Un joven periodista y bloguero saudí, Hamza Kashgari, ha sido detenido y está en espera de un juicio en el que, sobre el papel, habría de ser condenado a la horca, acusado de un delito de apostasía, por haber publicado en Twitter comentarios que la policía ha juzgado arbitrariamente atentatorios contra el buen nombre del profeta Mahoma. Kashgari huyó a Malasia pero, ante la reclamación de Arabia, ha sido devuelto a su país de origen –no se sabe aún, con seguridad, sin con la insólita complicidad de la Interpol o por puro servilismo—para ser juzgado según esa temible charia. Por un fotomontaje alusivo a un jefe militar colocado de Facebook, por su parte, un joven marroquí ha sido condenado a tres años de cárcel “por atentar contra la reputación de sus jefes”, pena idéntica a la que le ha caído encima a otro revoltoso que tuvo la desdichada idea de insultar al rey durante una revuelta ocurrida en las cercanías de Fez y, en fin, un tercero, ésta vez de 18 años, ha sido presa de la policía y, al parecer, torturado, bajo la acusación de haber colgado también en Facebook unas caricaturas “divertidas pero no insultantes” referidas al monarca que, como ustedes saben, ya ha dejado de ser “sagrado” para ser tan sólo constitucionalmente “inviolable”. El islamismo moderado que ofrece Marruecos no acaba de resultar convincente y si no que se lo pregunten a Le Nouvel Observateur y a otras publicaciones europeas que han sido últimamente censuradas sin miramientos por incluir en sus páginas simples representaciones de Mahoma. Las redes sociales inquietan en el invierno árabe, seguramente escaldado desde esa primavera que floreció en el ciberespacio con el inquietante resultado que todos conocemos y que continúa dando sus flores negras en el infame conflicto sirio. Creo que fue a Gustavo de Arístegui a quien escuché alguna vez decir que la idea de un islamismo moderado no era más que una ingenua ilusión de Occidente. Si llegan a colgar al tuitero saudí, yo diría que algo más y algo menos.

Realmente son poco concebibles la redes sociales en esa Edad Media contemporánea como lofue siempre el relato político de índole crítica, desde el pasquín al panfleto, no siendo más que otra ilusión la que se hacen esas almas cándidas que las imaginan ya instalas y funcionando en todo el planeta. La censura es consustancial al poder y la negación de la libertad de pensamiento una probable invariante, a través de toda la Historia, de nuestra condición cultural y política. Eso de que la muerte de Sócrates pesa aún sobre el género humano no deja de ser un afarolado de Flaubert.

1 Comentario

  1. Todo poder tiene a la censura. Todo poder absoluto tiene a la censura absoluta. Axioma sencillo. Por lo demás, los hechos relatados en la columna de jagm pnen los pelos de punta.

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