les resultaba chocante, el viejo concepto no tardó en levantar cabeza e incluso en ganar elecciones, cosa que quién sabe si ocurrirá en los próximos comicios rumanos habida cuenta de que la mitad de la población del país sostienen que con Ceausescu se vivía mejor, que un cuarenta por ciento de ella sigue diciendo que el comunismo soportado desde aquella Guerra tampoco estuvo tan mal o que uno de cada seis rumanos actuales califican aquel régimen como “una buena cosa”. Hacia esa gente desesperada –¡que nos van a contar a nosotros sobre rumanos!—miran ya desde el propio Gobierno, cuya ministra de Turismo, a pesar de la postura teórica de su Presidente, promueve esta temporada una iniciativa tan dudosa e ingrata como es la visita turística de una “ruta Ceausescu” que incluye desde el pueblo natal de aquel déspota hasta las tapias del cuartel donde, junto con su esposa, fue fusilado por las bravas, como todos pudimos ver estremecidos en el telediario. Decididamente, Bram Stoker no se sacó a Drácula de la manga.

 

Tengo entendido que algo parecido se viene produciendo en la explosiva China neocapitalista desde hace tiempo, al tiempo que en Alemania hay periódicos –el Junge Welt, por ejemplo—que no se cortan un pelo a la hora de reivindicar las “buenas razones” que hubo en su día para edificar el Muro de la Vergüenza. Y encuentro circulando ofertas de agencias de viaje serbias que ofrecen itinerarios en memoria del mariscal Tito en cuyo tren privado (¡), el famoso “Tren azul”, aguardan al viajero nostálgico las mismas literas de wagons-lits en que antaño conciliara el sueño el hombre que se enfrentó a los nazis pero también a Stalin y vivió para contarlo. La memoria de los pueblos puede ser imprevisible hasta ese dramático punto.

2 Comentarios

  1. Sin ir tan lejos recuerdo un eslogan que decía: «Con Franco se vivía mejor», y en Argelia he oido a gente decir que con los franceses el pais estaba en mejor manos.
    Todo es cuestión de punto de vista.
    Un beso a todos.

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